Una historia musical🪨🎼🇯🇵🇰🇵-Parte 2/2
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La vida en nuestra Patria discurrió en calma. Mi hermano el mayor estudiaba en el conservatorio y, tras someterse a varias operaciones, recuperó por completo la movilidad de la mano que tenía dañada, lo que le permitió retomar la trompeta. Mis padres siempre comentaban “fuera de nuestra Patria, no se podrá siquiera soñar con hacerse esas operaciones tan difíciles sin tener que pagar un céntimo”.
Mi segundo hermano seguía en la secundaria y, por las tardes, iba a la orilla del río Potong a tocar la trompeta. Vivíamos en un bloque de 5 pisos (en Corea, la planta baja se cuenta como primer piso) de la zona ribereña.
Mi segundo hermano también quería ir al conservatorio. Nadie dudaba de que lo conseguiría.
Todo era un polvorín debido a la crisis del USS Pueblo, aquel barco espía estadounidense (1), pero la calma que reinaba en casa no se rompió. Nuestra Patria socialista no se amedrenta ante ninguna amenaza del imperialismo yanqui.
En el 69, mi segundo hermano terminó la escuela secundaria y le recomendaron para el conservatorio, de donde al poco tiempo llegó una carta indicando que estaba admitido, un acontecimiento feliz para la familia.
Sin embargo, aquella misma tarde quedamos sumidxs en un silencio insólito. Lo de aquella tarde no lo habíamos vivido desde nuestra llegada a Corea.
Toda la familia estaba reunida en el salón. Mi hermano el mayor, que había terminado el conservatorio y era trompetista en una orquesta de primer nivel, sostenía en la mano la notificación de admisión en el conservatorio de mi segundo hermano.
- Pero, ¿no es lo que querías, entrar al conservatorio? ¿Y ahora, con la notificación y todo, de pronto dices que quieres ir al Ejército Popular? ¿Qué rayos te ha pasado?
Mi segundo hermano permaneció tan callado como siempre. Al cabo de unos instantes, el mayor insistió:
- Yo todavía tengo clavados en el alma los desprecios que te hacían en Japón por el tema de la trompeta. Quiero que seas un gran músico. Y ahora, que tienes el camino despejado ante ti, ¿no quieres seguir?
Por supuesto, yo también intervine:
- Oppa, ¿qué te pasa? Ahora que te ha llegado la carta y todo… ¿No quieres enseñarle de lo que eres capaz al profesor, que vino siguiéndote hasta el último momento para llevarte con él…?
Así discurría la conversación, pero el interesado no intervenía en ella. No despegó los labios sino transcurrido un buen rato, rompiendo bruscamente el silencio:
- He decidido y no me voy a echar atrás. Todo mi curso ha mandado una petición conjunta para entrar en el Ejército Popular. Dicen que ya se comprometieron cuando lo del barco estadounidense…
En aquel momento, y como enlazando de pronto con las palabras de mi hermano, la televisión comenzó a dar parte de la invasión de nuestro espacio aéreo por parte de un gran avión militar estadounidense de reconocimiento, el EC-121, y su consiguiente derribo. Al instante, toda la familia quedó simultáneamente en silencio, sin perder detalle de la pantalla. La noticia terminó, pero allí nadie abría la boca. Al fin, mi padre dijo:
- Creo que has pensado lo correcto. De qué sirve la música, ni nada, si no hay un país… Tienes razón, hijo. Esta familia solo ha recibido honores desde que volvió a Corea. Lo suyo es que alguien se aliste.
Mi madre, que estaba sentada a su lado, secundó aquella opinión:
- Sí, tiene que ir. El país es lo primero.
La generación de mis padres había vivido la pérdida de su país y pensaba diferente de la nuestra. Y así fue como mi segundo hermano, con el apoyo de nuestros padres y junto a sus compañerxs de curso, ingresó al Ejército Popular.
