Rosen, luis, La Mancha, Seúl (7)
capítulo 7
La anciana y los huevos fritos
Durante su vida en Seúl, Luis vivió en un hasuk (residencia de estudiantes con derecho a uso de la cocina y zonas comunes). En el suyo no había cocina, pero sí en otro del vecindario, que lo llevaba una anciana que, por lo que me contó Luis sobre su forma de hablar y su entonación, podría ser de la provincia de Pyong An (actualmente en Corea del Norte). A veces, le costaba entenderla. En la casa, la anciana servía la comida (en una mesa baja estilo coreano, para comer en el suelo) y lxs estudiantes se freían los huevos. Al principio Luis no lo sabía, por lo que comía solo lo que la abuela ponía en la mesa. Aparte de que no se lo explicaron, la anciana no parecía darse cuenta de que era extranjero. Creo que no sería tan raro, dado que tenía el cabello negro como el de los coreanos y hablaba bien nuestro idioma.
Luis llevaría un mes comiendo allí cuando, una mañana, ella vio que no comía huevos (1) y le preguntó por qué. Luis no entendió la parte del "¿por qué?" y respondió afirmativamente. Ella reiteró la pregunta y Luis no sabía por qué la insistencia, pero como solo respondía "ne, ne" ("sí, sí"...), ella le preguntó si no sabía lo que eran los huevos fritos. O sea, que sí sabía que era extranjero. Me hizo gracia cuando me lo contó.
La anciana tenía una voz y una forma de hablar muy vigorosa y carismática que hacía sentir a Luis un poco descolocado. Cuando le dijo que fuese a la cocina y se friera los huevos, él corrió a los fogones, pero no encontró ningún huevo en la sartén, lo cual le confundió más. La anciana, que ya se había retirado a su habitación, acudió a la cocina al no oír la sartén y, sorprendida, le preguntó si no sabía freír huevos. Cuando me lo contó, me revolqué de risa.
Al final, ella, soltándole un regaño incomprensible, frio los huevos por él. A ella no le interesaba si Luis venía de los Mares del Sur o si había viajado en el tiempo desde la era glacial; solo sabía que venía de lejos y que no comía huevos si no se los freía ella. A mí me resultaba tremendamente gracioso que alguien que hablaba coreano con entonación española imitara tan bien el acento de la señora cuando me lo contó.
Luis llevaría un mes comiendo allí cuando, una mañana, ella vio que no comía huevos (1) y le preguntó por qué. Luis no entendió la parte del "¿por qué?" y respondió afirmativamente. Ella reiteró la pregunta y Luis no sabía por qué la insistencia, pero como solo respondía "ne, ne" ("sí, sí"...), ella le preguntó si no sabía lo que eran los huevos fritos. O sea, que sí sabía que era extranjero. Me hizo gracia cuando me lo contó.
La anciana tenía una voz y una forma de hablar muy vigorosa y carismática que hacía sentir a Luis un poco descolocado. Cuando le dijo que fuese a la cocina y se friera los huevos, él corrió a los fogones, pero no encontró ningún huevo en la sartén, lo cual le confundió más. La anciana, que ya se había retirado a su habitación, acudió a la cocina al no oír la sartén y, sorprendida, le preguntó si no sabía freír huevos. Cuando me lo contó, me revolqué de risa.
Al final, ella, soltándole un regaño incomprensible, frio los huevos por él. A ella no le interesaba si Luis venía de los Mares del Sur o si había viajado en el tiempo desde la era glacial; solo sabía que venía de lejos y que no comía huevos si no se los freía ella. A mí me resultaba tremendamente gracioso que alguien que hablaba coreano con entonación española imitara tan bien el acento de la señora cuando me lo contó.
Vieja friendo huevos, cuadro de Velázquez
벨라스케스의 작품 "달걀 뽁는 늙은 여인'
Luis llevaría seis meses en Seúl y me dijo que le avergonzaba aquel momento en que había estado dando vueltas en la cocina sin saber qué hacer. Al parecer, fue porque no sabía usar aquellos fogones en particular. Le pregunté si eran distintos en su país y me dijo que en la casa de la señora eran de los que se encendían con una pistola de gas. "Ay", pensé, "sí que se ha topado con una buena dificultad."
Lo de los huevos fritos fue el primer obstáculo que Luis se encontró durante su estancia en Corea y, al mismo tiempo, el resultado de la amabilidad de aquella señora cuya forma de hablar resultaba un poco áspera. El incidente lo contaba Luis como lo más cómico que le había pasado durante su estancia y para mí fue una experiencia cultural sorprendente. Luis enseguida se dio cuenta de que, tras aquella fachada de severa seriedad, la señora tenía un corazón suave y cálido, como los huevos fritos. La anciana, cuyas palabras eran recias y se oían como órdenes, habría pensado que había que cuidar de que aquel chico venido de lejos se alimentara bien. Luis se dio cuenta de que la amabilidad de nuestra gente se transmitía de formas distintas e inesperadas.
1. (Esta historia ocurrió dos años antes de iniciar la dieta vegana)

Comments
Post a Comment