Un dique en la niebla [안개의 둑], relato de Oh Jung-hee (1976)

 

Relato publicado en octubre de 1976 en la revista literaria Árbol de hondas raíces


Un dique en la niebla

En cuanto mi mujer se metió en el aseo, con la toalla en que había envuelto el pijama y mis cosas de afeitar, me despojé de la chaqueta del traje, que dejé caer en una silla, y me tumbé boca arriba en la cama. En aquella postura, los monótonos motivos ornamentales del techo se abalanzaron sobre mí, ondulantes, obligándome a echarme a un lado y arquear el cuerpo como una gamba. No estaba especialmente cansado; sólo pensé que no estaría mal reposar un rato. 

Me puse un brazo a modo de almohada. El segundero del reloj me producía un cosquilleo que parecía localizado bajo mi cuero cabelludo, como si un miriápodo de innumerables extremidades estuviera succionando mis neuronas. Aquel ruido me trajo enseguida a la memoria algo aparentemente inconexo: aquel rostro de origen chino que había visto una vez en la portada de una revista extranjera, cubierto, hasta su último poro, de agujas de acupuntura. 

A continuación, mi mente invocó otro rostro, el de un especialista en medicina tradicional al que acudí mucho tiempo atrás con mi madre a hombros, el de aquel médico al que apodaban El monstruo de la acupuntura y la moxibustión y de quien se rumoreaba que era incapaz de dormir si cada noche, ante el espejo, no se llenaba el cuerpo de agujas. 

Vivía el galeno en una imponente mansión, plantada en las laderas de un monte donde la roca desnuda alternaba con grupos de cochambrosos chamizos de madera, y a la que se accedía tras una media hora de abrupta subida desde la parada de autobús más cercana. Un recorrido que, a pesar de realizarlo al ocaso, cuando los riscos se teñían con los últimos rayos del sol canicular, completé con la lengua fuera, entre bocanadas de aire tórrido y sin posibilidad alguna de refresco. Llegué al lugar en dura pugna contra los elementos, con mi madre, tan empapada en sudor como yo, pegada a mi espalda como con cola de contacto y manifestando sus ganas de orinar con tan exasperados aullidos que su voz se desarticulaba. “Aguante un poco más”, le decía a cada paso, “ya casi llegamos a la aldea; allí se alivia usted tranquilamente”. “¡Bájame ya, por tus muertos!”, gritó, mientras sus puños golpeaban mis omóplatos, cuando divisamos una zona de viviendas cuyas puertas se abrían de golpe y donde, con semblantes sobrios, varias mujeres vaciaban orinales hacia el exterior. Yo solté una mano para, al menos, poder colocarla bajo su trasero y evitar que cayese de mi espalda. Alcanzábamos ya la parte más alta del cerro, donde se tocaba con la punta de los dedos la suave línea cóncava que remataba el tejado de la mansión, tan fino y estilizado que parecía a punto de echar a volar. Alcé el vuelo de su falda, se la coloqué en la zona lumbar y, con la determinación de quien tiene muy claro lo que ha de hacer, me di la media vuelta y lancé una mirada en dirección opuesta a la ladera por la que habíamos subido. Nos encontrábamos en una cantera. 

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Al incidir sobre las paredes de granito, la luz solar arrancaba destellos. Con un monótono soniquete, los trabajadores picaban la piedra, produciendo haces de luz blanca y deslumbrante que se elevaban como la espuma cada vez que su cincel cortaba el duro granulado de la roca. No sé si cerré los ojos un instante debido al sudor que discurría hasta mis pestañas o si lo hice deslumbrado por el fulgor níveo de la cantera. Lo cierto es que, al abrirlos, acaparó mi atención una anciana que, desnuda y en pie junto al umbral de la puerta que daba acceso a una estancia donde no se colaba un rayo de luz, me observaba con un aire espectral, una estampa que me causó pánico. Cargué nuevamente a mi madre, que se había apartado unos pasos del camino y de espaldas, en actitud abstraída, orinaba. 

