Chiapas, 1 de enero
fue una mañana fría, cuando el mundo
floreció en la selva Lacandona,
y los montes de Chiapas, tan dormidos,
desplegaron sus alas y rugieron
la noche ya duraba tantos siglos
que, en un confín remoto y olvidado,
desde las fosas de un México sordo,
de un ciego mundo, se elevó un canto de fusiles
la Tierra gritó esta vez en chol, en tzotzil,
en jach tʼaan y las gentes y las madres,
que llevaban quinientos años sin rostro,
se enfundaron rostros de lana negra,
todas el mismo y, cargando a su espalda
a lxs libres del futuro,
se enfrentaron con gritos de digna rabia
a los uniformados que venían
a negar la ternura de los pueblos
en los palacios grises del Gobierno
quisieron ahogar aquellas raíces,
pero el clamor de aquellos brotes
con la voz de los sueños de Zapata,
llegó a todos los confines
del país, de un planeta conmovido
y entre las milpas nacieron caracoles,
hijxs del monte con la casa a cuestas,
se armaron escuelas, consultas
de salud y populares
Y, llorando por lxs caídos de los bosques,
con los pies en el barro,
con el alma en la Luna,
cultivaron la vida en las estrellas;
recordando, cantaron
a todas las raíces que en el cosmos,
pequeñas y cargadas de sueños, se alzaron
El bosque frío, oscuro, elevó voces,
poesía de amor en los maizales,
que cruzó los océanos y el tiempo,
trazando con su sangre mil caminos,
un mundo donde caben muchos otros


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