Desde que se incorporó a filas, las cartas de mi hermano fueron escasas y escuetas; se limitaba a informarnos de que estaba sano y salvo, cumpliendo con las obligaciones militares, nos decía que no teníamos de qué preocuparnos. Ante aquellas cartas, yo siempre decía como para mis adentros “cómo alguien tan parco en palabras podía tocar tan bien”, y mantenía siempre reluciente su trompeta, con la esperanza de que, cuando terminara su periodo en el ejército, volvería a tocarla. Por entonces, no dudaba de que, a su regreso, expresaría sobre los escenarios, con su interpretación, la experiencia de la vida militar.
Un día de mayo de 1972, llegó esa carta suya que tanto esperábamos. Una carta que aún conservo en casa de mis padres como un preciado tesoro. “Padre, madre, hace poco participé con la banda militar en el gran desfile celebrado en la Plaza Kim Il Sung por el 60 cumpleaños de nuestro Querido Líder Kim Il Sung. Desde la primera fila de la formación, toqué ante nuestro Padre, que brillaba como el Sol.
Aquel Sol que tan lastimosamente buscaba sobre un escenario en tierra extraña, lo he encontrado hoy, ante mí. Creo que toda mi carrera con la trompeta, soportando tanto desprecio desde mi niñez, fue en preparación de este preciso día.
Todo el desfile estuve tocando y con lágrimas en los ojos. Padre, madre, quiero pasar toda mi vida tocando para ese espléndido Sol. ¡Quiero ser alguien que le canta al Sol!
No estéis tristes porque estuve tan cerca de vosotrxs y no me acerqué a veros. Soy un soldado, llevo un uniforme. Mi puesto de guardia, me espera la Marcha de los Tres Mil Li (2).
Desde que recibimos aquella carta, yo empecé a limpiar su trompeta aún con más ahínco. Nunca olvidaré aquellas líneas en que mi hermano expresaba su deseo de cantarle al Sol…
Al fin llegó el día de su licenciatura. De regreso a casa, ya no era aquel chico con los carrillos sonrojados que, con la carta de reclutamiento en la mano, saliera de casa por aquel entonces rumbo al cuartel.
-Hermano- le dije, entusiasmada y riendo como una niña-, estás irreconocible. Debes de tener muchas admiradoras…
Mis padres también eran todo orgullo. Nuestro hermano mayor no estaba en casa, se encontraba dando conciertos en el extranjero. Cuando estábamos lxs cuatro poniéndonos al día de todo lo sucedido en aquel tiempo, yo le acerqué la trompeta, que le había conservado limpia y reluciente, y le dije :
- Ahora retomarás la trompeta, ¿no?- En mi pregunta iba implícita la idea “Dijiste que querías tocar para el Sol.”
Pero, tras tomar en sus manos la trompeta y acariciarla, no se la puso en los labios sino que la dejó en el suelo. Entonces, le dijo a mis padres:
- He decidido entrar en la Sección de Producción de Piedra.
- ¿Qué dices?
Mi hermano ya tenía la carta de asignación de destino, que sacó delante de mis padres.
- Oppa, ¿qué ha pasado?- grité, indignada-. ¿Por qué te han destinado a ti a Piedras? ¡Esto es demasiado!
Pero él, con una sonrisa, dijo:
- Lo he solicitado yo voluntariamente.
Quedé en silencio. No me lo podía creer. Pero mi hermano, ajeno a mis tribulaciones, entró a trabajar en la Sección de Producción de Piedra de determinada administración regional. Mientras trabajaba allí, se hizo ingeniero en la Universidad Minera.
Así, se desvanecieron sin remisión mis esperanzas de que se convirtiera en intérprete de éxito. ¿Por qué habría abandonado la música, él, que decía que quería tocar para el Sol, por qué en vez de eso quería dedicarse a cosas de piedras? No lo entendía ni remotamente.