Al llegar a la casa del médico, me produjo un tremendo embarazo tener que mostrar su cuerpo, empapado en sudor y orín. Pero no fue eso, sino un hombre que paseaba con un crío en brazos, como recién salido a tomar el aire fresco del ocaso, lo que me empujó por la espalda, haciéndome caer rodando como una peonza por el mismo camino que nos había llevado hasta aquel confín. 

No fue difícil reconocer al médico; pantalón ligero y ancho en fibra de ramio, como también su chaleco; mediana edad, buen plante. Sin pensarlo dos veces, volví a subirme a hombros a mi madre y emprendí el camino cuesta abajo. Yo nunca me había considerado un hijo modélico ni albergaba la aspiración de serlo, como tampoco la expectativa de que la salud de mi madre, incapacitada unos siete años atrás a causa de un ataque, fuese a mejorar con las agujas de aquel hombre. Me movía, en cambio, algo que no sabría explicar con precisión, pero que vivió mucho tiempo en mi memoria hasta mucho tiempo después de que ella falleciera, atormentándome cuando menos lo esperaba. 

En el piso inferior, hacia la puerta, se había montado una tremenda jarana. Al compás de un changgu percutido con gran ímpetu, varias voces femeninas, roncas, ebrias, interpretaban cantos tradicionales y parecían rivalizar en potencia. Ante aquellos acentos de las provincias sureñas, tan audaces, tan ásperos y extraños para alguien como yo, el tímpano se encontraba en total indefensión. Al punto, aquel estrépito diluyó, como una cucharilla al disolver el té, la cadena de irreflexivos pensamientos que ocupaban mi mente. Las divagaciones que, en esporádico goteo, me venían asaltando dispersáronse como capas de polvo al viento, quedando ocultos en algún lugar de mi mente. Encomendándome apaciblemente al estruendo que, una y otra vez, discurría por el lugar y envolvía el espacio circundante, me miré el reloj, gesto que no era sino síntoma de un hábito ya viejo en mí y reflejo de un conformismo con el tiempo presente, de una disposición a eludir responsabilidades. Apenas reparé en que el segundero, tan inquietos sus toques a mi oído hacía unos instantes, se había detenido, oí también un copioso discurrir de agua por el aseo, separado de la estancia mediante una delgada puerta de chapa de madera. Extrañamente, la muerte del reloj me causó inquietud. Instantes antes, mientras yo estaba tumbado en la cama, el segundero funcionaba sin incidencia alguna, se desprendió ahora de mí cuando me separé de su sonido cadencioso para desaparecer,, sin remisión, en ese espacio que denominan lo desconocido, en eso que llamamos el pasado. Me pregunté por qué me había dado por evocar ahora a aquel chino con la cara llena de agujas, al acupunturista, a mi madre, por qué me atormentaba pensando en cosas que escapaban al ámbito de mi responsabilidad, por qué me aferraba tan porfiadamente a un tiempo perdido. 

– Maldito ruido- protestó mi mujer, mirándome de reojo a través del espejo mientras peinaba su cabello mojado. Salió del baño tiritando y con los labios pálidos, esparciendo gotas de agua en todas direcciones. El aseo era reducido y la silla de tocador donde estaba sentada quedaba muy pegada a la cama, de donde colgaban mis pies. No los aparté cuando salpicaron unas gotas. Estaba dando cuerda al reloj y el agua me produjo una sensación de refresco. 

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En el tono de voz de mi mujer, en sus bruscos aspavientos, yo detectaba un componente de recriminación hacia mí. Su frustración era notoria. Si estábamos en aquella fonda de mala muerte -estoy seguro de que ella no describiría aquel lugar de otra forma- en lugar de gastar un poco más por un hospedaje mejor, se debía a mi excesivo afán de ahorro. El agua, por otra parte, estaba tan fría que, nada más abrir el grifo, mi mujer salió del baño congelada. Para colmo, la excesiva delgadez de su albornoz, que, al parecer, estaba estrenando, exponía su cuerpo con una nitidez que rayaba en lo embarazoso.

– ¡Vaya desastre!- protestó, corriendo la cortina de la ventana y con los carrillos hinchados, como si estuviera gritando en una manifestación – ¡Me voy a agarrar un catarro pero de los buenos!

