Amistad (벗), de Baek Nam-ryong, capítulo 1.3 (1)

                                                                 Capítulo 1. 3




    El juez Chong Jinu se sentó frente a frente con el tornero Ri Sok Chun, que acudió a su casa. De mediana estatura, su rostro parecía denotar un carácter sencillo. En su expresión, sin embargo, había vigor y resolución. Sus ojos transmitían una impresión suave y afable. Gruesas y de marcados nudillos, aquellas manos, que trataban diariamente con el hierro, temblaban ligeramente al acariciar a su hijo, profundamente dormido bajo la manta. Dio un suspiro que retumbó en toda la habitación.

– Camarada juez… Si nos divorciamos, ¿qué va a pasar con el niño? La ley le dará la custodia a su madre, ¿no?
–  La ley no dice nada al respecto. La custodia se asigna a quien mejor lo vaya a cuidar y le vaya a dar un mejor futuro.
– Entonces, deje que venga conmigo. Se lo ruego. Yo lo criaré bien.
– ¿Que asigne al niño a un padre que no sabe llevar la casa con diligencia?
– Bueno… Sí, es cierto. No tengo nada que decir. Pero le garantizo que lo cuidaré bien.
– Compañero Sok Chun, serénese. No estamos en el juzgado. Hablaremos cuando esté más calmado. Cuénteme por qué no encajan sus ritmos de vida…Procure comenzar por aquel pasado en que amaba a su esposa. 


    Como sintiendo que la expresión ritmo de vida procedía de la boca de su mujer, Ri Sok Chun esbozó una sonrisa amarga. Tras tomar y encender con embarazo el cigarrillo que le ofrecía Chong Jinu, quedó mirando fijamente a su hijo dormido. Al acudir a él, los recuerdos ensombrecieron su cándida y amable mirada. 


– Cuando la conocí- comenzó a narrar Ri Sok Chun- me habían destinado temporalmente a la fábrica de productos metálicos de uso cotidiano que está cerca de Chosan. De esto hace diez años. Éramos tres, servidor y dos montadores. Nos habían encargado la instalación de unos tornos y fresadoras hechos en la Fábrica Mecánica de Kangan y, si era posible, la preparación de los técnicos locales para usarlas…

  … Al parecer, a últimos de aquel mes mantuvieron una reunión en el centro cívico de la fábrica, en la que sacaron las cuentas del semestre y se felicitó a lxs innovadorxs. A Sok Chun, como invitado procedente de la Fábrica Mecánica de Kangan, y a los dos montadores que lo acompañaban los llamaron a subir al estrado. Los modestos empleados de la fábrica de productos metálicos de uso cotidiano querían agradecerles a ellos en primer lugar, antes que a lxs innovadorxs, pues Sok Chun y los montadores habían puesto todo el empeño en ayudarles.
   

Sok Chun se ruborizó como esos pasteles de sorgo que llevan judías rojas y quedó perplejo ante el ferviente aplauso de la concurrencia. En su interior se mezclaba la alegría con una repentina intranquilidad, propia de quien no sabe de premios y honores por hacer un trabajo que para él era lo más común y corriente. Su corazón oscilaba y sintió como si hubiese echado a volar, dejando su nido. Sus pies no parecían estar posados en las tablas de aquel escenario, al que se aproximaban tres muchachas con ramos de flores. 

   La que iba en primer lugar era una chica delgada, esbelta, frente ancha y despejada. Se llamaba Che Sun Hi y trabajaba con una prensa de fricción. Envolvía su cuerpo, como la niebla, un vestido de muselina compuesto por falda y chogori que resaltaba la hermosura de su rostro y su cuerpo, dándole una belleza espectacular. El ramo que llevaba en las manos parecía recién florecido en su henchido torso.
  Al reconocer a Sun Hi, el corazón de Sok Chun, que se encontraba flotando en el aire, quedó instantáneamente aferrado a la tierra. Se sintió nervioso, su pecho al galope como si hubiera cometido un delito o algo por el estilo.
  – Maldición- masculló–, por qué tiene que traer el ramo precisamente ella…  

    Sok Chun puso todo su empeño en no mirar a Sun Hi.
Aunque Sok Chun no había simpatizado mucho con Sun Hi, no transcurrió más de un mes sin que ella, poco a poco, se instalara en un lugar profundo de su corazón. 


