narrativa norcoreana- 🫂 Encuentro 상봉

Donde canta el cuco, selección de cuentos norcoreanos II (뻐국새가 노래하는 곳), editorial Salimto, Seúl, 1994, es una de las pocas colecciones de narrativa norcoreana publicada en el Sur, y que en este blog estamos traduciendo al castellano. 
Hoy traemos el relato Encuentro. 


Nam Dehyon nació en 1947 en Andong, actual Corea del Sur. A los 17 años, pasa al Norte. Se gradúa por la Universidad Kim Il Sung en 1971. Debuta como escritor en 1973 y en 1980 publica Amanecer en Gwangju, sobre el Movimiento de Democratización en dicha ciudad del Sur. Sus obras más conocidas son Oda a la Juventud (청춘송가), publicada en el Sur por la editorial Asia en 2018, y Poema de Amor a la Reunificación (통일연가), en torno a la vida de los prisioneros no conversos de largo encierro. 



Encuentro 
상봉 



    


   
책 사진: https://blog.naver.com/gounikorea/223135583982 



    Dejando tras de sí el bullicioso centro de la ciudad, el automóvil tomó la amplia autopista que discurría siguiendo el cauce del Dedong-gang. Hundido en un asiento trasero del coche, Che Ho repetía para sus adentros: "Song Yong Te...".
    Era un nombre que no asociaba a ningún recuerdo propio, nunca se había cruzado con ningún Song Yong Te y, sin embargo, no dejaba de revolotear en su cabeza sin que nada pudiera borrarlo.
    Acudía a su mente cuando se encendía un cigarrillo, durante los viajes que hacía para documentar sus reportajes, o cuando lo apremiaba la fecha de entrega de algún texto, y  era un nombre que le suscitaba distintos pensamientos. 
    Che Ho oyó había oído aquel nombre poco tiempo atrás; estaba en la lista de tripulantes de un barco surcoreano de nombre Océano que naufragó a causa de un tifón y fue rescatado por la guardia costera.
    "Song Yong Te, Song Yong Te...", repetía para sí. 

    Siempre que trataba con surcoreanxs, acudían a su mente episodios, recuerdos de aquel pasado de su infancia, treinta años atrás, cuando vivía en el Sur, pero le ocurría mucho más con pero con este nombre en particular. 
    Recordaba los tiempos de la escuela primaria, cuando tiraba la mochila con los libros a un lado del sembrado y quemaban espigas de trigo para comerlas, manchándose los labios. Rememoraba la época de la secundaria, que pasó en Seúl, viviendo en casa de unos parientes. Recordaba cuando regresó a su pueblo natal y hasta el viaje a Japón, donde vivía su padre, en un barco de contrabando. Lo recordaba todo de sus quince años y podía repasar mentalmente todas las personas que había conocido, pero el nombre Song Yong Te escapaba a sus recuerdos.

    Sin embargo, era como un extraño y curioso objeto envuelto en niebla que le causaba mareo y, al mismo tiempo, permanecía aferrado a su cerebro sin desprenderse nunca. Aquello le causaba pesar, le resultaba insufrible no poder visualizar aquella emoción. Y por eso ahora se dirigía al puerto de Nampo, de donde partirían, de regreso al Sur, los marineros de aquel barco de nombre Océano.
    A veces, se decía que probablemente se tratase de una ilusión, vana y sin sentido, fruto de una expectativa demasiado grande. 

    Siempre que visitaban Pyongyang artistas surcoreanxs a realizar sus funciones, Che Ho acudía para escribir informes y siempre pasaba primero por la sala de fumadores, no porque se le antojara un cigarrillo, sino para aplacar los nervios que le entraban por la ilusión del momento. Cuando trataba con gentes del Sur, el corazón se le aceleraba sin darse cuenta. Por mucho que intentaba estar calmado y compuesto, no conseguía que su corazón se serenase. 

    Siempre estaba ansioso por ver a gente del Sur. 
Ante cualquier noticia relacionada con el Sur, como alguien que había visitado el Norte o un universitario que se había inmolado en una protesta, repasaba los nombres y, mentalmente, buscaba nexos con lxs conocidxs que le quedarían en su pueblo, preguntándose si no se trataría de sus hermanxs pequeñxs o sus hijxs. Ante aquellos pensamientos, necesitaba fumar para poder llevar a cabo las tareas de documentación y para disfrutar de las actuaciones. 

    Che Ho se inclinó hacia el cenicero y, cuando vio a la persona que, con formas educadas, le ofrecía fuego, quedó instantáneamente paralizado. Sus ojos se abrieron como platos y quedó sin respiración. Aquel surcoreano le pareció Yun Songu, vecino en Seúl en aquella época de su  juventud. 
    
No le cabía duda: aquel rostro plano y redondeado, los ojos simpáticos que parecían estar siempre riendo, hasta tenía aquel tic de pestañear repentinamente cuando te miraba. Exceptuando las arrugas en la comisura de sus ojos, propias de la edad, conservaba 
los rasgos de la infancia de un modo extraordinario. 

    Sin darse cuenta, las manos de Che Ho tomaron las de aquel hombre. 

-    ¿Songu, de Donam-dong?

    La perplejidad que mostró su interlocutor no evitó que Che Ho, subiendo más la voz, agregara: 

-    ¿No me conoces? ¡Soy Che Ho! ¡El del taller de bicis de Kiyong, en la rotonda de Miari!- hasta imitó con gestos la acción de inflar una rueda.- ¡Vaya coincidencia! Oye, y ¿cuándo empezaste a estudiar música...? 

    El hombre, que miraba en todas direcciones como quien se ve arrinconado, agitó las dos manos. 

-    No, debe tratarse de un error. Yo soy oriundo de Chungju, ¿sabe? Estudié la secundaria con especialidad en agricultura y música en la universidad. Me llamo Ri Te Shik. 

    ¿Ri Te Shik? ¿Chungju? Che Ho quedó desconcertado. No tenía duda de que aquel hombre era Songu, ¿cómo le podía decir que estaba equivocado? Pensó que Songu estaría ocultando su identidad por algún motivo y que, para ello, hasta habría cambiado su modo de hablar. 

    Como si hubiera previsto que 
aquello podía ocurrir, Che Ho mostró a aquel hombre una amplia sonrisa, gesto que solo suscitó en su interlocutor una expresión de mayor desconcierto. Como temiendo que, de seguir allí en compañía de Che Ho, pudieran tener un percance, aquel hombre dijo algo incomprensible y salió a toda prisa de la sala de fumadores, mirando atrás constantemente mientras se alejaba. 
    
