narrativa norcoreana- La isla pacífica (평화로운 섬) 🤖🏝️

En revistas literarias de la RPDC, como Choson Munhak o Chongnyon Munhak, aparece cada cierto tiempo literatura juvenil de ciencia ficción. Siguiendo con la traducción de El campamento espacial, traemos en esta ocasión el relato La isla pacífica, de Kim Sam Yol 김삼열, publicado en Adong Munhak en 2007.  

1. Recuerdos de infancia 

    En una isla tropical sin nombre, yo vivía con Dashim, una robot a quien consideraba mi nuna*, pues nunca se apartaba de mi lado y siempre me cuidaba con todo esmero y lealtad, y también porque en la isla no habitaba nadie más.
    Guardo el recuerdo vívido de algo que ocurrió cuando yo tenía tres o cuatro años. Dashim me estaba preparando una cama nueva de bambú y yo, a su lado, me familiarizaba con las palabras que me había enseñado a escribir: "mar, ola, cielo..."
    De pronto, sentí la cabeza pesada y todo el cuerpo se me puso a temblar. Apenas pude llamar a Dashim antes de caer redondo. Ella me tomó en sus brazos. "Pero si estás ardiendo...", le oí decir antes de perder del todo la consciencia. Al cabo de no sé cuánto tiempo, el sonido del mortero me hizo volver en mí y me encontré tumbado. 
    -    Chol Nam, ¿vuelves en ti?- me preguntó Dashim, que ya sabía que había abierto los ojos. 
    -    ¿Qué es eso?- repliqué. 
    -    Un remedio. 
    -     ¿Para mí? Si ya estoy bien. 
    Ya me había bajado la fiebre y mi cuerpo estaba en calma. 
    -    Qué va, lo que tienes se llama malaria, la temperatura te estará subiendo y bajando. Pero no temas, con esto te repondrás enseguida. 
    Era un remedio específico para la malaria, hecho con corteza de árbol. Pero no hizo efecto y me volví a desvanecer. Esta vez, al recuperar la consciencia, Dashim me llevaba a la espalda; nos dirigíamos a la orilla del mar. 
    -    ¿Adónde vamos? 
    -    Al mar, por un tesoro. 
    -    ¿Un tesoro?- repliqué, lleno de curiosidad. 
   -    Se llama el tesoro de la longevidad. Cuando lo tengamos, no volverás a enfermar. Se me tenía que haber ocurrido antes...

    Yo estaba contento. Dashim me subió en una pequeña barca, hecho lo cual estuvo unos instantes mirando al cielo, como para averiguar la dirección del viento. Era un hábito extraño que tenía. Y más cuando íbamos lejos. Cuando estaba muy nublado o iba a llover mucho, me llevaba a una cueva que había en los acantilados y allí nos resguardábamos. 
    Yo era todo entusiasmo. A la espalda de Dashim, había ido muchas veces al bosque o a las laderas de la montaña a coger frutas y a cazar, pero nunca antes habíamos montado en barca. ¡Y encima para buscar un tesoro! 
    -    Zarpamos. Viento a favor. 
    Yo iba en la proa y Dashim, por detrás, remaba. Al alejarnos, la isla se veía muy hermosa, parecía un dibujo. Desde la distancia, el lugar donde vivíamos no era más que un pequeño rincón de la isla. Tras unos diez minutos de navegación, el sonido de un tranquilo oleaje golpeando la barca me hizo voltearme a mirar y vi una pequeño islote, formado por corales endurecidos. Dashim me bajó allí. 
    -    Quédate aquí un rato. 
    -    ¿Adónde vas, nuna?- le pregunté, con voz temerosa. 
    -    No tengas miedo. Fíjate bien en aquello...
    A unos treinta metros de nosotrxs había algo que asomaba tímidamente del agua. 
    -    Eso se llama mástil. Por debajo, hay un barco hundido. 
    -    ¿Por qué? 
   -    Voy por el tesoro-. Haciendo caso omiso a mi pregunta, Dashim se dirigió al mástil, donde amarró la barca con una cuerda que traía preparada y, atándose ella también, se sumergió. 
        Al poco tiempo, reapareció en la superficie. Me miró, bajó la cabeza y tiró de la cuerda. Enseguida salió a la superficie una caja empapada. Repitiendo la acción, sacó varias más y los llevó donde estaba yo. 
    -    ¿Todo esto son tesoros de la longevidad?- le pregunté, perplejo. 
    -   Sí, todas las cajas están llenas de tesoros. 