La primera vez que la vio fue tras bajar de aquel bus de larga distancia, cuando se cruzó con ella por casualidad y encontró la fábrica gracias a sus indicaciones. El pueblo no era grande ni sus caminos intrincados; bastaba con una simple explicación para llegar a su destino. Sin embargo, aquella joven fue tan amable con él que parecía ser la representante de la fábrica y estar encargada de darle la bienvenida. Tanto así, que el director le pidió a Sun Hi, que no era ni asistente de contabilidad, que ayudara a Sok Chun a instalarse en los dormitorios de la fábrica. Aquella noche, Sok Chun en absoluto se sintió en un lugar extraño y se sintió como en casa, durmiendo de un tirón. Al despertar, cuando los rayos del Sol entraron por la ventana, pensó en la chica que había conocido el día anterior. No sabía por qué acudió a su memoria. Quizás fuera porque era la primera persona que había conocido en aquel lugar, o tal vez su voz clara, su mirada amable o aquella sonrisa tan atenta, su cortés extroversión o el garbo de sus maneras y acciones hubieran dejado una marca imborrable en el joven corazón de Ri. Puede, también, que quedara fascinado por sus modos agradables y sencillos como un campo florido, por su apariencia, más hermosa cuanto más la miraba… Se levantó y abrió la ventana, donde lo abrazaron los cálidos rayos de Sol y el aire fresco. De algún lugar no muy lejano, y como música ligera, llegaba el murmullo de un arroyo de montaña. Sin motivo aparente, se encontraba feliz y entusiasmado. Junto a la pureza del medio natural, lo henchían la esperanza y la fe en la vida. Aquellas emociones,  aquella pasión que rebosaba su pecho, tan novedosas para Sok Chun, parecían inequívocamente vinculadas a la joven que había conocido. 


  Tras su primer encuentro, había vuelto a ver a Sun Hi al día siguiente, en la fábrica, preparando su trabajo junto a la prensa de fricción. La joven, ataviada con un mono marrón oscuro impoluto, le dirigió un saludo afable: “¿Ha descansado bien?”. Era la misma sonrisa, la misma voz y expresión del día anterior. Sin motivo, Sok Chun se quedó merodeando en torno a la prensa de fricción y ayudó a Sun Hi, subiendo los materiales al banco de trabajo, y le preguntó por el rendimiento de la máquina. Esta secuencia la repitió Sok Chun un día tras otro. Lxs demás trabajadorxs, debido a ello, se llevaron la impresión de que era un joven insulso y también llegaron a comentar que todo aquello lo hacía porque la chica le interesaba. En la menor rendija que le dejaba su propio trabajo, consistente en montar e instalar los aparatos traídos de su fábrica, Sok Chun desviaba siempre su atención y su mirada hacia la prensa de fricción. En medio del ruido de varias decenas de máquinas, distinguía el de la prensa, girada por las manos de Sun Hi. Escuchando la periódica vibración de aquella máquina, la imaginaba a ella concentrada en su trabajo, su mente llegaba a recrear los goterones de sudor que caerían de su frente.

  El mes transcurrió como un golpe de viento y Sok Chun era presa de la inquietud. No dejaba de dar vueltas a la manera en que debería confesar sus sentimientos a Sun Hi. Hasta que, un buen día, se le ocurrió escribirle una nota. Recostado en su habitación de la residencia del complejo industrial, pudo a duras penas esbozar una carta. Escribió, borró, rompió, volvió a escribir. Dado a aquella tarea hasta altas horas de la noche, tuvo varias páginas escritas, pero de allí no salía una carta que le satisficiera de principio a fin. Retocó frases incoherentes y lo escrito siempre le parecía un reflejo de sus íntimas aspiraciones para con Sun Hi, no reflejaban su amor hacia ella. Le estaba quedando, más bien, una carta similar a la que podría escribir un personaje de novela. No pensaba escribirle una carta de amor; eso le parecía una forma muy sentimental y poco masculina de tratar la situación. Cuando vio que, por el contrario, aquello que llevaba toda la noche escribiendo no era nada distinto a una carta de amor, se enojó y decidió desistir. Al día siguiente, le formuló al ocupante de la habitación contigua, a la sazón técnico de reparaciones del equipo de Sun Hi, una petición que le llenaba de pesadumbre y embarazo: que, en su nombre, convocara a la joven junto al álamo de la ribera, que tenía algo que decirle…

