Una historia musical🎺🎼🇯🇵🇰🇵-Parte 1/1
El relato Una historia musical (ûmak´e dehan iyagi 음악에 대한 이야기), de la autora Kang Kwimi, fue publicado en 2003 en la revista literaria Choson Munhak y habla de las penalidades de la comunidad coreana en Japón y su posterior retorno a Corea del Norte.
La autora, Kang Kwimi, nació en Kobe, Japón, y llegó a Corea del Norte a los 16 años. Estudió literatura en la Universidad Combinada Kim Il Sung y, tras su graduación, trabajó como periodista mientras publicaba sus primeras obras. Debutó como escritora en 1982 y es considerada una autora con talento por la crítica de la RPDC. Su obra ´Ubicación de la vida´fue adaptada a una telenovela y traducida a varias lenguas. En 2002, la crítica norcoreana se refería a ella como una flor aromática dentro del panorama literario del país, tal vez la más notable escritora de la RPDC.
Fuente: Tongil News, 2002
Una historia musical fue traducido al inglés por Yu Young-nan y publicado en la antología Literature from the Axis of Evil, editorial Words Without Borders, 2006.
Hemos traducido el texto introductorio de la versión en inglés:
Durante el periodo de domino colonial japonés en Corea (1910-1945), gran parte de la población coreana luchó forzosamente para Japón o trabajaron en las fábricas de munición. Muchxs quedaron en Japón tras la guerra. Por otra parte, tras la Guerra de Corea (1950-1953), Corea del Norte necesitaba trabajadorxs para la reconstrucción del país.
En 1958, un grupo de jóvenes coreanxs residentes en Japón enviaron una petición al líder norcoreano, Kim Il Sung, pidiéndole una oportunidad de "regresar" a casa y escapar así de la severa exclusión social y penurias económicas que sufría la comunidad coreana en Japón, con un 24,4 % de la población de origen coreano bajo el umbral de la pobreza frente a un 2% de la población japonesa local. Entre 1959 y 1967, unas 88000 personas, entre ellas 6000 japoneses de origen, embarcaron rumbo a Corea del Norte.
Mi traducción-resumen del relato es directa del coreano al castellano. He añadido
Una historia musical Kang Kwimi, 2003 Yo no sé mucho del tema, pero hoy quiero escribir sobre música. Para mí, pensar en ella equivale a pensar en mis dos oppa (hermanos mayores cuando la hablante es mujer).
Tengo dos oppa. Uno es un conocido trompetista en activo de la banda central; el otro, trabaja en la cantera de Hwa Kang.
Dicho esto, se pensará que voy a escribir sobre mi hermano el mayor, el trompetista. Pero no. Voy a escribir sobre el segundo, el que vive sacando piedra en la cantera. ¿Cómo?, me dirán, ¿no decías que ibas a escribir sobre música? ¿Qué tiene que ver la música con las piedras?
Comenzaré la historia en aquellos tiempos, hoy lejanos, en que mi familia vivía en condiciones miserables allá en Japón.
1
Mi infancia transcurrió en una pequeña casa ubicada junto al puente ferroviario de Kasuragawa, en Kyoto.
Aún hoy, al cerrar los ojos, recuerdo el sonido del río, el de las ruedas del tren, el del silbato, que, sin saber el motivo, me llenaba el corazón de tristeza, la vida en aquella casa que parecía menguar cada día bajo el peso de la pobreza. Son recuerdos dolorosos.
Mi padre llevaba un carro lleno de harapos; mamá trabajaba en una fábrica de pescado en lata, echando a las sardinas edulcorante el polvo, vinagre y sésamo, hasta que la echaron por ser coreana y se colocó en una planta textil de Arashiyama, donde se dedicaba a secar las telas teñidas a la orilla del río.
Nuestra vida era más difícil de lo que se puede imaginar.
Mis padres querían que estudiáramos en la escuela coreana de Kyoto, pero no tenían para el transporte y tuvimos que estudiar en una escuela japonesa cercana. Aún guardo un recuerdo muy vivo de lo que pasó cuando mi segundo hermano estaba en tercero de primaria. Una noche, yo estaba jugando con aquella muñeca vieja, vuelta un harapo, y escuché una conversación que venía de la otra habitación.