    Dashim abrió una de las cajas. En ella había unos utensilios envueltos. El agua no había entrado. Sacó uno llamado estetoscopio y me lo puso en distintas partes del cuerpo mientras observaba los números que aparecían en una pantalla. En esto, se puso a temblar. 
    -    ¿Qué pasa?
    -    Has cogido una enfermedad peligrosa. Se llama X. 
    -    ¿Y entonces?- pregunté, temeroso. 
    -    No te preocupes. Mira todos los tesoros de la longevidad que hay. 

    Dashim abrió un botiquín y sacó una ampolla. 
    -    Tómatela. 
    Al instante, sentí en la garganta algo que entró sin dificultad. Recobré la consciencia y mis hombros, que tenía caídos, se volvieron ligeros. 

    -    ¿Qué tal? 

        Sorprendido, asentí. La caja también contenía productos alimenticios. Había caramelos, galletas, sunde, Castela (bizcochos), dulces...(los nombres de todas aquellas cosas lo aprendí después). Era realmente fabuloso. Mis ojos brillaban de contento; había recuperado la energía. 

    -    ¿Todo esto nos lo podemos comer?
    -    Claro, adelante. 

    Nunca había visto aquellos alimentos. Estaban deliciosos. Mientras disfrutaba de ellos, Dashim cargó los bultos (cómo podría haberse hundido un barco cargado de tesoros...?). 
    Discretamente, comenzó a crecer en mí la curiosidad. Pero no me imaginaba ni remotamente que aquel barco estuviera conectado conmigo a través del destino. 

    -    ¿Qué miras, Chol Nam?

    Estaba inmerso en pensamientos muy diversos cuando Dashim, tras cargar todas las cajas, llegó para montarme a mí en la barca. En el agua, los peces voladores, con sus aletas desplegadas, saltaban y parecían competir. Las gaviotas, con una hermosa voz, cantaban y era divertido verlas sumergirse momentáneamente. Yo estallé en carcajadas de felicidad. 
    
    -    ¡Eso es, ríe más fuerte!- exclamó Dashim, ladeando la cabeza mientras remaba. Cuando estaba feliz  o excitada, siempre ladeaba la cabeza. 

    Siempre la recordaré así, feliz. 



    2. Foto de familia


  Con el tiempo, creció mi curiosidad. Al cabo de unos años, aquel barco, del cual apenas se veía la punta del mástil cuando fuimos por los tesoros, quedó expuesto de manera que se llegaban a ver los camarotes y se divisaba desde la costa. Pero, por algún motivo, Dashim evitaba hablar de él. Yo me hice el firme propósito de descubrir el secreto por mí mismo. 

    Un día, Dashim, que siempre me llevaba a pescar al río, se fue sola. En realidad, yo me inventé que estaba cansado para no ir con ella. A bordo de la barca, remé con todo esmero. 

    Al llegar al arrecife de coral, no pude por menos de sorprenderme. El islote, que, a mis cinco años, tenía el tamaño equivalente al suelo de una habitación, era ahora como un gran patio. Y del barco ya emergía hasta el piso más alto. 
  Entré primero en un camarote cuya puerta se había caído. Era un batiburrillo de aparatos, palancas y botones, que fui accionando hasta que mi mano se topó con un cajón. Tomé un libro que había. En la portada ponía Rutas Internacionales de Navegación, y por dentro estaba lleno de dibujos hechos con líneas que indicaban las rutas. 
    Después, accedí a un camarote de los marineros, un completo caos de piezas y partes de equipos. Iba a coger una muñeca que estaban sobre una cama y me llevé un buen susto. En la pared había una foto, en la que aparecía un hombre con el pelo hacia atrás y una mujer de hermosos ojos, con doble párpado, que tenía entre los brazos a un bebé. Lxs dos me miraban con una cálida sonrisa. 
    Me apresuré a salir. Estaba todo azorado. Era la primera vez que veía a otras personas. Dashim me había contado historias de humanxs como si fueran historias del pasado y ahora veía que existían en la realidad. El corazón me latía muy rápido. Cuando pude aplacarlo, regresé a la casa sin más.
    Dashim había regresado de la montaña y estaba en el patio. Tenía un aire taciturno. Al verme, inclinó la cabeza. 

    -    ¿Lo has pasado bien sin mí?