Mi segundo hermano se casó y, más adelante, yo también, pero la ajetreada vida de casada no sirvió para que se me quitara del pensamiento mi segundo hermano. Encima, por mi trabajo en el sector de las artes veía a muchxs intérpretes musicales y no podía quitarme la pena y la sensación de vacío que me quedaba al pensar que su talento había quedado enterrado bajo una pila de rocas.
A mi segundo hermano nunca le gustó hablar, pero, desde que comenzó a trabajar con piedras, se volvió tan callado que parecía haberse convertido en un pedazo de roca.
Los días festivos, acudía a casa de mis padres con mi marido, que era periodista, y mis hijxs. Entre mi marido y mi hermano el mayor siempre se entablaban conversaciones con muy buen ambiente, hablaban del refinado mundo de la música, del mundo del periodismo, pero en cuanto llegaba mi segundo hermano se creaba una atmósfera embarazosa con sus historias sobre minería y rocas.
Yo me preguntaba por qué él, siempre tan callado hasta el punto de que le costaba mucho responder a las preguntas más cotidianas, hablaba tanto sobre el tema concreto de las piedras. No me parecía el mismo que había recorrido un camino tan duro desde su niñez para aprender música y llegado a ser un famoso intérprete. ¿De qué le servía todo eso ahora sí renunciaba a la música...?
Para entonces, ya estaba vuelto un hombre de mediana edad, asomado a la cincuentena, y la trayectoria musical de su juventud ya no era más que un triste recuerdo.
Y aquellos encuentros de los días señalados, cuando me alegraba de verlo y al mismo tiempo sentía lástima, dejaron también de producirse al poco tiempo. Cuando empezó la Marcha Ardua (3), desapareció de la casa todo rastro de él. Clavado en la cantera, extrayendo piedra, no paraba casi nunca por casa.
Al cabo de un tiempo, llegó el momento de que su hijo mayor ingresara en el Ejército Popular. Yo fui a la estación de tren de Pyongyang para despedirle. Al ver a mi sobrino con aquella carta roja de alistamiento, recordé a mi hermano 30 años atrás. Pensando en lo rápido que pasa el tiempo, añoré mucho a mi hermano, a quien no veía desde hacía mucho tiempo. Pero allí, en la estación, solo estaba mi cuñada.
- ¿Y mi hermano? – le pregunté.
- Está de camino. Le he llamado a la cantera.
Inquieto, mi sobrino miraba el reloj de la Estación de Pyongyang y a su alrededor buscando a su padre. Yo también miraba alternadamente a los dos. Aquel día, mi hermano no apareció. Mi sobrino estaba triste, yo traté de consolarle, pero no podía evitar mi malestar para con mi hermano. Aquella noche no pude conciliar el sueño pensando en mi pobre sobrino, que se había marchado sin ver a su padre. ¿Qué había sido de aquel hombre, de aquel chico, tan callado pero con tan buen corazón, aquel que se mostró aún más feliz que yo cuando me regaló aquella muñeca? ¿Se había petrificado su corazón de tanto tratar con las piedras…?
Fue entonces cuando leí una noticia impactante en el Rodong Shinmun (4). Estaban erigiendo un monumento conmemorativo y le dieron diplomas a los obreros con mayores méritos. Entre los nombres de los galardonados, estaba Pak Song Won. No había duda, era mi hermano. En el diario estaba escrito que el Respetado Líder Kim Il Sung le había otorgado un diploma a mi segundo hermano.
No sabría explicar mi sorpresa. Mi hermano había recibido la mayor distinción. Acudí corriendo a su casa. Quería verle, felicitarle, ver qué me contaba.
Hermana, cuánto tiempo sin verte- me recibió mi cuñada, invitándome a pasar.
Estará mi hermano, ¿no? Ayer le dieron el premio… Lo he leído en el periódico…
Qué va a estar… Anoche se fue a su cantera de granito. Su casa parece una pensión- dijo ella, como si no hubiera nada fuera de lo ordinario, e incluso rió, añadiendo: - Aunque lo veas, no te va a contar mucho. Anda, siéntate y descansa, que hace mucho que no nos veíamos. - añadió, dirigiéndose a la cocina sin que yo tuviera tiempo de impedirlo.