    Hasta aquel instante, Che Ho no comprendió que, como decía aquel hombre, estaba en un error, que sus recuerdos de niñez, sus afanes por conocer gente de su pueblo natal, eran tan fervientes que le hacían caer en fantasías, llevándole a cometer errores desagradables, como el de aquel día. Quizá por haber rebasado los cuarenta años, los recuerdos de la infancia y de aquellos tiempos llegaban a dificultarle el sueño muchas noches. Estaba claro que el ser humano, cuanto mayor se hacía, más propenso era a empaparse con los recuerdos. 

    Con la cabeza apoyada en el respaldo, Che Ho conservaba una sonrisa en el rostro y contemplaba el hermoso paisaje que se extendía más allá de la ventana del vehículo. Aún hacía calor y el otoño se iba desplegando de forma discreta pero inapelable. Aún quedaba bastante para que los chopos se vistieran de amarillo, pero, poco a poco, comenzaba a caer alguna hoja. 

  - Camarada jefe- lo interpeló de improviso Insu, que iba al volante-, ¿pasaremos por Waudo ahora a la  vuelta? 
    -  ...
    -   Es que este verano no he podido bañarme en la playa. He ido a la piscina en Pyongyang, pero no es lo mismo. ¿Qué le parece si nos damos un baño y después buscamos conchas en la arena...?

    Insu tenía la costumbre de responder a sus propias preguntas antes de que su interlocutor pudiera hacerlo. Parecía que no eran preguntas dirigidas a otra persona, sino a él mismo. Che Ho conocía este hábito suyo mejor que nadie y muchas veces, cuando le preguntaba algo, guardaba silencio. Aquella vez no fue una excepción. 
    
    -    Entonces, decidido- prosiguió Insu-. Vayamos a las dos de la tarde. Antes de esa hora tiene usted que terminar la recogida de datos para el informe.  

    Dicho esto, se apresuró a accionar con un sonido metálico el botón de la radio, bajo el velocímetro. Su proceder parecía indicar que habían tomado una decisión en firme, sin más que hablar y que una decisión tan magnífica había que acompañarla con buena música. Como si hubiera estado esperando aquel momento, el reproductor comenzó a llenar el habitáculo con la animada voz de una cantante que interpretaba el tema Felicidades. 

    Todo el mundo en la redacción tenía mucho cariño a Insu, el miembro más joven del equipo, que en su día entró como reportero gráfico y cuyo trabajo principal era la toma de fotografías, pero que también se daba mucha maña escribiendo y, al estar también en posesión del permiso de conducción nivel 2, llevaba el coche cuando salían a documentar los reportajes.
    No se sabe de dónde sacaba tanta energía; a veces, había resuelto en un día viajes de ida y vuelta tan lejos como Wonsan y Hamhung, terminado la edición del texto y las fotos durante la misma noche, dejando el informe en la mesa del jefe de sección antes de que este llegara a la redacción por la mañana. En la pista de tenis, corría como un tigre. Parecía que, si desperdiciaba en algo un ápice de aquella energía que rebosaba, no podría aguantarlo y caería enfermo. 
    
    Si había en Insu un rasgo físico distintivo eran las espinillas que salpicaban su rostro, y a través de las cuales parecía escapar la vitalidad que llenaba su cuerpo. No solo sus mejillas, sino también la quijada y hasta su frente estaban teñidas de bermellón; a primera vista, su rostro asemejaba un campo de fresas en todo su esplendor. Cualquiera se preguntaría cómo haría para afeitarse. Para él, aquello era un símbolo de su juventud y vitalidad y le parecía una lástima que las chicas no se fijaran en ello. Pobrecitas. 

    Che Ho le tenía un cariño especial a Insu, no solo por su extrema inocencia y la sencillez de su carácter, sino también por la historia especial que habían compartido en su primer encuentro. 
    Siempre que tenía trabajo de campo, en particular cuando iban a ver a algúnx surcoreanx, sabía que con él iría aquel joven recién llegado, desgarbado y con la cara llena de espinillas, y lo consideraba normal. Pensó que aquel artículo llevaría fotos, que aquel joven iría con él para hacer prácticas. Pero no solo no aparecían en el periódico las fotos en cuestión, sino que aquel joven ni siquiera le dispensaba un saludo, como sería apropiado en su condición, limitándose a seguirlo sin más. No sabía la razón y llegó a pensar que quizás hubiera algún otro propósito en que lo acompañara. Desde un principio, la situación le causó disgusto.

   -    ¿Qué es esto? ¿Por qué me sigues como si fueras mi sombra?- le interrogó cuando no pudo aguantar más. 
    -    Lo siento. Yo... en realidad, para ser honesto...
    Con las palabras se disculpaba, pero sonreía y se rascaba el puente de la nariz. Tenía el hábito de hacer eso cuando se sentía avergonzado. 

    -    Si le soy sincero... es verdad que lo sigo a todas partes, camarada jefe. Pero no se preocupe, es algo que no tiene nada que ver con usted, solo lo hago por mí. Es, digamos, el deber de un reportero gráfico. 
    Para Che Ho, que , aquello de "el deber" de un periodista sonaba tremendamente absurdo viniendo de un joven que acaba de incorporarse a la redacción. 
    -    Ajá, y ¿cómo es eso del deber?
    -    Si le soy sincero, eso...
   -  Por favor, corta ya eso de "Si le soy sincero", camarada. Si lo que dices no es mentira, resulta innecesario. 
    -    Cierto. Pues lo corto. En realidad, mi propósito es sacar una foto, concretamente una foto artística. Es mi esperanza y mi deseo. Puede que esto se salga un poco del tema, pero mi aspiración es sacar una foto que quede para la Historia. Por eso voy siempre siguiéndolo a usted. 
    -   ¿Una foto que quede para la Historia? ¿Quieres hacer de mí un objeto de fotografía para un reportaje, un personaje histórico?
    -    ¿Es que hay otro personaje histórico por aquí? Para mí, usted es esa persona. Usted vivió hasta el año 60 en el Sur y, tras pasar por Japón, regresó a nuestra Patria, ha experimentado usted los dos lados de nuestro país dividido. Eso es suficiente para considerarlo un personaje histórico (...). 