    Yo no respondí, solo señalé con la mandíbula el cercado de paja. Allí estaba aquel libro de rutas de navegación que había traído del barco y que se había secado. 
    Dashim siguió mi mirada y, en un momento dado, vaciló. Su mano, que sostenía el libro, empezó a temblar. 
    -    ¿De dónde ha salido este libro?
    -    De dónde va a ser- dije, lleno de orgullo,- del barco hundido. 
    Pero la voz de Dashim no era la de siempre:
    -    ¿Quién te ha dicho que vayas allí? 
    -    ?
        Al verla perpleja, yo también me sentí desconcertado. Con paso inseguro, ella se dirigió a la cocina y tardó un rato en salir. 
    -    Venga, a cenar- me indicó, antes de encaminarse a la playa. 
    Sentado a la mesa, fui presa del desconcierto. Durante diez años, sin faltar un día, Dashim siempre se sentaba a mi lado y me trataba con mucho cariño. 
    Incapaz de cenar, salí de casa. Me sentía triste. El lugar estaba más oscuro que si lo hubieran cubierto con tinta china. De pronto, una luz brilló en el horizonte. Sobre la selva se alzaba una Luna refulgente que iluminaba la playa.
    Allí estaba Dashim. Inmóvil, tenía la mirada puesta en el barco hundido. 
(Qué enfadada tenía que estar... Llegué a pensar que me dejaría solo y se marcharía). 
    Temblando, me dirigí hacia Dashim. Le quería pedir perdón. Ella se giró. Yo seguía confuso. Fui corriendo hasta ella. 

    -    Lo siento, me he equivocado. 
    -    ¿Qué has visto en el barco? 

    Yo estaba jadeando. Sin orden, le conté: 
    -    Pues... juguetes, camas, aparatos, y una foto. 
    -    ¿Una foto?- replicó Dashim, agitada y dando un paso hacia mí-. ¡¿Con una pareja y un bebé en brazos. En la pared donde está la cama?!
    -    Sí. 

    Dashim dobló las rodillas y me estuvo mirando un rato. Después, me abrazó. 

    -    Es la foto de una familia feliz- dijo para sí.

    La suave voz de Dashim estaba llena de pesar. Yo me eché en sus brazos y rompí a llorar a moco tendido. 
    -    Nuna Dashim no lo haré nunca más. De verdad. 
    -    No llores, Chol Nam. 

    Pero mi llanto era un manantial incesante. 

    -    Chol Nam, no llores. Si lloras, yo me vengo abajo.

    Su voz era temblorosa. Me abrazó y, poniéndose en pie, volvió a mirar al barco hundido mientras me acariciaba la espalda...

3. Dónde estará mi pueblo

    Al día siguiente, Dashim me hizo tomar asiento. 

    -    Chol Nam, desde ahora tendrás que estudiar más.

   Su entonación 
revelaba una intención ferviente. Aquel día, comencé a estudiar en serio. No había nada que Dashim no supiera y su demanda era alta. 
    Ocurrió una noche en que estábamos practicando preguntas y respuestas para el estudio de lenguas. Dashim me formulaba preguntas y ponía mucha atención en mis respuestas. De pronto, salió corriendo hacia la azotea. Yo la seguí. 
    -    Cáspita- dijo,- ¿quienes son esxs? 
    -    ?
    Puse todo mi empeño en intentar ver lo que Dashim señalaba, pero solo capté el ruido de un motor: tung, tung, tung. 

    -    Tengo que ir- dijo Dashim.
    -    Voy contigo. 
    -    No, tú cierra bien la puerta y quédate aquí. 

    Tras la marcha de Dashim, afiné el oído todo lo que podía, pero el ruido de motor, que apenas oía, se detuvo, no quedando más sonido que el de las olas. 
    De pronto, oí unos pasos apresurados. 
    -    Chol Nam, abre, venga. 
    Dashim traía a dos niñxs más pequeñxs que yo, unx en brazos y otrx a la espalda. 
    Lxs tumbó y me indicó: "Chol Nam, corre, trae el estetoscopio, el hemomanómetro y el goteo." Dicho esto, salió corriendo nuevamente. Mientras yo preparaba el instrumental, Dashim llegó con otra persona a hombros, esta vez adulta. Aunque era adulta, parecía exánime y desprovista de toda energía. Para mí aquello parecía un sueño y, hasta que Dashim comenzó con el tratamiento, no pude aplacarme un poco. En un rincón, no hacía más que tragar saliva y mirar a aquellas personas. A mis diez años, por fin estaba viendo gente de carne y hueso. No sabría describir la sorpresa que aquello me suponía. 

   -    Han cogido la enfermedad X- dijo Dashim, disponiéndose a prestarles los primeros auxilios-. Están en fase 3.

    -    ¿Y qué hacemos?

    Aquella enfermedad yo la había tenido cuando era más pequeño y sabía lo peligrosa que era. Y la fase 3 suponía estar en las últimas...
    
    - No hay nada que temer- dijo Dashim-. Espera un poco. 

    Las palabras de Dashim eran como la prueba de que todo iba bien. La persona adulta, que estaba como desfallecida, abrió entonces los ojos y se quedó mirando a los niños, que seguían tumbados. Estos también estaban lánguidos hasta aquel momento y ahora parecían haber recobrado el color y sus pechos se movían ligeramente. La persona adulta rompió a llorar y estuvo un rato mascullando algo. 