- Mamá, entonces ¿no tienes dinero para mi comida?- dijo mi segundo hermano. En la escuela japonesa, había que pagar la comida aparte de las tasas; de otra manera, lxs niñxs no recibían su pan, su leche y sopa.
- Hay que esperar unos días, hijo- respondió mi madre-. Pero, ¿no te estoy dando todos los días tu bolsa de comida para que comas allí?
- ¿La cebada cocida y las rodajas de nabo? ¿Cómo voy a comer eso delante de lxs niñxs japonesxs? - ¿O sea, que nunca almuerzas?- y, ante el silencio de mi hermano, agregó, en tono apenado: - ¿No dices nada...
- A la hora de la comida, me voy a un rincón del patio y cuando es la hora...
- Cuando es la hora, ¿qué?
Transcurrió un buen lapso de tiempo antes de que mi hermano, con voz apagada, respondiera:
- Me voy donde los grifos y tomo agua antes de volver a la clase. Si me preguntan lxs niñxs, les digo que no quiero comer pan y he ido a la cafetería, les miento...- no pudo terminar la frase, se le quebró la voz.
Era un niño de pocas palabras. Cómo tuvo que verse para contarle aquello a nuestra madre.
- Ay, mi niño...- mi madre también tenía la voz llorosa.
Pobre de mi hermano. Yo también lloré, pero sola, tapándome la cara con la muñeca.
Yo tenía siete años. Supongo que pasaban muchas cosas, pero el recuerdo de aquel momento lo tengo como si fuese ayer.
Fue toda una sorpresa que en aquella casa tan pobre floreciera el talento musical. Se suele decir que el talento para la música es heredado. Los padres de Beethoven (베토벤) y Mozart (모짜르트) se dedicaban a la música y también los Chopin (쇼펜)Schubert (슈벨트) o Tchaikovsky (챠이꼽스끼) venían de familias melómanas. La mía, por el contrario, no tenía la más mínima conexión con la música. No había ni siquiera un instrumento más del pueblo llano, como una flauta. Nadie sabe cómo mi hermano el mayor llegó a ser primer trompetista de la banda de viento del Instituto de Secundaria Rakunan, conocido por su talento musical. Aquella banda era conocidano ya en Kyoto, sino en todo Japón.
Mi segundo hermano, que por entonces cursaba el sexto grado en la Escuela Primaria de Kishoin, también comenzó a mostrarse interesado en la trompeta. El mayor practicaba junto a una cascada que había cerca y donde había unas rocas y siempre tenía a su lado a un chiquillo (mi segundo hermano) que le sostenía la partitura como un atril humano...
La trompeta, dorada y refulgente, producía las notas con armonía, do, re, mi, fa, sol, la, si do, y la música fluía en ella. Mi segundo hermano, sin darse cuenta, temblaba de la emoción y se fue acostumbrando a los movimientos con que nuestro hermano mayor ejecutaba la música. Pero este nunca le dejó ni siquiera tomarla en sus manos.
Un día, mi hermano mayor fue a la herrería y el segundo no pudo resistirse, tomó el instrumento de donde el mayor la escondía. La tocó poniendo en práctica lo que le había visto a nuestro hermano mayor y sonó inesperadamente bien. Cada vez que nuestro hermano mayor salía de casa, el segundo cogía la trompeta y la tocaba durante aproximadamente una hora, dejándola nuevamente donde nuestro hermano mayor la tenía guardada.
Pero aquello no duró mucho. Al cabo de un mes, nos descubrió. Yo, que vigilaba, me encontré de pronto con nuestro hermano mayor ante mis narices. No sabía que la trompeta se oía desde la calle. Con las facciones endurecidas, con un gesto que asustaba, nuestro hermano mayor la oyó y corrió a la casa. Quitándole el instrumento de las manos, le gritó: "¡¿Qué haces?!" Mi segundo hermano no se lo esperaba y quedó desconcertado. La voz de nuestro hermano mayor se elevaba por momentos: "¿No sabes que esta trompeta no la hemos podido pagar aún? ¡Mamá, papá y yo estamos trabajando en la herrería para pagarla! ¿Te crees que es un juguete?"
No me esperaba oír la voz de mi segundo hermano alta y clara cuando replicó:
- No estoy jugando, hyong (hermano mayor cuando el hablante es masculino), yo también quiero aprender a tocarla.