  Fue una noche nublada. El brillo de la Luna estaba ausente por completo y las estrellas, que en un principio asomaran entre los nubarrones, acabaron también por desaparecer sin dejar rastro. Las nubes estaban bajas y la oscuridad, por momentos, se volvía más espesa. La atmósfera asfixiaba con un calor húmedo y no corría una brizna de viento.
  Sok Chun llevaba una hora con la espalda apoyada en el álamo y Sun Hi no aparecía. En los apartamentos de estilo Pinar donde vivía la joven, no lejos de la orilla, brillaban las luces, cuyos reflejos tenues insinuaban los contornos del espigón del río, de las rocas y árboles ribereños. Por el lugar pasaron varias jóvenes, varios muchachos, ni rastro de Sun Hi. Comenzaron a caer goterones de lluvia, que golpeaban en las hojas de los árboles. Sok Chun comenzó a sentir una impaciencia que pronto derivó en una sensación de soledad. Se sucedían en su mente pensamientos complejos. Se preguntó si Sun Hi no podría acudir por ser noche cerrada; si, más bien, alguien como él sería incapaz de suscitar en ella el menor interés. Recreando en su mente a la Sun Hi con quien había hablado junto a la presa de fricción, a la del momento de cargar los materiales de la máquina, a la que siempre le había dispensado un trato tan cordial, sintió algo similar a la indignación.

  Arreciaba la lluvia. Sok Chun permanecía con el cuerpo pegado al álamo, cuyas hojas, empapadas, ya no resguardaban. Las gotas lo alcanzaron a pesar de estar oculto bajo el árbol, lo empaparon y parecían tener la intención de humillarle. Parecía que, como aquella chica no se había fijado lo más mínimo en él, y él estaba allí, solo, afligido, pasando la noche inquieto como un necio, la lluvia quisiera enfriar y lavar su corazón para hacerle recuperar la cordura.
  Transcurría el tiempo. En los apartamentos tipo Pinar, las luces se iban apagando poco a poco. La hierba no tenía culpa de nada, pero Sok Chun había arrancado una brizna y la estaba haciendo pedazos en sus manos. De pronto, arrojó al aire los trozos y se alejó de junto a aquel álamo. La lluvia lo golpeaba sin piedad. La vegetación ribereña envolvía sus talones, le empapaba los zapatos, el bajo del pantalón. Trastabillando como si estuviera borracho, acabó pisando una trampa, tendida por algún crío bromista, y cayó al suelo. Sus pantalones, tan bien planchados en el momento de ponérselos, estaban ahora llenos de barro, como las palmas de sus manos. Arrancó otra brizna de hierba y se frotó las palmas de las manos, que le ardían como si se hubiera cortado con un junco.
  De pronto, oyó unas pisadas al final del camino, que se detuvieron enseguida. Levantó la cabeza. En el sendero ribereño había una mujer, de espaldas a la tenue luz que llegaba de los lejanos apartamentos, cubierta con un paraguas y con otro en la otra mano. Como arrastrado, Sok Chun se acercó a la mujer, que no pareció sobresaltarse ni se echó hacia atrás. En la negra sombra del paraguas, vio el rostro de Che Sun Hi. Los cabellos de la joven, algo desordenados por el viento y la lluvia, le daban, en combinación con su semblante serio y frío, una hermosura aún mayor.
-   ¿Llevabas mucho esperando?- su voz tembló ligeramente por el sentimiento de culpa. Sok Chun, a pesar de darse cuenta, le preguntó con aspereza:
-   No pensabas venir, ¿verdad?
  Sin decir palabra, Sun Hi le acercó el paraguas que traía para él. Sin hacer intención de tomarlo, Sok Chun permaneció estirado como una estaca. Súbitamente, pensó que la joven habría traído aquel paraguas por compasión hacia él, pero se destaparon en él, como un surtidor, sentimientos de amor propio y enojo que hasta el momento estaba enterrados bajo otros como la desesperanza, el arrepentimiento o la sensación de haber cometido un error. No quería ser objeto de compasión. Conteniendo a duras penas la rabia acumulada que quería aflorar en él,  se acercó a Sun Hi en silencio y dando un rodeo. 