    Che Ho sabía que no serviría de nada responder. Mostrando gran confianza en sus juicios, Insu prosiguió: 
    -    En realidad, camarada jefe, yo sé que usted, siempre que se documenta con gente venida del Sur, tiene la esperanza de encontrar entre ellxs a algún pariente o camarada. Yo le sigo para no perder ese instante. Piénselo, imagínese que se encuentra usted con unx de ellxs. Será un momento demasiado emotivo para perderlo. Tener ante usted a alguien que solo había visto en sueños, gritar a pleno pulmón un nombre que siempre quiso pronunciar, fundirse en un abrazo, las miradas llenas de anhelo, los movimientos de las manos, lxs dos mirándose una y otra vez, preguntándose si no están soñando, los ojos llenos de lágrimas...¿Cree que una foto como esa alguien la podría mirar con indiferencia? Sería una escena de alegría incomparable, imposible de explicar ni con mil palabras, ni con diez mil...Yo quiero capturar ese momento como sea. ¡Puede estar seguro! El título sería Encuentro. ¿Qué le parece? Si le soy sincero, esto para mí es... Ay, disculpe, se me ha vuelto a escapar. En realidad, esto es un secreto, no se lo he contado a nadie, solo lo estoy compartiendo con usted. 

-   ¡¿?! 

    Che Ho no pudo evitar quedarse mirando a Insu con una mirada nueva. Le sorprendió que el joven abrazara aquella ambición, aunque, más que sorpresa, lo que sintió fue felicidad y agradecimiento. Quiso estrechar a Insu en un fuerte abrazo. Se sintió tremendamente avergonzado de haber tratado al joven de una forma tan distante antes de conocer su motivación. En realidad, esa escena que Insu aspiraba a atrapar era la que él llevaba años anhelando. No sería exagerado decir que su vida giraba en torno a la espera de ese instante. Cada vez que se imaginaba ese encuentro, ese sueño, su cuerpo se ponía a temblar de la emoción. Y descubrir que alguien comparte tus más fervientes deseos es una emoción indescriptible. 

    Desde entonces, Che Ho consideró a Insu un amigo, un hermano pequeño, lo invitaba a menudo a su casa, donde siempre le preparaba platos distintos y especiales. Y le contaba con detalle cada episodio de su vida en el Sur, lo que ayudaba al joven a hacerse una idea más precisa de aquel que era el objeto de aquella foto tan especial que sacaría algún día. Aquello hacía crecer su interés y a Che Ho le servía para dar salida a recuerdos que nunca antes había compartido con nadie, cosa que le producía una satisfacción fuera de lo habitual. 

    De todas las historias, la que más interesaba a Insu era la de Yong Ok, probablemente debido a que Che Ho, al hablar de aquella niña, ponía un especial énfasis. Yong Ok había crecido junto a Che Ho en la casa contigua y era para él la persona más cercana e inolvidable de sus recuerdos. 

-    Así que, resumiendo, aquella Yong Ok fue su primer amor, camarada jefe. Lo entiendo...- comentaba Insu, asintiendo y dando a entender que él también sabía ya lo que era el amor. Aunque Insu aún era un jovencito y no le habría dado tiempo a experimentar demasiado lo que era el sentimiento hacia el sexo opuesto, Che Ho no quería negar que en aquellos recuerdos estaba, en efecto, su primer amor. Para él, Yong Ok era un recuerdo especial, la llevaba grabada en lo más profundo de su corazón. 

 -    Insu- le dijo un día-, ahora que sé lo que quieres, trataré de ser un buen protagonista de tu obra, confía en ello. Has de tener en cuenta que ese Encuentro que quieres inmortalizar no es seguro que se dé. Sabiendo esto, me parece bien que me sigas allá donde vaya. 

    Esta vez, Che Ho, con todo convencimiento, le pidió que lo siguiera, pero, lamentablemente, la promesa no sería tan fácil de cumplir. La expectativa siempre era alta y, por tanto, también la decepción. Y no fue una vez ni dos; la situación seguía igual con el paso de los años. Con el tiempo, hasta se alejó la esperanza para Insu, y eso Che Ho lo tenía que notar necesariamente.

    Al principio, siempre que se enteraban de la visita de surcoreanxs, Insu comenzaba por conseguir y mostrarle la lista de nombres y, cuando su lugar de procedencia era cercano al de Che Ho, le preguntaba si no recordaba a la persona.
    Con el tiempo, dejaron de hacerlo así. En lo íntimo, les invadieron pensamientos de lástima, pero Che Ho tampoco podía reprocharle a Insu que hubiera perdido el interés. 

-    ¡No ha podido ser, Insu! - dijo Che Ho, cambiando de postura en el coche y sacando un cigarro del bolsillo-. Por mi culpa se está retrasando tu obra fotográfica maestra, camarada. Yo he perdido la ilusión, tendrás que seguir solo con tus fuerzas. 
-    No se preocupe demasiado- replicó Insu, mirando atrás con una discreta sonrisa tras cambiar la marcha del coche con la destreza que le daba la práctica-. Tengo un plan.
-     ¿Un plan? 
-   Para ser sinceros, durante todo este tiempo que le he estado acompañando no hemos logrado nada. Por eso he cambiado el objeto de mi obra, ya no es usted sino lxs surcoreanxs. Por así decirlo, las gentes que pasaron al Sur tras la Liberación (1) o durante la guerra (2). Si buscamos a gente que nació aquí, la probabilidad de conseguir ese encuentro será mucho más alta que si esperamos a conocidxs o amigxs suyxs. 

    Así que Insu iba a reemplazar a Che Ho como objetivo de su gran obra fotográfica... La idea le causó un súbito enojo, lo llenó de reproche hacia Insu. Aunque ya hacía tiempo que venía notando aquel cambio, oírlo directamente le supuso una tristeza como si una mujer lo hubiera abandonado después de jurarle su amor. Aunque los argumentos de Insu eran ciertos, le habría gustado que se los guardara para sí. Aquel Insu, que soltaba las ideas según le venían a la mente, le resultó odioso. 

    -    Pero lo más importante- agregó Insu, como dándose cuenta de su error al ver por el retrovisor la expresión de Che Ho - es usted, camarada jefe. Siempre lo tendré presente, no lo olvide. 
    Pero su explicación, incluso para él mismo, no podía sonar sino a excusa. Probablemente se dio cuenta de ello y volvió a llevarse la mano al puente de la nariz, hábito inocente que, sin embargo, causó irritación en Che Ho, que se quedó mirando un moflete del joven con todos sus colores. "Su cara son todo espinillas", se dijo, "no le será fácil rascarse en otro sitio."   
 