Una vez sola, recorrí el salón con la mirada y me acerqué al escritorio de mi hermano, en el que había varios libros sobre extracción y transformación de piedra. Me quedé unos instantes mirándolos, preguntándome qué le resultaría tan atractivo en las rocas como para haber abandonado la música y haber emprendido un camino tan diferente.
Captó mi atención un un estante donde había una libreta gruesa, descolorida, con pelusas y en cuya portada ponía Notas creativas. Me sorprendió. ¿Significaba aquello que mi hermano no había abandonado del todo la música…? Al abrirla, salió de entre sus páginas un recorte de periódico amarillento con el encabezado “Joven trompetista, un portento de la música.” Era aquel recorte inolvidable del Kyoto Shinbun, de aquella época ahora muy lejana. Me quedé un rato mirándolo. Parece que mi hermano no había olvidado aquellos tiempos y seguía sintiendo algo por la música a pesar de haberla abandonado.
¿Por qué, entonces, había cambiado las partituras por las piedras…? En la libreta, había diarios del tiempo que pasó en el ejército y, debajo, anotaciones musicales que plasmaban sus sentimientos. Recorrí página por pagina.
X del X de 1973, en Iab, comarca de Ch’ng San
Conocimos una historia que no se puede oír sin que broten las lágrimas.
Una tarde de postguerra, hacia el ocaso, el director del comité local del Partido estaba solo a la puerta de su casa, pues perdió a toda su familia a manos de los yanquis. Junto a él nuestro Líder y padre, no podía dejarlo allí solo. Se quedó en su casa, que era tan oscura y que, aquella noche, se vio desbordada de luz del Sol.
Bajo el texto, había varias partituras, escritas, borradas, reescritas, tachadas. Tres páginas, cuatro, de borradores, hasta llegar al siguiente texto:
No va a funcionar. Hasta ayer, pensé que la música era lo más poderoso, un lenguaje de las emociones capaz de expresarlo todo. Pero no es así. No he hallado melodía capaz de plasmar este amor tan grande, tan ardiente.
Igual que ningún artista puede pintar el Sol… Aunque compusiera la melodía más majestuosa, no sería mejor que unas letras escritas con un junco en la arena.
A continuación, el siguiente poema:
Caña frágil, leve arena
Pérfida mar, ola cruel
Para nada os quiero; nunca
a engañarme volveréis
Era una estrofa de un poema de Heine. Me pregunté cómo había llegado hasta allí. Pero me pareció tomar conciencia de todo el recorrido de las emociones de mi hermano hasta la fecha. El registro del día siguiente, titulado Marcha de los tres mil li (2), versaba sobre el camino de amor de nuestro Gran Líder, que conoció a través de viajes por cada rincón de este país:
Hoy recorrimos un camino penoso. Fue una marcha interminable por cada valle, por cada cumbre.
¿Habrá recorrido alguien este camino antes? Pareció un sendero por el que nadie pasó nunca antes. Ese camino hemos recorrido y, por eso, cuando llegamos a un pueblo, con su gente, tuve pensamientos enigmáticos. Era una aldea muy pequeña, un pueblo pequeño y deshabitado…
Al llegar a ese pueblo, nos sorprendimos de nuevo: sobre un tronco de árbol, limpio y allí plantado, estaba escrito: “Aquí estuvo nuestro Gran Líder y Camarada el día X de octubre de 1949."
Oh, hasta este confín remoto llegó nuestro Gran Líder, nuestro Padre. Tan afanado como estaba en construir el Partido, en construir el País, el Ejército.
A mí, que tantas historias había oído sobre el amor de nuestro Líder y Padre, aquello me impactó.
¡Oh, Líder, Padre!
Después de este texto, había densas partituras borradas, reescritas, vueltas a borrar…
Pero, a continuación, había escrito lo siguiente:
¡Grandioso Sol, grandiosa historia de amor!