-   Abra el paraguas… Se está empapando…
-   Ya estoy empapado. Úselo usted, camarada.

  Fue una respuesta maliciosa. Pensando que ella sola no podría usar los dos paraguas, esbozó una sonrisa amarga. Y pensó que, si Sun Hi no le habría traído el paraguas por compasión, sino llevada por una genuina buena intención, su actitud para con ella resultaría ofensiva. Sin embargo, continuó su paso pesado sin detenerse. No sentía tras él ningún ruido de pasos que lo siguieran; probablemente, Sun Hi estaba de pie sin más. No se volteó a verla. Quería hacerlo, pero, flagelándose por la debilidad de su corazón, había llegado ya a la residencia del complejo industrial. La copiosa lluvia, los estrechos senderos de aquella aldea de montaña, enterrados por la oscuridad, enlodados, la desolación de aquel paraje, donde no se oía más que la lluvia, suscitaban en él un triste sentimiento de vacío que le arrastraba como un torbellino. La mañana siguiente, cuando su bus llegó a aquel lugar, ya nada le interesaba, ni aquel sol tan radiante, ni aquel aire tan fresco ni aquel azul de los montes y del río, nada de lo que hasta el día anterior le había resultado tan agradable. Se arrepintió de veras de haber aceptado su traslado a aquel lugar, se hizo el propósito de regresar a su fábrica tan pronto como terminara el trabajo, al día siguiente. Tomó la decisión de forma apresurada. Haciendo balance de sus sentimientos, complejos e irreflexivos, continuó caminando…
 
  Ahora, aquella muchacha, a quien Sok Chun quería borrar de su corazón, subía al escenario con un ramo de flores. Evitando mirarla, se mantuvo calmado, con la mirada puesta en el público. Por dentro, sin embargo, no podía estar calmado y toda su atención estaba puesta en Sun Hi. Intranquilo, su corazón se había acelerado y se encontraba perplejo. Comprendió que no había olvidado a Sun Hi, que sus sentimientos necios e imprudentes hacia ella no se habían borrado y seguía recriminándose por ellos. Se preguntó qué cuál era el objeto específico de su recriminación, qué era lo que tenía que borrar. ¿Por qué en su corazón parecían batir las olas desde el instante en que vio a Sun Hi acercarse con el traje tradicional, que envolvía su cuerpo como la niebla? La línea sinuosa de todas sus decisiones conscientes no tenía el control sobre él. Por entonces, se había deshecho en aquel torbellino, como la espuma. En su interior, comenzó a agitarse en silencio un sentimiento cálido que parecía añoranza de Sun Hi. Sintió pesar por lo ocurrido la noche anterior y quiso disculparse con ella.

  Sun Hi se acercó directamente a Sok Chun, que ocupaba el tercer lugar.
-   Muchas gracias por su esfuerzo y dedicación- le dijo, mirándolo con su sonrisa afable de siempre, como si nada hubiese ocurrido. Con las dos manos, le acercó el ramo de flores. Esta vez no era un paraguas, eran flores. Embriagó a Sok Chun un aroma que parecía el olor corporal de Sun Hi. Ante la voz encantadora y la mirada cautivadora de la joven, Sok Chun se olvidó de sí.