    Tras inhalar profundo el humo del cigarrillo, Che Ho se apoyó nuevamente en el respaldo y entornó los ojos.
    "Si buscamos gente que se fue al Sur", pensó, "la verdad es que habrá muchxs. De cara a conseguir un encuentro, puede que sea mucho más rápido. Ya hemos visto a más de dos... En Anmang-shil, mi barrio en Andong, tenía un amigo que había pasado al Sur con su madre... Creo que me dijo que habían venido a buscar a su padre, que pasó al Sur antes de la guerra... La madre hacía cestos para la venta ambulante, iba de pueblo en pueblo, siempre preguntando por su marido, y mi amigo siempre estaba cortando madera o cocinando. Era un crío un poco agresivo. Cómo se llamaba... ¡Ah, sí!" 
    ¡Dong Te! Así lo llamaban, no porque fuese su nombre sino porque tenía uno de los globos oculares un poco abultado (dong te: especie de pez similar al abadejo) y se le ponía rojo. Al principio no se juntaba con los demás niños, estaba siempre metido en casa y era objeto de burla, pero con el tiempo cambió radicalmente. Era muy duro y controlaba a su antojo a los chicos del barrio. Hasta les obligaba a saltar la valla y coger los caquis maduros de un jardín de frutales custodiado por un pastor alemán, amenazándoles si se negaban. 

    El que menos soportaba a aquel Dong Te era Che Ho. Los chicos que antes seguían a Che Ho, faltaban a clase y se iban enseguida al asalto de algún melonar o a coger cangrejos al río, ahora ya no lo escuchaban, solo estaban pendientes del tal Dong Te. En favor de este último, Che Ho había perdido la posición de "jefe" de los callejones. 

    En esto, ocurrió algo que agotó la paciencia de Che Ho. Un día, regresaba de jugar al takchigui (3) cuando Yong Ok, que hasta hacía unos instantes movía suavemente su coleta jugando a la comba, ahora se encontraba llorando en mitad del patio. 

    Che Ho siempre había sido el protector de Yong Ok, y no solo porque fuesen vecinxs y se sentaran juntx en clase. Aquella niña era adorable e inocente, pero, sobre todo, tenía un carácter bondadoso y lloraba a menudo. En Che Ho se daba una especie de sentido de la obligación de cuidar de ella no solo en el vecindario sino también en la escuela. Acostumbrada a aquella protección, Yong Ok acudía a él siempre que encontraba algo fuera de lo habitual, y para Che Ho aquello era lo normal. Como aquello de las golosinas: 

    -    ¿Cómo se llama esto?
    -    Drops. 
    -    ¿Drobs? Nunca los había visto. ¿Se pueden comer?

       Che Ho mordió uno de aquellos caramelos y, masticándolo con las muelas, se llenó la boca de aquel sabor aromático y dulce que hasta entonces desconocía, para después meterse todos los demás que tenía en la palma de la mano y hasta lamerse esta para disfrutar del polvo de azúcar que quedaba. 

    -    Si alguien te pega me lo dices, ¿eh? Yo soy muy fuerte- para Che Ho, esta era su forma de dar las gracias. Yong Ok respondía asintiendo con aquel cuello que parecía el rabito de una manzana.

    Y aquella niña estaba llorando. 
Che Ho miró alrededor y enseguida vio a Dong Te, apoyado en un montón de paja, enrollándose en la mano una cuerda de goma que sin duda le acababa de quitar a Yong Ok. Che Ho corrió hacia él y lo agarró por la solapa. 

    -    ¡Imbécil, devuélvele eso!

    Dong Te se levantó de un respingo y, sacudiéndose de encima los brazos de Che Ho, acercó su cara a la nariz de Che Ho y le gritó: 
    -    ¡No me da la gana, desgraciado! 

    Permanecieron con las narices pegadas, como dos gallos dispuestos a pelear. Esta vez, Dong Te habló primero:

    -    ¿Eh, esta cuerda es tuya?
    -    No es mía. Es de Yong Ok, o sea que como si fuera mía. 
    -    ¿Y eso por qué? ¿Eh? 

    Che Ho se puso muy bravo con Dong Te.
    -    ¿Qué es Yong Ok, tu hermana?¿Tu mujer?
    -    ¿Cómo que mi mujer? 

    Sin darse cuenta, Che Ho lanzó una mirada de soslayo a Yong Ok. Esta, con las manos juntas, los miraba con los ojos muy abiertos. Por algún motivo, verla le infundió fuerzas a Che Ho. 
    -    ¡Pues sí, es mi mujer, ¿qué pasa?!

    Con un ojo aún más saltón de lo habitual, Dong Te se puso a dar vueltas al patio corriendo y gritando: "¡Es su mujer, es su mujer!". Che Ho, viéndolo correr y soltar babas, echó a correr hacia él y trató de echarlo al suelo. Se enzarzaron en una pelea. Che Ho salió con una cicatriz en la frente y Dong Te sangrando por la nariz. 

    Al cabo de unos días, Che Ho, junto con sus camaradas, se estaba bañando bajo el puente. Cuando salió del río después de zambullirse a gusto, fue presa del desconcierto. No había rastro de su ropa, que había dejado en la rama de un árbol. La de los otros niños estaba en su sitio, solo faltaba la suya. Enseguida pensó que habría sido cosa de Dong Te, pero así, desnudo, no podía hacer nada. Entonces vio que, junto a otros chicos, Dong Te, que se había puesto la parte baja de su indumentaria, lo vigilaba desde la barandilla del puente. Parecían cuchichear entre ellos hasta que Dong Te, poniéndose las manos en la boca como si fuera una trompeta, comenzó a canturrear: 
    -    ¡Che Ho tiene los ... como un caballo!

    Los demás críos pusieron también las manos en forma de trompeta y siguieron el canturreo: 
    -    ¡Che Ho tiene los ... de caballo! ¡Cuando sopla el viento se le mueven! 

       Tras amenazarles sujetando un puño con la otra mano, Che Ho echó a correr al campo de cebada contiguo. Las espigas, similares a las vainas espinadas de las castañas, le pinchaban en las nalgas y en los muslos, y acabó tendido boca abajo entre dos surcos. A pesar de la situación, le entró la risa. Allí tumbado y jadeante, él mismo se dio cuenta de que parecía una rana de los arrozales. Fue una suerte que Dong Te no lo estuviera viendo de aquella guisa. 