- ¿Qué dices?
Tras unos instantes de silencio, la voz de nuestro hermano mayor, que se había apaciguado, retomó su fuerza:
- ¿Y para qué quieres aprender? Mírame a mí, la gente dice que toco bien, pero no me cogen en ningún sitio por ser coreano, he podido ponerme en la herrería y gracias. Y allí me he lastimado los dedos. Cómo me habré visto que hasta llegué a pensar en tirarme a las vías del tren. Así que hazme el favor...
Mi segundo hermano quedó en silencio. Todo lo que había dicho mi hermano mayor era verdad. En la herrería, se había hecho daño en una mano y no podía mover bien los dedos, no podía tocar con esa mano. La desesperación lo había llevado a intentar suicidarse lanzándose a la vía del tren desde el puente y estaría muerto si no llega a impedírselo un compatriota nuestro que pasaba por allí. Mi segundo hermano lo sabía, pero ¿qué podía decir...?
Desde aquel día, le prohibió terminantemente que se acercara a la trompeta, que además escondió en un sitio donde nadie la podía encontrar. Pero, lejos de aplacarse, la pasión de mi segundo hermano por la trompeta solo se volvió aún más fervorosa.
Un día, todxs lxs compañerxos de mi segundo hermano salieron del aula de música y él se quedó allí plantado. Allí, en una vitrina, brillaba una trompeta. Sin darse cuenta, su mano se extendió hacia ella. Al recordar el fiero rostro del profesor de música, apartó la mano del instrumento, pero la tentación era demasiado fuerte. Movió varias veces la mano hacia la trompeta y hacia atrás hasta que acabó tomándola y, con el ansia de quien está sediento y encuentra agua, se puso la boquilla en las manos y sopló. Al primer sonido, desapareció sin dejar rastro esa presión que le atenazaba el pecho y todo su ser se fundió con la música. En esto...
- Pero ¿qué haces?- oyó, mientras alguien le tocaba el hombro. Al darse la vuelta, quedó petrificado; eran el director de la escuela y su profesor tutor.
- ¿Cómo se atreve este chosenjin ("coreano" en japonés)? ¿Quién le ha dicho que puede tocar los instrumentos a su antojo...?
El director le arrancó la trompeta de la mano y su tutor, en la siguiente clase, le castigó obligándole a pasar una hora con dos cubos (바께즈) de agua en las manos, de pie junto al encerado. Con el paso del tiempo, sintió que se le iban a caer los brazos con el peso del agua y el de la humillación.
Pero aquello tampoco sirvió para enfriar su pasión por aprender a tocar la trompeta. Antes al contrario, se volvió más ardiente, mezclada ahora con el espíritu de rebeldía de un coreano en Japón. Al poco del incidente, terminó la primaria y entró en el Instituto de Secundaria Rakunan, cuya banda de viento, como decía antes, era famosa en todo el país. Sus integrantes vestían un uniforme como de marineros y acaparaban miradas de envidia de todxs los estudiantes. Imagínense lo que suponía que a uno lo eligieran para tocar en aquella banda.
El primer día de instituto, los profesores dejaban a lxs nuevxs alumnxs probar los instrumentos para descubrir talentos que incorporar a la banda como intérpretes de reserva. Junto a lxs chicxs, sus padres eran todo bullicio y agitación. Entrar en aquella banda era un honor difícil de explicar. Los padres les decían: "profesor, nuestrx hijx lleva desde los ocho años tomando clases particulares", "profesor, yo soy el jefe de policía de la comisaría de blabla... y este es mi hijo...", "profesor, aquí tiene mi tarjeta, si necesita un arquitecto no dude en visitarnos..." Y en un rincón, contemplando aquel espectáculo de los padres de lxs alumnxs entregadxs a una especie de competición por que sus hijxs entraran a la banda, había un chico. Mi segundo hermano.
Cuando se aplacó un poco aquel espectáculo de adulación, se acercó al profesor y le dijo:
- Profesor, déjeme entrar en la banda de viento.
Agotado de tanto escuchar a los padres de lxs alumnxs, el profesor permaneció unos instantes contemplando a aquel muchacho, plantado allí solo, y le preguntó:
- ¿No tienes padres o qué?
- Sí- respondió mi hermano-, no han podido venir, están trabajando lxs dos-. Y agregó: Profesor, ¿qué tienen que ver los padres con la prueba? Yo estoy aquí, con mi talento...