Sin que acudiera a mi mente respuesta alguna que mereciese ser pronunciada, erguí medio cuerpo en el lecho y me limité a observar cómo los movimientos de mi mujer hacían que la gruesa masa de penumbra y vaguedad que ocupaba la habitación se volviese una capa más delgada. Y su descontento no dejaba de ser comprensible; en nuestro periplo por la ciudad, habíamos recorrido toda una serie  de hoteles y yo, llevado por un hábito estratégico y ya viejo en mí, había acabado por elegir aquella humilde fonda del final del muelle.

 Como afanosa por airear su estado anímico, pasó un buen rato mirando por la ventana de espaldas a mí. Me aproximé a ella. El muelle se extendía hasta ocupar toda la panorámica y el mar parecía pegado a la ventana con velcro. Ya oscurecía y sobre las aguas se estaria cerniendo la niebla, pues la luz de los barcos atracados cobraba tonos tenues. 

Las pastillas contra el mareo que había tomado mi mujer antes de subir al taxi la tenían sumida en la somnolencia; sólo comenzó a mostrarse más dinámica y vital cuando nos acercábamos a la última estación. Sacó el estuche de los polvos y comenzó a acicalarse un rostro en el que destacaban intensas marcas negras. Mostrábase irritada porque, según ella, se le había arrugado la ropa y, aunque era improbable tratándose de prendas gruesas y de lana, no cesaba de pasarse la palma de la mano como para alisar los tejidos. 

– Vamos a buscar habitación antes de nada. Si puede ser, que tenga agua caliente para bañarse- y añadió: Podríamos ir a echar un trago y luego, por la noche, a bailar. 

No reconocía en ella a la mujer recatada y mojigata que siempre había sido. En actitud vacante, yo atendía a los viajeros que llevábamos sentados delante, asentía parsimoniosamente cuando me hablaban, pero por dentro no daba crédito a la propuesta de mi esposa. No sólo no la había visto bailar nunca, sino que jamás me había imaginado ni remotamente que supiera. Su forma de matar el tiempo era hacer punto sin parar con una manta sobre los hombros, helados en aquel cuarto donde siempre soplaba un fuerte viento. Así pasó inviernos largos, eternos y, en primavera, con la espalda arqueada como la de un gato para aprovechar el agradable hormiguillo de los rayos solares, bordaba flores de peonía, de fénix, de cerezo, lustrosas madreselvas y otras plantas trepadoras. Verla siempre así me hacía imaginar que se iría al otro barrio con la aguja en la mano. 

En aquel viaje, todo en ella resultaba distinto. Quizá se sintió liberada de las responsabilidades, sin nada que le impidiera pasear su abultada barriga, que, por lo demás, no se revelaba, oculta en sus gruesas ropas. 

Cuando bajamos del tren, soplaba el viento típico de finales de otoño, ese aire frío y húmedo de los puertos. Nada me sonaba del paisaje circundante. Pasé unos momentos plantado, manos clavadas en los bolsillos de la gabardina. Íbamos cargados con las maletas y a nuestro lado pasaban innumerables, tocaban el claxo con furia, casi nos embestían. La primera vez que estuvimos en aquel lugar, en nuestra luna de miel, todo había sido saltar de un tren nocturno a un taxi, encerrarnos en los baños termales, pasar dos noches; era un lugar prácticamente nuevo para nosotros. 

– ¿Piensan buscar habitación en el balneario?- dijo el taxista, apenas salimos del casco urbano-. Yo creo que vamos a ir en balde; está todo plagado de yanquis. Por el camino habrán visto ustedes el barco. Es temporada alta y no se encuentra un hueco ni con lupa. 

– Y los bungalows de la playa, ¿están cerrados?- preguntó mi mujer. 

– No, abren todo el año… 

– O alguna tasca que tenga habitaciones, tipo club… 

– No hay sitio ni en los bungalows. Está todo hasta arriba. 

Mi mujer suspiró.

  • Si quieren conocer la zona, lo mejor es que hagan noche en la ciudad- agregó el conductor tras dejarnos en el complejo de baños termales- y, a primera hora de la mañana, cojan el barco que va a Dadohae. Por aquí no hay nada que ver…

No le faltaba razón. En vano recorrimos el balneario preguntando puerta a puerta hasta que mi esposa comenzó a tiritar de frío y resolvimos volver a la población, donde tomaríamos el ferry de madrugada. 