    No tenía más remedio que esperar a que anocheciera. Aunque, adónde podría ir en la oscuridad, así, desnudo...
    Los ojos se le humedecieron. Allí estaba, jurando y perjurando que Dong Te no saldría impune de aquella, cuando oyó unas pisadas sobre la grava. Alguien se acercaba a él. Pensó que sería un amigo al que llamaban Cabezón y que le traería la ropa. 

    Se levantó de un salto, pero se volvió a tumbar enseguida. ¡Era Yong Ok! 
    Desde entonces, corrieron por todo el barrio y por la escuela los rumores, que si Che Ho y Yong Ok, que si el campo de cebada, que si esto y aquello...

    -    ¿Has oído lo que dicen?- le preguntó un día Yong Ok, con los ojos humedecidos. 
    -    ¿Qué dicen? 
    -    Que tú y yo...
    No pudiendo terminar la frase, se dio la vuelta, jadeando. 
    -    Dime, ¿qué pasa con nosotrxs? 
    -    No sé, dicen que en el campo de cebada...dormimos juntxs...
    -    ¿Que dormimos juntxs...?
   -   Qué más da- replicó Che Ho, riendo-, si de por sí eres mi mujer, no importa que durmamos juntxs...
    -    ¡¿Que-é?!- mordiéndose el labio, Yong Ok comenzó a pellizcarle los brazos y la espalda, algo imposible de imaginar en ella, que siempre era todo bondad e inocencia. 
    -    ¡¿Oye, qué haces?!
    -    ¡Dímelo, ¿soy tu mujer?! 
    -    ¡Me haces daño, ya vale!
    -    ¡¿Soy tu mujer o no?!
    -    ¡No, no!

    Los rumores solo eran rumores, pero, para Che Ho, haber sufrido aquella humillación ante Yong Ok era algo que no podía pasar por alto; tenía que vengarse. Lo estuvo pensando y, cuando pasaba ante la casa de Dong Te, que estaba a la entrada del pueblo, gritaba: 
    -    ¡Yo también puedo hacer coros, desgraciado! 

    Comenzó con un cántico que se aprendieron los chicos del pueblo como un mantra y que decía "¡mono de culo rojo!" y, en lugar de "manzana roja", le cambiaron la letra por "Dong Te el rojo", "Dong Te el del Norte" o "rojo cornudo"... Aquellos insultos se basaban en la propaganda de las autoridades surcoreanas, según las cuales todxs lxs norcoreanxs tenían la piel roja y hasta cuernos, y se las decía porque sabía que era lo que Dong Te menos soportaba. Cuando le cantaban esas cosas, echaba a correr furioso y esgrimiendo un madero, el atizador de la hoguera o lo que tuviera al alcance. Che Ho se lo gritaba aún más fuerte. 

    Pero, un día, no hubo respuesta a sus gritos. Curiosos, Che Ho y otros chicos se acercaron sigilosamente a la puerta de Dong Te. En silencio, tenían el oído puesto en la puerta cuando les sorprendió oír a Dong Te sollozando y a su madre consolándole: 
    -    No pasa nada, hijo. Como si nos lo dicen cien veces. Si encuentro a tu padre, no me importa tener cien cuernos. O mil. Ay, pero ¿dónde estará...?- la madre de Dong Te comenzó también a sollozar-. ¿Estará vivo...? El Cielo se ha olvidado de nosotrxs...

    Desde aquel día, Che Ho no volvió a cantarle aquello del mono; mejor dicho, no pudo cantárselo. Aun sin comprender del todo su significado, se había dado cuenta de que no era algo que se pudiera decir así, como si nada. Y más claro aún lo tuvo al año siguiente, cuando Dong Te y su madre se trasladaron a otro lugar para continuar la búsqueda de su padre. Pensaba que se habían tenido que ir a causa de sus acciones y no podía quitarse la sensación de culpa. Quizás por eso lo recordaba con tanta claridad treinta años después. 
 
    Se preguntó si ya habrían encontrado al padre. De seguir vivo, Dong Te ya tendría más de cuarenta años...
    Aquello le hizo tomar conciencia de lo efímero que era el tiempo...

    Por fin llegaron al embarcadero, donde se había congregado un nutrido grupo de gente con ramos de flores para despedir a los pescadores del Sur. En el muelle, el barco Océano, sumamente humilde en comparación con su nombre grandilocuente, echaba bocanadas de humo blanco y los pescadores iban subiendo uno a uno según decían su nombre. Los había de todas las edades y todos llevaban en la mano unos pañuelos con los que se secaban los ojos. Al verlos, Che Ho sintió humedecerse los suyos, no solo por el sentimiento relacionado con aquella tripulación sino también porque el Océano, inconscientemente, le recordaba aquel barco de contrabando en el que cruzó a Japón tantos años atrás. Todas las despedidas son tristes y dolorosas. 
    -    ¡Compatriota Song Yong Te!- llamó el encargado del embarque, un hombre anciano con unas lentes en el puente de la nariz, justo cuando Che Ho se acercaba al muelle. 

    Con ojos inquietos, Che Ho miró a los pescadores que aún no habían embarcado, ninguno de los cuales respondió a aquel nombre.
    Solo quedaban unos cuantos pescadores en el muelle y todos estaban mirando a alguien que,  abrazado a un anciano, sollozaba. Che Ho supuso que se trataba del tal Song Yong Te. Su conjetura la confirmó el encargado del embarque, que estaba a su lado: 
    -    Es Song Yong Te. Se acaba de reunir con su padre después de cuarenta años. Ese anciano que está frente a él es su padre. 

    Che Ho recordó entonces las palabras de Insu, cuando le dijo que se centraría en las personas que habían pasado al Sur. Miró alrededor. Insu tenía la cámara lista y se movía en torno a aquellos dos hombres que se abrazaban. No quería perder la oportunidad de conseguir su gran obra fotográfica. 
   -    Señor, ¿dónde vive Song Yong Te?- 
preguntó Che Ho al encargado del embarque. Como periodista, era su deber documentar aquel encuentro y no reparó en que el encargado del embarque lo miraba con ojos de sospecha. 
    -    El barco es de Jeju- le indicó el encargado del embarque-, vivirán todos allí. 
        Che Ho quedó inevitablemente desconcertado. Nunca había estado en Jeju y era imposible conocer a nadie de allí. 

