Rosen de Seúl, Luis de La Mancha (6)

 그 시절에 대한 로젠의 글을 읽어볼 수록 그 당시의 한국 생활이 너무 그립고, 로젠이 마드리드로 오셔서 언어와 문화 교환을 다시 해 볼 기회가 있었다면, 그 마음이 됩니다. 

Cuanto más avanzo en la lectura de los textos de Rosen, más añoro aquellos tiempos en Corea y me gustaría poder continuar algún día nuestro intercambio lingüístico y cultural aquí en Madrid. 












Visita al pueblo etnográfico 

"¿Profe, el 5 de abril se plantan árboles?"

A veces, los mensajes de texto y correos de Luis tenían errores que resultaban poéticos. Me resultaba súper curioso que usara determinados términos y sufijos que cualquiera que no fuese poeta no usaba nunca.  El 5 de abril es el día de plantar árboles, festivo que viene muy bien a cualquiera que trabaje de lunes a viernes. Y aquel año fue especial, porque ese día fui con Luis al pueblo etnográfico de Yong In. Vi que el afán por acercarse al patrimonio cultural, lugares de interés histórico y museos etnográficos no era solo cosa de lxs coreanxs. Él no sabía cuándo ir y elegimos aquel festivo para ir juntxs.

Ya había visto en el museo la avidez de Luis por el aprendizaje y, pensando que yo sola no podía responder su caudal de preguntas, invité a una conocida. En realidad, visitar sitios en Corea con un amigo extranjero no es porque necesite explicación de las cosas, para eso están los paneles informativos. Es porque quieren saber cosas inesperadas. Hace poco, hubo un buen ejemplo de ello en la TV. La actriz Scarlett Johansson participó en el programa coreano You Quiz y lo que más despertó su curiosidad fue la mesa plegable. Nosotrxs sabemos que se usa para reunirse con gente por la calle, en todo caso nos llama la atención la primera vez. Para lxs extranjerxs, esos objetos, triviales y cotidianos para nosotrxs resultan interesantes y curiosos. Hace poco, los carteles informativos de la zona de Myong Dong (en Seúl) están en muchas fotos de los turistas de otros países porque aparecieron en la película Las guerreras K-pop. Nuestra acompañante, mi amiga Hyonju, respondía con todo detalle las preguntas de Luis, no hacía falta que respondiera yo, por eso pude centrarme en hacer fotos. En el bus de camino a la aldea etnográfica, Luis me dio las gracias por acompañarle. 


Mi expectativa se quedó corta. Las preguntas de Luis fueron como un bombardeo, cada vez que nos movíamos de un punto a otro llovían las preguntas. Menos mal que mi amiga podía con todas, le hablaba despacio y le daba explicaciones detalladas que yo complementaba ocasionalmente. Así, pude asomarme a la vida de nuestros ancestros con tranquilidad, como quien disfruta de un paseo un día de primavera. Me resultó muy fructífero e interesante al recorrerlo despacio para ajustarnos a la velocidad de Luis.  Sentía como si fuese mi primera visita a la aldea etnográfica. 







 





A la entrada había una torre de piedras,  donde escribimos deseos. Después, asistimos a un un  ritual chamánico, vimos la habilidad de las mujeres con una tejedora antigua, disfrutamos del iod (엿, dulce elaborado con fibras, de sabor semejante al del turrón de Jijona), preparado también por unos artesanos, etc. Sentí como si aquellas escenas entrañables removieran mis genes, como si circularan por mi interior, como si aquel día comenzaran a circular por mis venas mis auténticos genes. Fue algo que no había sentido en los palacios ni en las tumbas de reyes. 




















    En aquel lugar, que recrea una aldea de hace 600 años, me sentí muy en paz. Concretamente, en el jumak (taberna tradicional) me sentí tan a gusto que pensé que quizás podría vivir en la era de Choson, como que me vendría al dedillo el trabajo de tabernera. 
    Tomamos sopa de arroz, padjon (panqueque salado de marisco, de kimchi, etc) y dongdong-dju (licor tradicional de arroz), que me hizo sentir que podría responder a cualquier pregunta. Me gusta más el dongdong-dju que el makkoli (otro vino e arroz dulce), me resulta gracioso ver los granos de arroz flotando en una pequeña tinaja. Pero me vi ante una pregunta inesperada: la diferencia entre el makkoli y el dongdong-dju. Al mismo tiempo, acudió a mi mente el señor japonés al que había conocido diez años antes, en Japón. 

Fue mi primer viaje fuera de Corea. Me alojé en Tokio, pero, junto con mis acompañantes, visité también Nagoya. Allí, un señor de unos cincuenta años nos hizo la guía del Centro Cultural Meiji, donde había piezas de distintas épocas en la historia de Japón y reproducciones de las viviendas de algunos personajes famosos, como los shogun. Allí conocí la sala donde escribía Natsume Soseki (1868-1916), autor representante del periodo Meiji (1868-1912). El guía sonreía mucho y parecía disfrutar de su trabajo, pero el momento en que pareció más contento fue cuando probamos un sake típico del periodo Edo, cuyo proceso de elaboración estaba también recreado. Nos dijo que habitualmente no bebía, pero aquel licor quería probarlo y se tomó tres o cuatro vasos de chupito con nosotrxs.  Estaba muy bueno. Recuerdo su rostro sonrojado y aquella expresión, como la de un niño que va por primera vez a un parque de atracciones. Y ahora, disfrutando de un dongdong-dju con Luis y mi otra acompañante, por fin entendí a aquel señor, lo que sentía al compartir su cultura. 


Cuando se visita otro país y se descubre su legado cultural, lo que se conocía solo teóricamente se ve plasmado en la realidad. Cuando visitas vestigios culturales en tu país junto con alguien de fuera, se redescubre  la propia lengua y cultura, se comprende más precisamente quién soy. Es como que las cosas más familiares pueden llegar a resultar extrañas. Y pensé que el intercambio lingüístico sería mejor visitando lugares donde apreciar la cultura coreana. Le aconsejé que hiciera intercambio cultural y no solo lingüístico. 































Tras un año en Corea, Luis regresó a su país y en un correo me dijo que el dongdong-dju era lo que más extrañaba. Espero que se refiriese al que compartimos allí. 

Tabla: diferencias entre el dongdong-dju y el makkoli. 

Comments