  Finalizada la ceremonia, hubo una función a cargo del grupo artístico de la fábrica. Representaron piezas modestas y dinámicas. Cuando Sun Hi salió al escenario junto a un acordeonista, lxs trabajadorxs de la fábrica, que llenaban las butacas, le dedicaron un fervoroso aplauso, rebosante de la devoción que profesaban a aquella cantante. Con las manos trenzadas sobre el pecho, interpretó una canción llena de lirismo. En ella se manifestó un gran talento como mezzosoprano…

  Sok Chun comprendió bruscamente que Sun Hi no podría estar a su alcance, que una joven tan hermosa nunca podría querer a alguien como él, con una apariencia tan ordinaria como la suya. Golpeó sin piedad su pecho la idea de que se había estado atormentando por un amor imposible. Sintió como si todo su cuerpo se derrumbara en un instante.

  Con sus canciones, Sun Hi arrastraba al público a un mundo de apasionadas emociones, pero Sok Chun no les podía acompañar en ese viaje. Estaba cada vez más decaído, lo envolvían sentimientos sombríos. Se dijo que los fríos pensamientos y decisiones tomadas la noche anterior, mientras se abría paso entre la lluvia camino a la residencia, eran acertados, que tendría que ponerlos en práctica. Un pato nunca puede estar con un cisne, por mucho que lo desee y por mucho que naden en el mismo lago. Sin poder escuchar la canción hasta el final, se levantó de su sitio y, arqueando la cintura, salió de la zona de butacas.

  Brillaba la Luna. Sok Chun dejó atrás el descampado que quedaba ante el centro social y pasó por un parque infantil. En aquella zona había muchos árboles, cuyas sombras, contra la luz de la Luna, eran muy oscuras.
  Sok Chun se sentó en una silla de piedra. Le habría dado el sol todo el día, pues estaba tibia. Como quien ha perdido el entusiasmo y la pasión por la vida, permaneció allí sentado, exánime, ausente. La ira que guardaba en su interior se levantaba como un tornado. Se preguntó por qué había desarrollado aquel sentimiento por una mujer que estaba fuera de su alcance, cómo había acabado en aquellas tribulaciones y aquel tormento… Ya ni quería buscar una lógica, un razonamiento que le resultara liberadora, como la noche anterior. Cuanto más tomaba conciencia de que sus sentimientos, complejos y sin rumbo, eran de amor hacia ella, un amor imposible de realizar, más perdía las fuerzas. Ya le faltaba hasta la fuerza de voluntad, hasta la resolución para controlar sus emociones. Aún había una parte inconclusa de su trabajo en aquella fábrica y pensó encomendársela a otros dos montadores y partir al día siguiente. Pensó que, si marchaba de aquel lugar, todo habría acabado. Retomar la vida en su apreciada fábrica, entre sus compañerxs de trabajo habituales, podría olvidarse de la joven, del amor, de la decepción y las aflicciones que lo aquejaban… El trabajo en el torno, ya casi una parte de su cuerpo, el olor del metal, los ejes ardientes e inmediatamente pulidos… las bromas de sus compañerxs de equipo, la vida sana del trabajo, podrían animar su corazón, despertar en todo su cuerpo la vitalidad perdida, la ambición creativa. Quizás por eso extrañaba tanto su apreciada ciudad, la fábrica, su puesto de trabajo, las gentes.

  La puerta del centro social se abrió con un chasquido y la concurrencia comenzó a salir. Se propagaba por el espacio toda una mezcolanza sonora indistinguible en la que se perdían el sonido de las risas, el de las conversaciones en voz alta, el de las toses, el de lxs padres llamando preocupadxs a sus hijos… y toda variedad de sonidos propios de la multitud. Una amalgama acústica en la que parecía estar imbuida la satisfacción de lxs lugareñxs con aquella modesta representación de su grupo artístico. Tras cruzar el baldío y llegar al parque infantil, el gentío se dispersó en dirección a las viviendas. Por todo el lugar brillaba la luz de las linternas, de los cigarrillos. Un joven asustó a una chica y a continuación unas risas, que se dispersaron en la oscuridad como la niebla nocturna. El lugar, progresivamente, fue quedando en silencio.