No acude a mi mente ninguna melodía para trompeta. El mundo de la trompeta, el mundo de la música, que siempre amé… han sido demasiado débiles para cantar todo el afecto que nos brinda ese grandioso Sol. No han tenido esa fuerza.
¿Puede, entonces, haber en este mundo una melodía capaz de transmitir a sus gentes
un amor tan grandioso?
En aquel punto de la lectura, quedé sumida en profundas cavilaciones. Comprendí que lo que tenía ante mí era a mi hermano en una encrucijada. Y parecía tocar su corazón algo que a mí me resultaba desconocido, que ni siquiera comprendía. Pasé la página.
Allí, en el confín septentrional de este país, antiguo campo de batalla, donde se siente el aliento del sagrado y revolucionario monte Bektu, allí estaba parado, bajo el gran monumento de Samjion, que se alza imponente hacia el cielo, adonde llegó nuestra Marcha…
Es un monumento colosal que representa a lxs guerrerxs de la sangrienta guerra de resistencia contra Japón, que acomparon al Grandioso Líder, con su uniforme manchado con humo de pólvora y la lluvia de balas, un monumento gigante erigido por el Grandioso Kim Jong Il para transmitir a todas las generaciones los logros revolucionarios del Grandioso y Querido General.
Me quedé un buen rato ante el monumento. Cuanto más lo contemplaba, más me parecía que de él salían melodías extraordinarias, solemnes, que se transmitían resonantes y majestuosas.
Pasé las manos por el pedestal de granito y acerqué el oído.
En aquel instante, escuché una solemne música, un himno a un hombre grandioso y cantado por la piedra. El viento, llegado del monte Bektu, envolvía el monumento de granito. Puse nuevamente el oído en la piedra; nuevamente y con claridad, escuché la solemne música, ese canto de alabanza a un gran hombre inmortalizado en el mundo de la piedra por el General Kim Jong Il, un canto majestuoso a los grandiosos y eternos logros de nuestro Líder.
Y esto es música.
Es la música solemne que yo tanto quería escuchar, sembrada en el mundo de la piedra del extraordinario Kim Jong Il. Y pensé que yo quiero vivir en ese mundo musical, de la música creada por nuestro General y que se transmitirá para siempre.
Después venían dos estrofas más del poema de Heine:
En la selva escandinava
crece altivo, entre otros cien,
abeto, que al cielo sube,
ese abeto arrancaré,
En las entrañas del Etna
fuego eterno se ve arder;
en las entrañas del Etna
hundiré el tronco después.
Con esa tremenda pluma
y esa tinta escribiré
en la bóveda enlutada
de la noche: «Te amo, Inés»
Entre los vívidos astros
las cifras de mi querer
brillarán todas las noches
hoy y mañana y después (5)
Fue como si estuviera llegando a mis oídos una melodía majestuosa que resonaba en su interior y que yo desconocía hasta aquel momento. Con ambas manos, ceñí la libreta contra mi pecho y me dije “cuántas cosas desconocía de mi hermano... En realidad, ¡nunca abandonó la música!"
Mi hermano, el mismo que en aquel desfile donde estaba nuestro Líder y Padre había decidido cantarle al Sol para siempre. Un canto que había estado interpretando todo el tiempo sin que yo lo supiera. Mi hermano vivía dentro de la música brindada por nuestro Gran General en el mundo de las rocas, en un majestuoso mundo musical que era interpretado por los monumentos a la vida eterna de nuestro Líder erigidos en cada rincón de nuestra Patria.
Por la ventana, divisé la Torre Juche y la Torre Conmemorativa de la Fundación del Partido, todo ese granito que forma los monumentos y pedestales. Y sentí como si llegara también a mis oídos esa solemne música interpretada por las piedras. Una música de vida eterna.
En tiempos ancestrales, la gente vio en la piedra uno de los diez elementos de la longevidad. También lxs incas y lxs mayas, a través de edificios, grandes lápidas y pirámides, crearon en tiempos remotos una cultura de la piedra que ha llegado hasta nuestros días.