    -    Dicen que nos están muy agradecidxs- me comentó Dashim. 
    -    ¿Quiénes son?- pregunté, ya mucho más tranquilo yo también. 
    -    Son, por así decirlo, los dueñxs de la isla. 
    -     ¿Lxs dueñxs? ¿Y nosotros, entonces?
    -     Chol Nam, fíjate bien. ¿En qué se diferencian de ti?

    Entonces me fijé en que de verdad había en ellxs algo diferente. Nuevamente, quedé perplejo. Resulta que no conocía mi lugar natal. Dashim estaba totalmente volcada en prestarles todo el cuidado a los pacientes, que ya habían vuelto en sí.
    A hurtadillas, salí a la puerta de la casa. En la playa, que se iba iluminando progresivamente, las olas iban y venían y las gaviotas, con sus graznidos característicos, se preparaban para la pesca. La idea de que la isla no fuese mi lugar de nacimiento me tenía descolocado. 

   -    ¿Qué piensas, Chol Nam?- sonó a mi espalda la voz de Dashim, quien, al no verme a su lado, había salido tras de mí. 
    -    Nuna Dashim, yo ¿dónde nací?- le pregunté con embarazo. 

    Con cariño, Dashim me puso una mano en el hombro. La oscuridad se disipaba y ella, cara a aquel Sol matutino en pleno ascenso, dijo, poniendo fuerza en sus palabras: 

    -    Chol Nam, eres coreano, del país donde dicen que sale el Sol por la mañana- sus palabras parecían rebosar de orgullo. 
    -    ¿De Corea? ¿Aquello es mejor que esto?
    -    Sí, es lo mejor del mundo- apuntó Dashim, ladeando la cabeza. 
    -    ¡Pues vámonos a Corea!- exclamé, embargado por la ilusión-. ¿Qué hacemos aquí, si somos del mejor lugar del mundo?
   -    Sí, cuando se mejoren los enfermos nos vamos para allá- afirmó Dashim, resuelta y ladeando nuevamente la cabeza. 
   -    ¡Qué bien!- exclamé, lleno de entusiasmo. 

    Desde entonces, yo fui puro alboroto. Pero los enfermos se recuperaron y pasó un tiempo sin que marcháramos de la isla. Al parecer, había otros enfermos en otras islas y Dashim no quería partir sin antes salvarlxs a todxs. Cuando trataba a lxs enfermxs, Dashim ponía un esmero fuera de lo normal y parecía resultarle muy satisfactorio. Viéndola así, yo no podía meterle prisa para irnos a nuestra patria. Aún era un niño, pero enseguida tomé conciencia. 
    Todo aquel tiempo, estuve junto a Dashim acompañando al señor Luing (el padre de los niños, el primero que recibió el tratamiento). Cuidaba de él cuando Dashim estaba ocupada y el resto del tiempo lo acompañaba, de isla en isla, en busca de otrxs enfermxs. 
    Así fue como toda aquella gente, que moría sin saber el motivo, comenzó a recuperarse y aquellas pequeñas islas del Pacífico empezaron a recuperar su desbordante vitalidad. 
    No me imaginaba la calamidad y el peligro que se cernían nuevamente sobre el lugar. 

4. Monstruos voladores 

    Un día, el señor Luing y yo, como siempre, nos hicimos a la mar en busca de enfermxs y, a fin de evitar un calor húmedo que comenzó de súbito, atracamos en un islote de piedras y rocas, totalmente deshabitado. No había más que un baobab de varios siglos, que alguien había plantado en la playa y, a su lado, el sonido de una charca de agua fría.
    Corrí hacia la charca y me quité el calor. Estuve un rato jugando con el agua hasta que, con voz aprensiva, el señor Luing me dijo: 

    -    Vámonos, va a diluviar. 
    -    ?
    
    Miré al cielo. Por el horizonte, hacia Poniente, negros nubarrones iban cubriendo el cielo. Para resguardarnos de la lluvia que comenzó a caer, nos metimos bajo una roca de gran tamaño. Todo se oscureció de repente. El chaparrón no tenía visos de detenerse pronto. 
      Llevábamos un rato evitando la lluvia cuando nos fijamos en un enorme agujero que parecía haberse abierto en los acantilados que nos quedaban enfrente, y del que de pronto salieron dos cosas negras. Si no me llega a tapar la boca 
el señor Luing, yo habría soltado un grito. Aquellas cosas parecían monstruos. Batiendo las alas, alzaron el vuelo. 
    Quedé pasmado. Aquellos monstruos hablaban en inglés. 

      -    Fox- dijo uno de ellos-, vayamos a aquella roca y salgamos cuando oscurezca. 