Nada más llegar al pueblo, di un rápido paseo por la zona donde se agrupaban los bares y hoteles. Había intentado convencer a mi mujer de que intentásemos quedarnos cerca del puerto, pero ella sólo comentó “¿Qué más da? Vamos a cualquier sitio”, “o quizás… a una posada…” y, a continuación, guardó un silencio sepulcral. 

Entramos en una pensión como las que abundan en algunas callejuelas de Seúl, pero, apenas habíamos puesto un pie en el interior, mi mujer se dio la vuelta y, desde el recibidor, fijó la vista en la calle. Había captado su atención una lavandería intensamente iluminada y en cuyo interior, planchando, se encontraba un joven en camisa de hombreras. El muchacho parecía haber captado su atención a pesar de la distancia. Difuminado por momentos bajo la cortina de vapor, aquel cuerpo fornido, sudoroso, los reflejos cobrizos, sus movimientos al manejar la plancha, evocaban los de un titán de leyenda. 

Tras tomar la maleta que yo llevaba, el crío que atendía en la pensión asió el bolso de maquillaje de mi mujer, que ni siquiera entonces despegó su vista de la mitológica lavandería. Nos calzamos unas chanclas de goma bastante adherente, cuyo tacto resultaba frío, y seguimos al mozo, que trepaba las escaleras como ardilla que se encarama a un árbol. Apenas pusimos las maletas en el suelo mi mujer, sin intención de cambiarse de ropa, abrió la puerta del despoblado armario. A continuación, revisó todos los cajones del tocador, que también estaban desiertos y parecían llevar mucho tiempo en desuso. 

Al contacto de su mano, los cajones rechinaban como si tuvieran escalofríos. De uno de ellos extrajo un cabello de gran longitud, que depositó en la papelera.

– Si tanto te disgusta, nos vamos a otro sitio- murmuré, plantado junto a ella, oteando ambos el mar-. Podemos ir al centro-. Y añadí: ¿Qué, nos cambiamos de ropa y salimos a tomar algo…?

– Déjalo- replicó ella, corriendo la cortina-. Adónde vamos a ir a esta hora… 


La abracé por la espalda. El cabello le goteaba y, debido a la humedad, aquel albornoz tan fino estaba pegado a sus hombros como con cola. Aun en la penumbra su carne, firme y voluptuosa, emitía destellos rosados. Se apartó. 

Subió el interruptor de la lámpara y tomó asiento frente al espejo. Del pasillo llegaba un apabullante estrépito de chanclas de goma y la estancia contigua era un tremendo e ininterrumpido alboroto. Hablamos mirando al espejo, como si nos estuviésemos dirigiendo a un público:

– Está visto- dijo ella- que hoy no vamos a pegar ojo.

– No creas que es sólo aquí; en esta época, todo estará igual. 

– Y, ¿hemos venido aquí para oír un griterío de borrachos…?- en su semblante se leía la indignación y quebraba su voz un incipiente sollozo.

– Mañana a primera hora cogemos ese barco- sugerí, desplazándole el pelo hacia atrás y poniendo mis labios en su nuca. 

Se giró y me abrazó la cabeza. Acaricié aquellos cabellos mojados, que cubrían mi muñeca en el espejo, y de los que la luz arrancaba reflejos cobrizos. La empujé con brusquedad. Bullía en mí un deseo que, con los años, había llegado a olvidar y tan insospechado que parecía un destello, algo que brota en un despiste, un suspiro. Durante unos instantes, y a pesar de aquel apremiante impulso carnal, permanecí inmóvil, presa del desconcierto. La luz resultaba excesivamente intensa. De alguna parte llegó un ruido largo, interminable, que asemejaba un silbido. Quizá fuese una gaviota, el canto de algún ave nocturna volando en un lejano paraje.

– ¿Qué suena?- preguntó mi mujer.

– Seguro que son masajistas. Son las flautas que tocan ellos. 

Tras desvanecerse, el sonido comenzó de nuevo. 

– Apaga la luz- le dije. 