    Los pescadores que estaban a un lado de Song Yong Te se acercaron, le dijeron algo, tomaron sus manos y hombros, y solo entonces se separó ligeramente del anciano. Sus hombros temblaban. Con la cara entre las manos, sollozaba. Tras secarse las lágrimas, y en silencio, se arrodilló allí mismo. Con las dos manos en el suelo, comenzó a inclinar la cabeza lentamente. Su frente tocó la tierra, pero no tenía intención de levantarse. Allí continuó, inclinado, y todo su cuerpo temblaba.
    Che Ho sintió un nudo en la garganta cuando pensó que se trataba del último saludo de aquel hombre a su padre, a quien no sabía cuándo volvería a ver o, mejor dicho, a quien ya no volvería a ver. Todxs lxs presentes, al contemplar la escena, se taparon la cara con las manos y se dieron la vuelta. 
    Cuando por fin se levantó, Yong Te echó a andar con paso ligero, como si quisiera soltarse de alguien que lo tuviera sujeto, como si quisiera alejarse rápidamente de su padre. Cuando llegó al muelle, tomó la mano del encargado del embarque y alzó la vista.

    Che Ho se sobresaltó como si una corriente eléctrica hubiera recorrido su cuerpo. Miró una vez más por si no lo había visto bien; no había duda. Aquel hombre estaba empapado en lágrimas, pero Che Ho distinguió que uno de sus ojos estaba abultado. Petrificado, pensó que los pensamientos sobre aquel Dong Te, que hacía un rato lo tenían inmerso, hubieran tomado forma ante él como una alucinación. 

    Pero no lo era. El cuerpo achaparrado de aquel hombre, sus hombros sueltos, la piel tostada por la brisa marina, el cabello largo, su constitución robusta... No podía ser otra persona más que Dong Te. Si quitaba de él su foco visual, no podía ver al Dong Te de su infancia, pero no podía apartar sus ojos de él un instante.
   Por otra parte, era imposible que se tratara de Dong Te, pues este, siendo niño, se fue al Sur en busca de su padre. 
    Pero Che Ho no podía discernir en aquel momento. 
    La razón decía que era imposible, pero su corazón estaba empecinado en rechazar todo argumento y le susurraba que podía ser Dong Te, que lo era. Carente de toda certeza, Che Ho se sentía acuciado por la idea de que, si perdía aquella oportunidad, nunca más se presentaría. Cuando aquel hombre estaba pisando la escalerilla que conectaba el muelle con el barco, le gritó: 
    -    ¡Dong Te! 

    Transcurridos unos instantes, el pescador giró lentamente la cabeza hacia Che Ho y, con una expresión indiferente, como con la mirada perdida, respondió: 

    -    ¿Me buscaba? 

    La actitud de aquel hombre, tan serena y compuesta, no pudo sino causar en Che Ho una instantánea desilusión. Comprendió que no se trataba de Dong Te. Tuvo la certeza de que acababa de repetir aquel desagradable error del Teatro Nacional, cuando confundió a un artista surcoreano con un amigo de la infancia. 
    -    Ruego me disculpe. Ha sido un error. Me preguntaba si no sería usted un camarada que fue vecino mío en Anmang-shil hace treinta años. 
    -    ¿Cómo dice usted?- respondió el pescador, frunciendo el ceño y entornando los ojos. Se acercó un paso a Che Ho y, mirándolo con toda atención, añadió:- ¿Anmang-shil? ¿Vivió usted allí? 
    Aquel hombre tenía la cabeza inclinada hacia delante, como en señal de desconcierto. E igualmente sorprendido se encontraba Che Ho. Su corazón se aceleró. 
    -    Sí, viví allí. Soy Che Ho, Ryu Che Ho. 
    -    ¿Che Ho? 
    Yong Te tenía una expresión totalmente distinta a la de antes, totalmente perplejo, pero su tono estaba lleno de dudas. 
    -    El Che Ho que vivió en Anmang-shil se fue a Japón... En busca de su padre...
    -    Yo soy ese Che Ho, soy yo. 
    -    ¡¡!!

    Sobresaltado como si se hubiera pinchado con algo, Yong Te dio un paso atrás. Ahora, veía a Che Ho como si lo quisiera perforar con la mirada. 
    -    Ah... entonces...
    -    ¿A que eres Dong Te, el que vivía con su madre en Anmang-shil...?
    -    Correcto, me llamo Yong Te, pero me llamaban Seng Dong Te. 
    
    Che Ho no pudo reprimir un instantáneo grito de alegría. Aquel nombre, envuelto en la neblina de sus recuerdos, acababa de tomar ante él una forma precisa y concreta. 
    -    ¡Yong Te!
    -    ¡Che Ho!
    Los dos se fundieron en un abrazo. Yong Te, sin dar crédito, miraba una y otra vez a Che Ho con una mano en su hombro, y lo mismo hacía este. Tanto había deseado que fuese Yong Te, y lo acababa de confirmar... 
    Entonces, Che Ho pudo encontrar en Yong Te las huellas de la infancia, muy leves por el paso de los años pero inequívocos. Parece que, al ver un rostro nuevamente, y después de tantos años, al principio los cambios producidos por el tiempo no nos permiten reconocerlo fácilmente pero, poco a poco, va volviendo a la forma que recordábamos, reviviendo en nuestro recuerdo los rasgos únicos de la persona. 

    -    ¿Cuánto llevábamos sin vernos, eh? Desde que te fuiste a Japón... ¿Cuánto tiempo llevas aquí? 
    -    Veinte años ya. Fui a Japón en busca de mi padre, pero por entonces mi padre ya habría regresado a Corea. Por eso...
    -    ¿Ah, sí? ¡Pues mi historia es parecida! Yo pasé mucho tiempo con mi madre buscando a mi padre. Después de Anmang-shil, recorrimos todo Chung Chong-do, todo Chol-la-do (4)... pero mi padre estaba aquí. Cuando nosotrxs fuimos al Sur a buscarlo, él ya estaba aquí en el Norte buscándonos a nosotrxs. 

    Entonces, acudió a la mente de Che Ho la imagen de la pobre madre de Yong Te, que recorría los pueblos como vendedora ambulante mientras iba preguntando por su marido... 
    -    ¿Entonces, tu madre aún...?
    