    Ambos se posaron en la parte alta de la roca donde estábamos. Atenazados por el miedo, el señor Luing y yo nos abrazamos fuerte. Su corazón también estaba acelerado. 

    -    Oye, Irita- dijo, como graznando, el monstruo de nombre Fox-, ¿qué le pasa al amo? ¿Por qué está tan enojado? 
    -    Parece ser que vuelve a haber gente en la isla-, apuntó el otro. 
    -   ¿Cómo pueden sobrevivir esos?
    -    El problema es ese barco hundido. 
    -   ¿El barco hundido...? 

    Sin darme ni cuenta, me puse a temblar de los nervios. 

    -    ¿No te acuerdas? El que hundimos cuando el tifón. 
    -    Déjalo. Venga, vamos a probar el arma especial. 

        El monstruo llamado Irita tenía una voz malévola. 

    De pronto, el lugar se iluminó con un resplandor peor que el de un relámpago. Algo parecía estar en ebullición y olía a madera quemada. 

    -    ¡Ja, ja. Funciona. Esta vez no fallaremos!- exclamó Fox, todo agitado. 
    -    ¡¿Por dónde empezamos?!
    -    ¡Por la isla escarpada. Vamos.! 

    Interrumpiendo el alboroto que tenían montado, los dos monstruos se perdieron en el cielo. 
    
    Nosotros tardamos un buen rato en salir de debajo de la roca. El agua de la charca donde me había bañado un rato antes se había evaporado y el baobab centenario, reducido a una pila de cenizas, se mojaba con la lluvia. Temblando como si tuviéramos fiebre, subimos a la barca. 

    -    ¿Dónde se habrán metido esas cosas?- masculló Luing, mirando al cielo. 
    -    Han dicho que van a la isla escarpada, que la van a hacer volar por los aires. 
    -    ¿Cómo? Explícamelo bien. 

    Le conté al señor Luing todo tal como lo había oído. Su rostro palideció aún más. 

    -    La isla escarpada es la nuestra. 

    En efecto, tanto el mástil y los camarotes del barco hundido como el arrecife de coral, así como nuestra isla, destacaban sobre el agua. 
    -    ¿Y qué hacemos? 
    -    Hay que buscar a Dashim enseguida. 
    
    Atravesando la temible lluvia, navegamos a gran velocidad. Al acercarnos a nuestra isla, vimos un tremendo incendio. El fuego estaba en el extremo opuesto de nuestra casa, donde se asentaban lxs pacientes tras recibir el tratamiento. Nuestro lado de la isla, inesperadamente, se encontraba en calma. 
    Dejamos la barca en los acantilados y corrimos a casa. Dashim estaba tratando a lxs pacientes. 

    -    Dashimi- grité, alarmado-. han aparecido unos monstruos voladores...y están prendiendo fuego. 
    -     ¿Cómo? ¿Voladores?- replicó Dashim, mirándonos perplejo y temblando de miedo. Tras unos instantes de vacilación, se dirigió al señor Luing: 
      -    Señor, llévese a lxs pacientes a la cueva. Se los encargo. 
      
    Dicho esto, Dashim se apresuró a salir. Claramente, iba al encuentro de los monstruos. Yo me interpuse en su camino. 

    -    Nuna Dashim, no vayas. 
    -    Chol Nam, ten en cuenta- me dijo-, que hace diez años, cuando se hundió el barco también llovía a cántaros, como ahora. También aparecieron esos monstruos voladores. 

    Quedé estupefacto. No entendía todo lo que me había dicho, pero estaba claro que revestía una importancia tremenda. 
    -    Chol Nam, también tengo que salvar a la gente que está en el otro lado-, añadió, en un tono solemne, como dando una proclama. Después, corrió a la colina atravesando la tremenda cortina de agua. 

    Tal como nos había indicado Dashim, nos llevamos a la cueva a lxs pacientes que quedaban. Yo intuí el motivo por el cual Dashim, siempre que llovía o se nublaba el cielo, se agitaba tanto y me llevaba a aquella cueva.  
    Con el transcurso del tiempo, yo estaba cada vez más intranquilo. Me preguntaba si Dashimi se habría enfrentado a aquellos monstruos. No era más que una robot enfermera, una robot terapeuta. La pistola de láser que tenía no pasaba, en realidad, de ser un escalpelo para las operaciones. ¿Qué pensaba hacer con los monstruos...? Como el oleaje acudieron a mí estos pensamientos y salí de la cueva a toda prisa. 

    -    Chol Nam, no puedes salir-. El señor Luing salió tras de mí, tratando de impedir mi marcha. Nos siguieron sus hijxs y también nos siguieron lxs demás, que también eran presa del desasosiego. 
    Aterradxs, nos detuvimos. Una temible columna de fuego azul envolvía por completo nuestra casa y la aldea. La isla, que Dashim venía reviviendo, se enfrentaba a su total destrucción. 
    De súbito, la columna de fuego se apagó. 
    -    ¿Qué pasa?- se oyó decir en la voz jadeante de Irita, proveniente de un árbol que teníamos delante.