– ¿Por qué? ¿Nos vamos a dormir ya?- replicó, bajando el interruptor, que estaba junto al cabecero, a la altura justa de la mano.

No estábamos habituados a los colchones de muelles. Brincaba de un modo tremendo y, al dejarnos caer sobre él, parecía que nos hubiésemos lanzado a una ciénaga. La oscuridad amplificaba, quizá, el estruendo que llegaba de la estancia contigua con tal nitidez que creí poderlo asir con la mano, una vorágine en la que, además de un tema de moda, que discurría sin orden ni concierto en una voz femenina y otra masculina, distinguí el de las cartas del hwatu, un crujido de los huesos de las manos, las instrucciones al mozo, que les hacía recados. Por si fuese poco aquella algarabía, oíamos también el chirrido metálico de la aguja de un gramófono portátil, similar al de una navaja de afeitar rascando la piel.

…en esa verde pradera
una casa salida de un dibujo
levantar
donde vivir
cien años con mi amor

2) Nota del traductor: Fragmento de la canción Con mi amada, del intérprete Nam Jin.

– No hagamos caso- dijo mi mujer, ejerciendo una fuerte presión sobre mi dorso con la palma de su mano. – Déjalos, que se harten de armar bulla.

Apagar la luz no fue suficiente para que la habitación se oscureciera, pues cerca de la ventana había un reflector giratorio que nos arrojaba su luz con un periodo de tres o cuatro segundos. Me atenazaba la sensación de fracaso, una desazón que me hizo tratar a mi mujer con cierta brusquedad. Tampoco ella se mostraba muy afable conmigo; tumbada de espaldas, parecía muerta, pues ni siquiera se oía su respiración.

Recordé el momento en que el tren echó a andar y mi mujer lanzó una toalla azul por la ventanilla. Mi perplejidad pareció causarle vergüenza. «¿No habías oído que da buena suerte?”, comenzó, en el tono de quien es sorprendido tras hacer algo embarazoso. “Es una creencia occidental…” Aquello me retrotrajo a nuestro viaje de novios, cinco años atrás, pues en aquella ocasión habíamos intercambiado exactamente las mismas palabras. Como entonces, me pregunté cuál sería esa suerte que mi esposa anhelaba. 

Pasé por encima de ella para bajar de la cama y alcanzar el tabaco. No tuve que accionar el interruptor; mis ojos estaban hechos a la penumbra y por la ventana entraba cierta luz neblinosa. Retorné a la cama con los pitillos, las cerillas y el cenicero. Las ganas de fumar se me pasaron apenas encendí el fuego. 

La llama, de un hermoso y vivo carmesí, consumió rápidamente aquella cerilla. Sintiendo ya el calor en mis dedos, eché al cenicero la cabecita de carbón, con su alargado y blanco palo. Froté consecutivamente varias cerillas, pero mi ánimo no se aplacaba. El ajetreo de chanclas que llegaba del pasillo resultaba abrumador. Los de la estancia adyacente dieron un grito encargando soju. Mi mujer estaba tendida en la cama como un objeto inanimado. 

      – ¿Pedimos, aunque sea, una botella de soju?- preguntó, como queriendo calmar mi desasosiego. 

      – No te preocupes. 

  • Seguro que todo está igual que aquí- parecía vanamente esforzada por ocultar su decepción.

Llevábamos cinco años trabajando como auténticas hormigas. “Mi marido es un ingenuo”, le susurraba a veces a sus amigas, riendo en voz baja, “se cree que con cien mil won nos llega para la boda, para el anillo y hasta para un piso”.  Yo no me casé tanto por amor como a causa de su embarazo, que, sin embargo, interrumpió antes de la boda. La paternidad resultaba incompatible con nuestra situación. Vivíamos en un cuartucho de un piso compartido; ella quería que nos hiciésemos con una pequeña casa en propiedad, con un palmo de patio, suficiente apenas para poner una cuerda de tender, que llenaríamos con ropa de todos los tonos y cortes. Al niño, decía, lo dejaríamos dar rienda suelta a sus berrinches; instalaríamos un columpio y, cuando la criatura creciera un poco, le compraríamos un triciclo. Con casa propia, nos veríamos liberados de tareas tan penosas como ponernos los pantalones para ir al baño en mitad de la noche. Y yo no pensaba mofarme de aquel sueño pequeñoburgués. 