  Del descampado llegaba un ruido de pisadas que se acercaban a la silla de piedra. Pensó que se trataría de algunx espectadorx que se habría dormidx y salido tarde. Se preguntó por qué iba en su dirección y no por el sendero, como todo el mundo. Los pasos se acercaron a él como dubitativos y cuidadosos hasta que se detuvieron muy cerca. Siguió un silencio… y finalmente se oyó la voz baja de una mujer que lo llamaba:
-   Camarada Sok Chun…
-   ?!     En el instante de oír la cálida voz de Sun Hi, Sok Chun, como espoleado por un chispazo, se puso a temblar y se levantó de la silla como un resorte. Sus ojos, que reflejaban la luz de la Luna, se encendieron como si tuvieran fuego. Plantado ante Sun Hi, recuperó de golpe la ilusión, abrazó de súbito el deseo de rescatar todas las cosas de la vida. En un segundo entablaron comunicación con el intenso lenguaje de la mirada, más expresivo que las palabras. Lo que estas no podían decir, lo transmitían los ojos. Sok Chun se había puesto en pie empujado por un ardiente impulso, pero no sabía cómo entender ni a Sun Hi ni a sí mismo. Solo olvidó todas las tribulaciones, decisiones y todo el dolor que había sentido hasta aquel momento y, sin saber por qué, quiso acoger nuevamente en su corazón a aquella joven, origen de todos ellos. -    ¿Qué hace aquí sentado? -    ... -    Lo vi salir a mitad de la actuación. -    ¡...!     Le sobresaltó el hecho de que Sun Hi, mientras cantaba, lo hubiera visto salir del teatro. Pero además lo había encontrado bajo la sombra de aquel árbol, en aquel apartado parque. Eso le hizo sentir el cálido interés que ella le profesaba. Sabía que no se trataba de mera compasión o consideración hacia él, pero tampoco pudo liberarse de la duda de cuáles serían sus sentimientos en lo profundo. Se preguntó si, más que amor o sinceridad, no sería bondad o curiosidad... -    ¿No quiere venir conmigo?- le preguntó Sun Hi en voz queda.     Sok Chun no respondió, pero se puso en marcha. En silencio, caminaron por el paseo del parque. Aquella noche, reinaba el silencio en el lugar y soplaba una brisa agradable. De las ramas de los árboles, suspendidas con ligereza, colgaban espaciados unos faroles que parecían caquis. -    ¿Cómo es que ha venido a mi encuentro?- preguntó Sok Chun, reprimiendo su entusiasmo y en un tono estudiadamente áspero. Quería ocultar las pronunciadas fluctuaciones de su ánimo, mostrarse lo más compuesto posible. No quería perder la gravedad de su amor propio ni de su personalidad.     Sun Hi lo escudriñaba como si quisiera leer sus sentimientos en su rostro. Bajo la luz de la Luna, los ojos de la joven tenían un brillo especial. -    Nada... Quería verlo, nada más. -    ...     Durante unos instantes, discurrió el silencio. Sobre ellxs, zumbaban los insectos en torno a los faroles. -    Perdone mi comportamiento de anoche, fui un poco impulsivo. -    Yo también. Pero no es necesario hablar de ello, ¿no? -    ¡! ...     A Sok Chun le agradaba mucho el carácter comprensivo de Sun Hi. Más que su femineidad, le atraía el sentimiento suave de sus canciones, llenas de amplitud**. -    Entre mañana y pasado termino de instalar las máquinas... y me marcho. -    ¿Por qué?- replicó Sun Hi, deteniendo sus pasos sorprendida. -    Es solo que... Aquí no me encuentro bien... Aparte, ¿qué voy a hacer aquí? -    Dicen que nos tiene que enseñar las funciones de las máquinas, ¿no? -    Sí, era lo planeado al principio. -    Entonces tendrá que ser así. La obligación de una fábrica grande es ayudar a las fábricas pequeñas de provincias. Aunque no le guste este sitio... -    ¡! ... -    Camarada Sok Chun, ¿no me va a enseñar a manejar el torno?     Con ojos que reflejaban una mayúscula sorpresa, Sok Chun la miró. -    Pero ¿no trabaja usted con la prensa de fricción, camarada Sun Hi? -    El manejo de la prensa... es monótono y repetitivo.     Sok Chun intentó no revelar la íntima alegría de tener una excusa para quedarse. -    Camarada Sun Hi, canta usted muy bien. -    Es un poco tarde para aplaudirme. Se marchó usted sin oír la actuación completa. -    Fue por la emoción de oírla cantar. -    Mentira...     Sok Chun, a quien la calidez y cercanía de Sun Hi abrazaban como la luz de la Luna, se detuvo y se giró hacia Sun Hi. Los hombros rollizos de esta chocaron contra el pecho de Sok Chun, cuyo cuerpo comenzó a tiritar como si tuviera frío. Sintió como si toda la sangre de su cuerpo detuviera lentamente su circulación.     Turbada, Sun Hi dio medio paso atrás. Sok Chun miró los carrillos de la joven, arrebolados; sus labios, de contornos precisos; sus pestañas, que se podrían contar y, tras de estas, unas pupilas que parecían reflejar temor. Bajo sus hombros, de hermosa curvatura, se notaba un fuerte latir de su corazón.     