    -    Estamos perdidos. Por culpa de ese estúpido robot, hemos perdido uno de los reactores nucleares. 
    Entre murmullos y quejidos, aparecieron Fox e Irita. El fuego que envolvía la aldea nos hizo mirarnos unos a otros. No podíamos escondernos ni tampoco echar a correr. También los monstruos vacilaron. 

    -    ¿Cómo es que estos siguen vivos? Hay que matarlos a todos. 
    -    ¿Con qué?

    Gritando como loco, Fox se quitó la pistola del hombro. Me sorprendió ver que aquella era el escalpelo láser de Dashim. Me pregunté qué le habría ocurrido. 

    -    ¡Eso es nuestro! ¡Devolvédnoslo!- les grité en inglés y eché a correr sin pensar en nada. 

    Sorpendidos, quizás al oírme hablar la misma lengua que ellos, los monstruos se miraron uno al otro. A continuación, me alcanzaron y caí al suelo. Volví a correr hacia ellos y, esta vez, acabé tendido sobre la arena. "Ah...", gemí, y no solo por el dolor; también estaba furioso. 

    -    ¡¿Qué hacéis, monstruos?!

    El señor Luing, encolerizado, llegó corriendo junto con lxs demás. Tras unos instantes de perplejidad, Fox dio unos pasos hacia atrás e Irita alzó el vuelo. 
    
    -    ¿Qué es eso, Fox? Ah, es una lancha a motor- exclamó Irita, mirando nuestra barca desde lo alto. 
    -    ¿Qué? ¿Yo también puedo volver?- gritó Fox desde la tierra. 

    Más adelante supe que, después de que Fox prendiera el fuego, Dashim le había retorcido las alas y por eso no podía volar.
    Tras murmurar algo entre ellos, los dos monstruos se acercaron a mí. 
    -    Eh, chaval- dijo Irita-, ¿quién maneja la lancha?- me preguntó Irita, cogiéndome por la nuca. 
    -    ¿Qué dicen?- me interpeló el señor Luing. 
    -    Están buscando al dueño de la lancha. 
    -    Yo soy el dueño. 

    Pensativo, el señor Luing se plantó ante los monstruos, que se dirigieron nuevamente a mí: 

    -    Dile que nos lleve. Nos tenemos que ir en lancha. 
    -    Bien- dijo el señor Luing cuando escuchó mi traducción-, entonces dejad vivxs a todxs. 
    -    ¿Có-mo?- gritó Fox negando con la cabeza-. Eso no pue-de ser. 
    -    Pues no os llevo- dijo Luing, levantando también la voz. 

        Moviendo la cabeza, Irita se acercó a Fox y le dijo: 

    -    Nos lo dijo el amo, no tenemos que dejar rastro. 
    -    El amo quiere que los matemos a todos. 
   -    No te preocupes por eso. Todo está incendiado, no tendrán qué comer. Hay que largarse antes de que salga el Sol. 
    -    ¿Ah, sí? Entonces...

    El señor Luing estaba arrancando la lancha. La gente trató de impedírselo, pero él estaba resuelto y no era tan fácil disuadirle. 

    -    Si se va usted, ¿qué pasa con esxs niñxs? También a usted lo salvó Dashim. No podemos perderlo a usted. 
    Entonces, se me encendió la bombilla: 
    -    Un momento, yo llevaré la lancha- grité, subiendo rápidamente a la proa. 
    -    Eh, polluelo, ¿lo dices en serio?
        Yo había aprendido a manejar la lancha acompañando al señor Luing en la búsqueda de pacientes...
    -    Bien, decidle a ese que se baje- vociferó Irita. 
    Yo estaba preocupado por si no aceptaban. Miré a Luing y, sonriendo, le dije: 
    -    Señor Luing, dicen que vaya a ver a sus hijxs. Vaya. 
    -    ¿Qué?- replicó él, desconcertado.
    En cuando bajó de la lancha, yo cogí el timón. La lancha comenzó a moverse. 
    -    ¡Chol Nam, no hagas eso!- gritó Luing, siguiendo a la lancha hasta que Irita le golpeó con un ala, tirándolo al agua. 
        Fue entonces cuando oí tras de mí una voz conocida. Me giré enseguida. Era Dashim. Estaba llena de barro y había acudido en mi búsqueda. 
    -    ¡Chol Nam, vuelve aquí! ¡Detente!