   -     Sí, aún sigue buscando a mi padre. Por mucho que yo intento que lo deje, ella dice que no puede irse al otro mundo sin encontrarlo. Por eso el año pasado llegamos hasta Jeju (5), la última tierra de Corea. Yo he estado muy preocupado por mi madre, qué pasaría si no lo encontrara allí tampoco, ella que lleva buscándolo desde que nos trasladamos al Sur... Fíjate, a sus más de sesenta años sigue recorriendo las callejuelas con el carrito del pescado y una pancarta que dice "Busco a Song Sujin, de Ryongang, en Pyongan-do (6). "Cuando sepa que mi padre tampoco está allí en Jeju...
    Che Ho, yo ya he visto a mi padre, pero me da miedo contárselo a mi madre. Cómo se lo puedo contar... A ella, que siempre le preocupó que mi padre hubiera muerto... Y ahora decirle que está vivo... No me imaginaba que fuese a darme tanto miedo. 

    La voz de Yong Te temblaba y en sus ojos se formaban enormes lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Incapaz de verlo así, Che Ho se apresuró a cambiar de tema: 
    -    ¿Y lxs amigxs de Anmang-shil, están bien? 

   Esto lo dijo Che Ho por sacar un tema cualquiera y, nada más decirlo, se dio cuenta de que era absurdo. Si Yong Te y su madre habían recorrido todo el Sur en busca de su padre, era imposible que hubieran regresado a Anmang-shil. 
    -    Pasé por Anmang-shil una vez que tenía cosas que hacer en Degu- le explicó Yong Te con una voz nasal mientras se secaba las lágrimas con el pañuelo-. Estuve con Son Hwan. ¿Te acuerdas de él?, el chico al que llamábamos Cabezón. Se dedicó a trabajar la tierra, ya está viejo. Tiene la espalda doblada y se le ha caído el pelo. De lxs demás no supe nada, dicen que se marcharon todos de allí, que se fueron a Seúl, a Busan...

    De pronto, algo acudió a la memoria de Yong Te. Tomando a Che Ho por un brazo, lo miró fijamente. 
    -    ¿Te acuerdas de Yong Ok? Cuando éramos niñxs... La que decíamos que era tu mujer....

    Nada más oír aquel nombre, el corazón de Che Ho se aceleró nuevamente y quedó conmocionado. Tanto había extrañado a Yong Ok durante aquellos años, y ahora recibir noticias suyas... pero, por algún motivo, sintió preocupación e incredulidad más que alegría. Al oírle hablar de Yong Ok con tanta naturalidad, Yong Te se le antojó un ser misterioso. 

    -    La vi en Inchon. Mi barco de entonces era de una empresa de allí. O sea que hace como cinco años. 
     Inchon...Hasta aquel momento, Che Ho no había pensado que Yong Ok pudiera vivir en otro lado, fuera de Anmang-shil. Era lo normal al ingresar en la universidad o casarse, pero a ella, por algún motivo, siempre la había imaginado en Anmang-shil, en aquella casa con el tejado de paja donde, en otoño, brotaban aquellas  flores blancas de calabaza que asemejaban velas. 

    -    En cuanto nos vimos- prosiguió Yong Te-, me habló de ti. Te recordaba más que a nadie. 
    -    ¿Y qué hacía en Inchon? Ya tendrá hijos, dos o tres- Che Ho puso una cara de alegría. Pero Yong Te bajó la mirada...
    -    Hasta aquel momento, seguía sola. Seguramente siga sola. 
    -    ¿Sola? ¿Por qué?

    Yong Te miraba a Che Ho con una cara que revelaba la duda de si tenía que hablar de Yong Ok o no. Tras dar un suspiro, asintió y dijo: 
    -    Debía de estar en tercero, a los diecinueve años, cuando su padre murió de repente y se vio cuidando ella sola de su madre, ya anciana, y de sus tres hermanxs pequeñxs. No tuvo más remedio que dejar los estudios y ponerse a trabajar. Estuvo de copista de planos, de lavandera, hasta en una fábrica de briquetas de carbón, pero ninguno de esos trabajos era estable. Ella no había podido ni terminar la secundaria, pero a su único hermano quería mandarlo a la universidad a como diera lugar. Pero no tenía cómo cubrir las tasas todos los meses. No sabía qué hacer y fue así como se puso a...
    Che Ho sintió la boca seca y un nudo en la garganta.
    -    Decidió sacrificarse por su hermano, por su familia, sin que lo supieran. No había otro remedio. Por mucho esfuerzo que puso, no había trabajo ni nadie que lxs ayudara. Por eso terminó...
    Yo no pude decir nada. Cuando me contó y la vi en aquellas circunstancias tan horribles, se me cayó el alma a los pies. Lo que más me chocó fue que, mientras me lo contaba, no lloraba, sino que sonreía. Era una sonrisa triste, probablemente puesta en su rostro por su ocupación. La recordé de niña, cuando lloraba tanto...

    Che Ho sintió que todo el aire retenido le llenaba la garganta de golpe. Sin darse cuenta, se llevó la mano al corazón. Fue como si todo lo que tenía ante sus ojos se pusiera a girar a su alrededor. No podía creer que Yong Ok, tan tierna, con aquellos ojos que miraban fijamente, aquella que en su infancia agitaba la cabeza en señal de acuerdo antes de echar a correr con todas sus fuerzas, hubiera acabado así. Sin darse cuenta, le brotó un gemido. 

    Entonces sonó la bocina del Océano, urgiendo a su tripulación a zarpar. Hasta aquel momento, Che Ho no había reparado en que tanto los pescadores que ya estaban en el barco como el encargado del embarque y las gentes congregadas en el muelle para la despedida los estaban mirando fijamente. 
    -    ¿Nos tenemos que separar otra vez? ¿Por qué tenemos que vivir así, Che Ho? Yo estaba en el Norte y he vivido en el Sur; tú estabas en el Sur y has vivido en el Norte, y no podemos viajar. ¿Qué delito hemos cometido...? 

    Más que un lamento, la voz de Yong Te era más como un aullido. Che Ho quería gritar que no era ningún delito suyo, que era culpa del poder externo que había cortado el país en dos, de los separatistas que adulaban a ese poder externo... pero tenía el corazón desgarrado y no pudo articular palabra. 
    Llevado por un repentino pensamiento, Yong Te levantó la cabeza enseguida. Con los ojos muy abiertos, observó a Che Ho y, con un tono lleno de convencimiento, radicalmente distinto del que tenía momentos antes, dijo: 
    -    Pero yo tengo esperanza. Ya no podemos vivir separadxs. Todo el pueblo en el Sur desea la Reunificación. ¡Y la voluntad del pueblo es la voluntad del Cielo! Sé que no está lejos nuestro reencuentro, el día en que nos reunamos para no separarnos jamás. ¿No crees, Che Ho? Ese día tenemos que...
    Mientras se fundían en un abrazo, lágrimas calientes discurrían por las mejillas de Yong Te y también Che Ho, que hasta aquel momento las había reprimido, rompió a llorar. Quiso gritar y gemir, retorcerse. 
    -    ¡Sí, nos vemos pronto, amigo! 