Al instante, y llevado por un impulso inconsciente, Sok Chun aferró su mano, que acariciaba la parte delantera de su vestido, una mano pequeña, firme y tibia que, con celo y reserva, se dejó atraer.     -    Camarada Sun Hi... De verdad me...     Con un susurro ansioso y acompañado de un caliente aliento, cubrió la cara** de la joven. Esta, dejando su mano en la de él, giró la cabeza hacia un lado.     -    Respóndame...    -   No haga esto...- musitó Sun Hi. Inquieta y soltando la mano de Sok Chun, empujó ligeramente su pecho. Sin moverse, firme como una roca, este sopesó bien la pregunta:     -    ¿Me quieres?     -    Ay, que nos van a oír...- replicó Sun Hi, empujando más fuerte el pecho de Sok Chun.
    -    Por favor. Solo una palabra...     -    Si nos vamos a ver mañana. Ya está.     Sun Hi retrocedió. Indiferentes a los desoladores sentimientos de Sok Chun, los ojos de la joven sonreían bajo la luz de la Luna. Esa sonrisa feliz que le dirigía supuso un cierto consuelo para Sok Chun.     -    ¿La puedo acompañar a casa?     -    No hace falta, ya casi estamos.     -    ...     -    Regrese, lo estarán esperando sus compañeros de habitación.     Y se alejó apresuradamente bajo la tenue luz de la Luna.     Así fue que Sok Chun decidió quedarse más tiempo en el lugar. Los montadores que habían llegado con él retornaron a la fábrica, pero él se quedaría unos diez días y enseñaría a Sun Hi y a lxs tornerxs el funcionamiento de las máquinas instaladas.     La noche previa a su partida, la Luna estaba en cuarto creciente. Se reunieron a la orilla del río, en el camino de grava que discurría entre los sauces de escasa altura. La niebla, teñida de plata por la Luna, iba cubriendo el lugar. Como si respiraran, los álamos del dique agitaban suavemente sus hojas y, sobre la grava, rocas enormes y dispuestas a largos intervalos, adquirían extrañas formas al recibir la luz de la Luna. Dos de ellas, dispuestas frente a frente, parecían amarse, como Sun Hi y Sok Chun, en aquella ribera rebosante de emociones. Lavando el lecho irregular, los remolinos del río llenaban con su ímpetu la tranquilidad de la noche. Un sonido eterno pero que no podía cansar.     En la orilla opuesta, en el monte, cantaba un búho. Cuenta la leyenda que, en un pasado remoto, una madre pobre dejó a sus niñxs en una choza, sin recursos y, convertida en búho después de su muerte, canta con tristeza. Pero, para lxs dos jóvenes, incluso aquel canto tan lastimoso resultaba enigmático y acogedor.     Sentado sobre una roca, Sok Chun abrazaba una guitarra y tocaba una melodía.   De lxs jóvenes se suele decir que intentan mostrar lo mejor de sí a la persona amada y que, íntimamente, se enorgullecen de sus talentos y puntos fuertes. No se trata de necedad ni de imprudencia; son, por el contrario, emociones honestas derivadas de la candidez del amor.     Aquella noche, Sok Chun, cuyo nivel de guitarra era pasable, había tomado prestado el instrumento de otro joven de la residencia. Ante Sun Hi, persona de gran habilidad y sensibilidad para la música, no quería mostrar, más que su destreza con la guitarra, quería mostrarle la profundidad de su amor a través de la melodía y el lirismo. Pero la guitarra no transmitía bien sus sentimientos. Sus dedos no obedecían y, al equivocarse en los tonos, su interpretación incurría continuamente en sinsentidos musicales.     Al rato, y con un suspiro, dejó la guitarra, cuya caja de resonancia, al tocar la grava, produjo un ruido sereno y profundo.     -    Aquí no suena bien por el ruido del río- lo consoló Sun Hi en voz baja-. En la guitarra, los sentimientos solo viven cuando se toca en un lugar cerrado.     -    ¡!...        Sorprendido y agradecido, Sok Chun se dijo que aquella actitud de Sun Hi reflejaba un verdadero amor. Sin amor, no podría haber pasado aquellos diez días mojándose la ropa con el rocío, deambulando por la noche, enseñándole cara a cara el funcionamiento del torno, sintiendo su aroma corporal como si degustara una manzana fresca...Él la amaba y ella también. Él siempre le dirigía una mirada ardiente y llena de sentimiento.     Como en señal de timidez, Sun Hi toqueteaba el lacito de su vestido, que hacía un pliegue a la altura de su pecho. Aquella noche, lucía más encantadora que nunca.    Con sus rápidos, el  río discurría sin cesar, con el olor característico del agua fría. La espuma acumulada en los remolinos y rizaduras del agua brillaba con la luz de la Luna. Al chocar en la orilla en silencio, las ondulaciones del agua, como escamas gigantes, perdían ese fulgor que las hacía parecer un ser dotado de vida. Tras ellas, se acumulaban una y otra vez, sin fin, nuevas ráfagas de agua con destellos dorados. 