        De pronto, sentí en todo el cuerpo una fuerza que me brotaba como un manantial. La barca surcaba el agua, levantando espuma. En la popa, la gente, asustada, gritaba. 
    -    Fox, mira, el barco que hundimos- dijo Irita.
    -    Tú, vamos hacia allá- me indicó Fox. 

(Así que lo habían hundido aquellos dos. Yo también quería ir). 
        Lleno de odio, hice avanzar la barca como una flecha. 
    -    ¡Oye, tú, más rápido!

    A partir de entonces, ya no pude oír lo que decían los monstruos. Habían saltado de la barca, que iba a su máxima velocidad. 
    Tras dar un brusco giro y llegar al arrecife, mis ojos se abrieron como platos. La lancha, que iba lanzada hacia el casco del barco, se había enganchado al mástil del barco hundido, Irita colgaba del mástil con la cadera rota y Fox había chocado contra la proa y estaba hecho una calamidad.
    Estaba sorprendido. Había sido un éxito total. De pronto, me sentí mareado. Sentí un zumbido en el oído y caí desplomado.
 
    -    ¿Está bien? 
    -    Con esta medicina que ha tomado, pronto estará bien. 

    Las voces eran de Dashim y el señor Luing. Abrí los ojos. Dashimi me tenía abrazado. Al verla, rompí a llorar. 
    -    Nuna, ¿dónde has estado? ¿Dónde, eh? 
      El señor Luing, a mi lado, me consoló. 
    -    Chol Nam, Dashim ha hecho todo lo que ha podido. Mira, ha perdido las piernas. 
    -    ¿Cómo? 
    Efectivamente, Dashim se había quedado sin piernas. 
    -    Chol Nam, eres lo máximo- me dijo, acariciando mis mejillas-. ¡Has salvado a la gente!
    -    Así es- secundó Luing-, de no ser por ti estaríamos todos muertos. 
    
5. Mis padres

    Estaba lloviznando. La isla estaba vuelta ruinas y no había dónde resguardarse de la lluvia. 
    -    Dashim, vámonos ya a mi país. 
        Dashim me miró fijamente. 
    -    Sí, Chol Nam, vete. 
    -    ¿Y tú no vienes, nuna? No quiero ir sin ti- repliqué, negando con la cabeza. 
  -    Chol Nam, escúchame bien. Y lxs demás también, escúchenme todxs- dijo Dashim, mirándonos en tono muy serio: Hace diez años que se declaró una temible epidemia en estas islas del Pacífico. Su origen es desconocido para la comunidad médica internacional, a la cual se llamó X, porque solo el hecho de investigarla supone la muerte. Nadie se le puede acercar.
   Por entonces, llegó a esta isla un barco. En él viajaba una familia en armonía. El padre era ingeniero de robótica; la madre, doctora, y tenían un hijo de un año. Con un robot con funciones de terapeuta que él construyó, y un virus de laboratorio que ella cultivó, hicieron los preparativos para vivir en una isla tropical. Se preguntarán por qué vinieron sin dudarlo a un lugar tan peligroso. Amaban más que nada a lxs niñxs, y estxs fueron, precisamente, las primeras víctimas de esta malévola enfermedad. Y confiaban en sus creaciones. Llovía a cántaros, pero navegaron con fe y convicción. Iban a bordo de un barco capaz de sortear tifones. 
    En esto, aparecieron en el cielo dos pájaros enormes que en realidad no eran pájaros y comenzaron a dar vueltas sobre el barco. Al mismo tiempo, los aparatos del barco comenzaron a funcionar erróneamente y el barco perdió el rumbo. El padre tuvo un mal presagio y conectó el walkie talkie para mandar una señal de socorro. Pero este se puso a parpadear de repente y dejó de funcionar. El propulsor hacía un ruido tremendo y el barco comenzó a oscilar. El propulsor se había roto. Con mucha decisión, el padre le dijo a su esposa: "La catástrofe que afecta a esta isla ha sido causada por unos bellacos; cuida de lxs lugareñxs". Y, sin dudarlo, saltó al mar. Pudo cambiar el propulsor, pero ya no volvió al barco. Horrorizada, la madre llamó a su marido en silencio y se puso al timón.
Pero sobre el barco se cernía la última tragedia. Perdido el rumbo, chocó contra el arrecife. El agua entró por un ojo de buey roto, inundando el barco. La madre abrazó al niño, que, ajeno a todo, dormía, y lloró. Tras permanecer un rato mirando a su amado hijo, lo montó en un bote de salvamento y lo cerró bien para que no entrara agua. Le puso un salvavidas al robot y le dijo: 
"Te encargo al niño. Cuídalo, sé su nuna. Que crezca sin problemas y, cuando llegue el día, cuéntale nuestra historia. Le tienes que contar sin falta cuál es el origen de la tragedia de la isla. Es por las gentes y lxs niñxs de estas islas. 
    La robot tembló y dijo: "Yo quiero estar con usted."
    "No", replicó ella, "tienes que salvar a lxs enfermxs de las islas. Para eso estás en el mundo. 
    Con resolución, la mujer puso en el mar al robot y el bote de salvamento, pues era peligroso para ellos estar en el barco, que estaba a punto de hundirse. 
    La robot no pudo negarse. Ella era como un hijo más que había creado la familia de científicxs y en su espíritu estaba el amar a lxs humanxs y velar por ellxs. 
    Bien aferrada al bote, la robot estuvo toda la noche flotando. Se quedó en el lugar hasta que el barco se hubo hundido del todo, pero nada se podía hacer ante aquel tifón. 
    Cuando el cielo se despejó, llegaron a esta isla. 
    