    Che Ho no salió de su estado de embeleso hasta que aquel barco, el Océano, dejando atrás todos los barcos de vapor que había en el puerto, desapareció de su campo visual. Todo le había parecido un sueño, una terrible pesadilla. Pero no lo era. Era muy extraño para ser una pesadilla, demasiado despiadada y cruel. 
    Estuvo hablando con el padre de Yong Te, contándole cosas de la infancia de su hijo, de su esposa, que siempre estaba viajando para buscarlo, le pidió que a partir de entonces lo considerara también a él un hijo, prometieron verse a menudo. Tras despedirse del anciano, subieron al coche. Todo le seguía pareciendo imposible de creer. Era demasiado absurdo y vacío para ser verdad. 
    Aquella realidad le parecía despiadada, demasiado cruel para ser un sueño, demasiado absurda para ser verdad, pero era la realidad del Norte y el Sur, y eso le rompía el alma. Y más aún aquel clamor de Yong Te, "¡¿Por qué tenemos que vivir así?!", aquel quejido desolador. 
    ¿Por qué tenían que vivir así? ¿Por qué historias como la de aquel anciano, cuya esposa recorrió todo el Sur buscándolo sin saber que estaba en el Norte, cuyo hijo tenía miedo de contarle a su madre que su padre estaba vivo? ¿Por qué, sabiendo que aquella Yong Ok, tan inocente, había acabado como mujer de la noche y erraba por las calles con la súplica en el rostro, no se podía hacer nada por ella? 
    ¿Acaso era aquello lo que deseaba? Aquel encuentro tan anhelado, ¿tenía que ser tan devastador? Aquel instante, que parecía un sueño y le aceleraba el corazón, ¿tenía que resultar tan amargo? 
      Che Ho recobró la consciencia en el coche. Ensimismado, no se había enterado de que habían dejado atrás aquella ciudad con puerto y circulaban en paralelo al Dedong-gang. El río lucía hermoso con los rizos levantados por la brisa de septiembre, y a través de los cuales, bruscamente, se abría paso un barco que transportaba arena. 
     Al volante, Insu permanecía en silencio, probablemente porque, tras la conmoción experimentada en el puerto, se encontraba confuso y no sabía qué tema sacar. A pesar de ello, y pensando que sentiría algo especial al haber tenido la oportunidad de hacer aquella foto tan anhelada, Che Ho, como de pasada, le preguntó: 
    -    Bueno, Insu, ¿has cumplido tu deseo, lo del Encuentro? 

    Insu tardó en responder. Con un suspiro, dijo: 
    
    -    La verdad es que estoy tan desconcertado... La oportunidad se ha presentado no una vez, sino dos. Con el primer momento, me temblaban las manos. Después me calmé, pero las lágrimas no me permitieron ajustar el foco. No he podido captar los momentos que tanto deseaba. 
    -    ¿No has podido...?- aquello sorprendió a Che Ho. 
   -    Más que no poder, no ha sido el momento. Las fotos que quería tenía que hacerlas cuando se produjera la escena esperada. He captado muchas escenas, pero todas son de tonos oscuros, camarada jefe-.Con el fin de enfatizar estas palabras, Insu hizo una pausa y agregó: - Hoy he sabido lo que es para nosotrxs el encuentro, lo he experimentado directamente. En pocas palabras, no es emoción y felicidad, como deseaba; es, por el contrario, tristeza y dolor. El encuentro se ha producido, pero, más grande que la alegría, es la tristeza de una dolorosa despedida. El encuentro que tanto esperábamos ha sido se ha vuelto una nueva desdicha. Así que no ha sido el encuentro que yo deseaba, lo tengo claro. 

    Si no había sido eso, ¿qué había sido? Tristeza en vez de alegría, desdicha en vez de lo que deseábamos. O sea, un encuentro que aún no se podía producir... 
    Pero Che Ho, por algún motivo, no quería verlo solo así. Mejor dicho, no podía. El encuentro había sido desolador, pero, dentro de esa desolación, se podía sentir necesariamente algo nuevo. Aunque sería difícil definirlo, había algo fuerte y desesperado que no era dolor ni tristeza y trascendía a ambas. 
    De pronto, y junto a la madre de Yong Te, itinerante en busca de su marido, y a la desoladora realidad de Yong Ok, rescató en su memoria la imagen de Yong Te al abrazarlo, al proferir sus gritos de rabia. Sintió todo su cuerpo sacudido y temblando. Era una conmoción extraordinaria, la de 
haber visto con sus propios ojos y abrazar con el corazón, con todo el cuerpo, lo que hasta entonces habían sido solo sensaciones. 
    -    Insu...-  lo llamó, en voz baja y temblorosa-. Para mí también ha sido un encuentro doloroso. Pero, dentro de ese dolor, tengo una certeza sobre el mañana, una convicción clara: cuando más duelen las heridas es al extirpar la parte afectada, y el nacimiento de nueva vida también es el momento más doloroso. Este encuentro me ha servido para ver claramente que estamos en esa situación. Cuando los tres mil ríos y montañas (7) sean un solo país, la potencia extranjera se retire y se derrumbe el muro que nos separa, será el día de la Reunificación, tan deseada y que ya está ante nuestros ojos. 
    ¡Ya lo veo, veo a las gentes transitando libremente entre el Norte y el Sur, veo al pueblo acompañando a nuestro Gran Líder (8) en la plaza de la Reunificación, gritando a pleno pulmón ¡Viva!, a setenta millones de personas con una emoción desbordada!

    Mientras aclamaba, en los ojos de Che Ho el júbilo y el entusiasmo de ese día formaban una ola gigante. 



Traducción: Luis Frailes Álvaro, 2024



1) Independencia de Corea (15 de agosto de 1945)
2) Guerra de Corea (1950-1953)
3) Juego consistente en lanzar una ficha para voltear las del contrincante
4) Provincias surcoreanas
5) Isla situada al sur de la Península de Corea y provincia surcoreana
6) Provincia norcoreana 
7) Forma lírica de referirse al medio natural de Corea
8) El Presidente Kim Il Sung (1912-1994)

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