    -    Camarada Sun Hi, los rápidos del río... parecen respirar, ¿no cree? Y el sonido del agua parece la voz de miles de sentimientos. 
    -    Desde muy niña..., cuando metía en el agua fría mis pequeñas manos, siempre me ha encantado el susurro del río. 
    -    Estaría bien poder imitar con la guitarra el ruido de esos remolinos, poder reproducir, tal cual, esa melodía rebosante y voluptuosa...
    -    Pruebe, seguro que puede hacerlo. 
    -    Yo no puedo... No tengo talento para la guitarra- replicó Sok Chun, contemplando el río con la mirada perdida-. Y, sin embargo, yo tengo una vida que no es tan distinta de la música...- prosiguió, elevando la cabeza como mostrando convicción-. La vida del tornero...tiene mérito**, y tiene una melodía siempre igual, como la del río... ¿Me crees, camarada?
    -    Te creo...
    -    Camarada Sun Hi... ¿Quieres compartir esa vida conmigo? 
    -    Sí... quiero- Sun Hi asintió en voz queda. Su respuesta fue meditada, como si ya estuviera asentada en su corazón. 
    Henchido de felicidad, Sok Chun se levantó. 
    -    ¡Gracias!

    Aferrando con firmeza los hombros de Sun Hi, contempló su rostro. En sus ojos, no se reflejaba la luz de aquella Luna creciente, pero Sok Chun vio que no se trataba de los mismos ojos de la otra noche, que reflejaban temor. Los de ahora, como estrellas del remoto horizonte en la oscuridad, reflejaban el amor, la promesa de un porvenir juntxs, brillaban con suavidad...

    -    Y a los dos meses nos casamos.

    Ri Sok Chun tenía el cigarrillo en la boca, pero ya hacía tiempo que se había apagado. 

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