    -   Ay-. Con el corazón encogido, lloré. Ahora sabía quiénes eran lxs del barco y por qué yo había vivido en aquella isla en vez de mi país. Reunidxs, las gentes de las islas también lloraron. 
    Dashim le dijo algo al señor Luing. Al parecer, este se había traído aquella fotografía que estaba en el barco hundido. 
    -    Chol Nam, llévate la foto. 
    
    Entre sollozos, y con mano temblorosa, tomé la foto. Solo en ella podía ver a mis padres. 
    Había pasado el tifón y brillaba el Sol. Yo seguía sollozando. Con todo cariño, Dashim me dio un empujón en la espalda. 
    -    Ve a Pyongyang. El señor Luing irá contigo. 
    No le insistí a Dashim que viniera conmigo. Sabía que no dejaría estas islas, donde lxs enfermxs la necesitaban. 
    -    Dashim, ven sin falta a Corea cuando termines tu misión. 
    -    Ve con cuidado, Chol Nam. 
    
        Nos dimos varios abrazos y nos despedimos repetidamente. 
        Me subí a la lancha del señor Luing y este, como adivinando mi deseo, puso rumbo al barco hundido. Despacio, dimos varias vueltas alrededor de él. Dashim, sentada en la barra de arena, no dejaba de agitar la mano despidiéndose de mí. Por entonces, ningunx de ellxs sabía que la Patria lxs llamaba. 

    En el horizonte infinito, se propagaban incontables ondas electromagnéticas y montones de barcos surcaban el océano. 
    

                                                                            x


    Tras diez años buscando a la pareja de científicxs, toda la historia se conoció en la Patria a través de Chol Nam. 
    A petición de la Cruz Roja de nuestro país, y en medio de la condena mundial, se borró del mapa el islote que servía de cuartel general para generar catástrofes en la zona. Los villanos que desde allí operaban tenían querían hacer maniobras para adueñarse del nuevo continente (más grande que Asia) que se estaba formando en la zona con el ascenso del fondo marino del Pacífico desde el siglo pasado (el siglo XX). 
    Yo visité nuestra isla, pero Dashim ya no estaba. Su cuerpo funcionaba con el calor solar y, a raíz de perder las piernas, comenzó a descargarse. Por otra parte, le bajaba la presión del aceite e, incapaz de mover las articulaciones, acabó apagándose. Según lxs habitantes de las islas, continuó tratando a lxs enfermxs hasta el final de su vida. 
    Me entregaron una carta que dejó al final, y que decía: 

    "Chol Nam, como bien sabes, yo no soy un humano. Solo soy un robot inteligente creado por tus padres. Si 
tuve la capacidad de ayudar a la gente, fue gracias a su esfuerzo creativo y a la exploración científica. Pero yo sé que quienes crearon a Fox e Irita son unos canallas. Piénsalo:  tus padres me crearon con la capacidad de salvar vidas y dar terapia a la gente; esos crearon a los monstruos robot Fox e Irita y les dieron el virus X y las armas de rayos direccionales, funciones para matar. 
    Sé que en el campo de la tecnología científica, que crece con la creatividad humana, hay mucho margen para la innovación. Pero queda gente ruin y, si obviamos su actividad y logros, estamos perdidxs. 
    Chol Nam, yo confío en ti. Espero que seas un buen científico, como tus padres. 
Dashim."

    Dashim está en lo cierto. Es una enseñanza que nos dejaron lxs habitantes de aquellas islas. Hay que detener por todos los medios las fechorías de los malvados. Yo lo siento en mi corazón al verlxs vivir felices en aquellas pequeñas islas. Esta verdad la aprendo antes que los conocimientos en el Palacio de Estudiantes de la Universidad de Mankyong-de, donde estudiaron mis padres y donde yo me estoy preparando para ser un buen científico el día de mañana.  




* Nuna se refiere a una hermana mayor cuando el hablante es masculino. También puede designar a una amiga mayor. 




Comments