Pero eso no son más que vestigios fosilizados. Ninguna época, ninguna nación, pudo sembrar una música majestuosa plasmada en la piedra. Las piedras de nuestro país, sin embargo, interpretan una solemne y majestuosa música, un legendario canto de amor, grandioso y sublime, un canto que se transmitirá mientras exista nuestro planeta.
¿No brota ese canto del Palacio de Kum Su San, ese lugar sagrado de la idea Juche, de la Torre Juche, del Arco del Triunfo, de la Torre Conmemorativa de la Fundación del Partido y de todos los monumentos de piedra que hay en nuestro país? ¿No es una música que canta a la entrada de la Avenida de la Reunificación, en la Puerta de Pyongyang, en el Monumento a la Reunificación, que le canta un himno de reunificación al Pueblo de los Setenta Millones?
Aquella música la interpretaba directamente mi segundo hermano. ¡Era un músico genuino!
X
Quiero terminar la historia contando por qué mi hermano no pudo estar presente para despedir a mi sobrino el día en que este ingresó al Ejército.
Al parecer, cuando recibió la noticia del alistamiento de su hijo, mi hermano se subió a un camión de mercancías que transportaba granito para la construcción de un muro de piedra en torno al Palacio Monte Kumsu San y se dirigía a Pyongyang.
Cuando el camión dejó atrás la cantera, pasó un puerto de montaña y se incorporó a la carretera principal, el camión se detuvo. Al bajarse, descubrió a un grupo de personas formado por una mujer que llevaba un bebé a la espalda, varixs ancianxs y niñxs que estaban en medio de la carretera pidiendo que alguien lxs llevara.
Llévenos solo hasta Kang So. Venimos de ver a mis suegrxs y, como llevo un bebé…
Era difícil declinar la petición de la mujer, pues el Sol se ponía ya sobre los montes y las sombras del ocaso se hacían más profundas. Esta tomó el silencio del conductor como aprobación y se acercó al vehículo.
Se lo agradezco de corazón. De verdad…
Siga usted su camino. Perdónenos por haber parado un camión, que va de camino al Palacio de Kum Su San, donde se encuentra nuestro Líder y Padre…
El bebé que la mujer llevaba a la espalda se despertó y rompió a llorar, pero la mujer, como ajena a ello, no se levantó hasta que el camión hubo desaparecido en la distancia. Lxs ancianxs y lxs niñxs permanecían arrodilladxs en señal de reverencia. Habían avanzado un trecho cuando mi hermano, poniendo una mano en el brazo del conductor, le dijo:
- Detenga el camión.
- ¿Perdón?
- Me vuelvo a la cantera.
- ¿Cómo dice?- el conductor estaba perplejo-. ¿No va a despedir a su hijo, que se va al Ejército?
Al parecer, mi hermano se bajó del camión y regresó a la cantera. Aquella mujer, que vertía lágrimas de expiación por haber retrasado apenas unos minutos un camión que se dirigía al Palacio de Kum Su San, y también lxs ancianxs y lxs niñxs, habrían oído en su corazón la solemne y eterna música sembrada por nuestro Gran General en las piedras que cargaba aquel camión… Notas de traducción
1. El buque espía estadounidense USS Pueblo fue capturado por Corea del Norte el 23 de enero de 1968 en sus aguas territoriales y estuvo expuesto amarrado en el río Tedong, en Pyongyang.
2. Un li equivale a unos 400 m.3. Marcha Ardua: periodo comprendido entre 1994 y 1999, marcada por la hambruna que afectó a todo el país, originada por las sequías e inundaciones, el endurecimiento de las sanciones y la caída de la URSS y el bloque socialista.
4. Rodong Shinmun: periódico norcoreano y el diario oficial del Partido del Trabajo de Corea, publicado por la Agencia de Noticias Rodong. Es el periódico más leído en el país. Fue publicado por primera vez el 1 de noviembre de 1945
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