- ¿Qué instrumento tocas?- le preguntó el profesor, después de mirarlo unos instantes.
- La trompeta (트럼베트), quiero tocar la trompeta.
A aquel chico, la pobreza le salía por los poros. El profesor le dio la trompeta con una actitud como de "¿Qué va a tocar alguien como tú...?". Pero, al oírle tocar, quedó con los ojos como platos. Le dio el aprobado y le dijo que tocara un poco más. Fue el único estudiante que pasó el examen sin tarjeta de los padres ni un tutor.
Está claro que, por entonces, no sería un sonido fluido. Sin embargo, aquel profesor detectó en él un talento innato. Mas al día siguiente después de las clases, cuando acudió corriendo a la sala de instrumentos de viento, lo que le dieron no fue una flauta, sino una corneta.
La corneta es más corta que la trompeta, es un sonido más agudo, es difícil y nadie quería ese puesto. Con la corneta en la mano, mi segundo hermano le dijo al profesor:
- Profesor, yo quiero tocar la trompeta.
- ¿Tú qué tienes que decir? Ya tenemos trompetistas asignados.
En una banda de viento, la trompeta es la base. Para un estudiante como mi hermano, era casi imposible acceder a esos puestos.
Desde aquel día, la corneta se empezó a oír después de las clases en la azotea del instituto y era como mi hermano gritando "aunque sea con este instrumento, les demostraré de lo que soy capaz."
Al cabo de unos diez días, estaba una tarde practicando la corneta él solo en la azotea e hizo un sonido largo como de un minuto. Entonces apareció por allí el profesor de música, probablemente atraído por el sonido.
- ¿Eres tú el que ha estado tocando la corneta todo este tiempo?
- ¿Acaso hay otro cornetista en la banda, profesor?
- Hmm ... Es que tocas parecido a Pok (Pak), un primer trompetista que tuvimos y que ya se graduó. Era un genio, ¿sabes? Desde entonces no ha habido nadie como él- en las palabras del profesor había como una sombra de lamento. Mi hermano respondió en un tono de orgullo:
- Ese primer trompetista es mi hermano mayor.
- ¿Qué dices? ¿En serio?
El profesor fue al cuarto donde guardaban los instrumentos y le trajo a mi hermana una trompeta reluciente:
- A ver, toca- y, tras escuchar la interpretación, exclamó: -¡Por fin hemos encontrado un primer trompeta!
Es indescriptible la alegría que supuso para mi hermano tocar la trompeta. Recordó el castigo de los cubos de agua que había sufrido en la escuela primaria, aquellos rostros del director y del profesor tutor. Fue como una especie de venganza .
Desde entonces, la trompeta empezó a estar pegada a mi hermano todo el día, con la sola excepción de las horas de comidas y de clases. Yo dormía abrazada a mi muñeca, él a su trompeta. En aquella zona de Katsuraga, antes tan silenciosa, comenzó a oírse su música todas las noches. Lxs pasajerxs del Kodama, un tren shingansôn (shinkansen) que pasaba por allí, escucharían la trompeta de mi hermano, mezclada con el silbato de la locomotora. Mis padres, que apenas tenían para darnos de comer, no podían prestar mucha atención a mi hermano y el mayor, viendo cómo seguía sus pasos con lo de la música, lo miraba con lástima. Solo yo quería que tuviera éxito.
Por entones, yo estaba en la escuela primaria. Tumbada en el suelo de tierra, miraba las estrellas y, cuando pasaba una fugaz, antes pedía como deseo una muñeca nueva. Ahora, en cambio, pedía al cielo que mi segundo hermano triunfara con la trompeta. Y los domingos, cuando él practicaba junto a la cascada, yo le hacía de atril.
A los dos meses, mi hermano entró como primer trompetista en la banda, puesto que, por supuesto, llevó con mucha alegría. Celosos, Shinda y otros estudiantes japoneses le doblaban un pistón o un muelle a la trompeta, le hacían agujeros en el conducto, le quitaban un corcho, todo destinado a sabotear el instrumento, pero el puesto de primer trompetista era solo suyo, nadie le hacía sombra. Tenía un talento sin igual, y eso no se podía suplir con nada.
En julio de 1961, cuando mi hermano llevaba cuatro meses con la trompeta, se celebró una competición de bandas y solistas. En todas las casas había una gran actividad, preparaban comida y snacks especiales, etc, excepto en la nuestra, donde la mañana transcurrió como otra cualquiera sin enteraros siquiera del evento. Mi hermano, siempre tan callado que la gente del barrio creía que era mudo, salió de casa sin decir palabra, como cualquier otro día. Fueron lxs chicxs del vecindario lxs que me dijeron, al caer la tarde, que mi hermano había quedado primero como solista de trompeta, que le habían dado un premio. Solo entonces recordé que aquella mañana lo había visto meter discretamente en su macuto el uniforme de la banda.
Llena de alegría y entusiasmo, eché a correr a casa como una flecha. Por el camino, recordé la estrella fugaz: ¡me había concedido el deseo!
Entré en casa con la respiración entrecortada. Mi hermano estaba en su habitación.
- Oppa, ¡Has ganado! - le dije, aún jadeando. Él, que normalmente no sonreía mucho, ahora tenía cara de contento.
- Sí- dijo.
Llena de entusiasmo, me puse a saltar por la habitación. Él, sonriente, empezó a sacar cosas de su macuto. De allí salieron el diploma del premio, una armónica, una cajita de la que salía música, y varias muñecas.
- Ya puedes tirar la muñeca vieja- me dijo.
Yo me pellizqué en una pierna para comprobar que no estaba soñando. La muñeca vieja me la había hecho mi padre con trapos cuando cumplí seis años, ya no tenía nariz, ojos ni boca, y estaba tan ajada que la falda no se sabía de qué color era antes. Por eso yo siempre pedía una nueva cuando veía una estrella fugaz.
Pero no tiré la muñeca vieja. La nueva era tan bonita que no quería usarla, la dejé en un estante del armario para contemplarla y seguí jugando con la vieja.
Aquella noche, con el premio de mi hermano, volvió a florecer la alegría después de mucho tiempo. Mi padre, siempre cabizbajo y taciturno, alzó la cabeza y, orgulloso, dijo:
- Así que eres el mejor tocando la trompeta de toda esta tierra de Japón. ¡Estarás satisfecho de haber ganado a todos los chicos japoneses!
Le siguió la voz de mi madre, quebrada por la emoción:
- Hijo, ¿por qué no nos dijiste esta mañana que ibas al concurso? Aunque sea habría frito unos huevos...¿Has vuelto a comer solo? Tienes que comer bien, hijo, para tener fuerza en la barriga y poder soplar bien... ¡Madre mía, y aún así has ganado!
Solo nuestro hermano el mayor guardaba silencio, se limitaba a abrir y cerrar repetidamente la caja de música. La melodía contenida en aquella cajita era La joven y su rezo. Cada vez que se subía la tapa, sonaba la música como si en ella estuviera el fervoroso deseo de la joven. Al cerrarla y abrirla de nuevo, volvía a sonar aquella tonada melancólica. Al recordarlo ahora, pienso que lo que debía de sentir mi hermano mayor era lástima por el segundo, que iba siguiendo sus pasos.
A la mañana siguiente, alguien llamó ruidosamente a la puerta de casa. Nadie esperaba ver allí al director de la sede de la Chongryon (Asociación de Coreanxs en Japón) en nuestra zona. Además de ser corpulento, tenía grandes los ojos, la nariz y la boca. Agitando un periódico en la mano, exclamó en voz potente y riendo: "Miren lo que ha logrado su hijo". Mostrando a mis padres, que estaban perplejos, aquel ejemplar del Kyoto Shinbun, donde aparecía una foto de mi hermano, comenzó a leer en voz potente:
- Joven trompetista, portento musical. En el certamen nacional de música de viento, celebrado en la ciudad el pasado 7 de julio, Poku Seigen (Pak Songwon), alumno de primero de secundaria en el instituto Rakunan, quedó primero en la modalidad de solistas. La refinada interpretación de este joven de trece años, que solo lleva cuatro meses tocando la trompeta, fue elogiada por el jurado, que, maravillado, se refirió a él como "un orgullo para Kioto", "una joven promesa"...
Hasta aquí leyó el director de la sede y le pidió a mi madre un cuenco de agua, que se tomó de un trago antes de proseguir:
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