Su cuerpo comenzó a hincharse de manera notoria tras el tercer aborto. Fue para ella el inicio de un progresivo cambio, comparable al fenómeno que se da cuando las partículas de la respiración, al acumularse sin parar, llegan a formar estratos, cuando la arena acaba por colmar el reloj, similar al proceso de erosión de la roca madre que, vuelta arena molida, discurre y conforma laderas. Fue su tremenda metamorfosis como la de un gusano de seda que va pasando por progresivas fases de sueño. 

Nuestra convivencia estaba marcada por el silencio. Ella dejó de mostrar orgullo cuando hablaba de mí y ya no le comentaba a la gente aquellas cosas sobre mí, como lo del anillo, el piso y los cien mil  won. Ya no transmitíamos entusiasmo alguno cuando hablábamos de nosotros. 

De algún lugar llegó el penetrante chirrido de un insecto nocturno. El cenicero de cristal se calentaba cada vez más.

– Al final va a reventar, ya verás-. Aquel vaticinio de mi mujer no carecía de base empírica. Tiempo atrás, me había pasado una noche entera encendiendo todas las cerillas de una caja. En aquella ocasión, el cenicero, tras calentarse tanto que parecía a punto de fusión, se agrietó por su centro y se partió en dos mitades sin que entre ellas quedara una esquirla, de un modo más limpio que si lo hubieran dividido con un cortador de diamante. 

En torno a la mesilla de noche aleteaba una polilla, que había entrado siguiendo la luz. Con la llama de la cerilla, la atraje a la palma de mi mano y sujeté sus alas, cubiertas por una gruesa capa de polvo blanco. Acerqué luego la llama al voluminoso vientre, que colgaba de su cuerpo como un objeto pesado. Tras un súbito y prolongado chispazo, un débil temblor se transmitió a mi mano a través de las alas. Los movimientos de la polilla cesaron sin que se desprendiera una sola mota del polvo que la envolvía.

  • Estás raro. ¿Qué te pasa?- me dijo, sin mostrar intención alguna de hacerme desistir de mi actitud.

             Cubriendo con la palma de su mano un rostro surcado por el miedo, se dio la media vuelta. Envolví en un trozo de servilleta la polilla muerta, que coloqué en la mesilla, y me enderecé en la cama. 

                    Desde hacía bastante tiempo, no sabría decir cuánto, no era capaz de satisfacerla sexualmente. La habitación donde vivíamos era exterior y el edificio quedaba frente a unas pistas de tenis. Los focos mantenían iluminado nuestro cuarto y no los apagaban hasta las once de la noche; no antes de esa hora cesaban los pelotazos. Con aquel fulgor, era como si alguien nos estuviese viendo. Atenazado por la sensación de inseguridad, siempre culminaba el acto de un modo atropellado y precoz. Enseguida me ponía a fumar y es entonces cuando, como quien sufre un escalofrío, experimentaba la visión de una multitud de escolopendras culebreando en el cristal de la ventana. 

La claridad también me impedía dormir bien. Mi sueño era  ligero, se quebraba con cada golpe de raqueta y también padecía, a un volumen grotesco, las campanadas del reloj de pared: la una, las dos. Incapaz de pegar ojo, encendía fósforos. Era la única manera de ocultar de mi vista aquella proliferación de escolopendras que trepaban por la ventana hasta cubrirla sin dejar un resquicio. 

Durante la guerra, mi familia vivió en un campo de refugiados. Una enfermedad desconocida me arrebató a un hermano de apenas tres años. Lo enterramos envuelto en una estera de paja; fue como quien se deshace de un bulto. Bien entrada aquella noche, desperté y vi cómo una muchedumbre de escolopendras de un color rojo intenso trepaba por la puerta de hanji, que, en su blancura, se veía hinchada. Por su superficie, en actitud paciente, trepaban los miriápodos; lejos de esfumarse, sus siluetas se destacaban como un bajorrelieve. Aquella visión me hizo creer que mi hermano había vuelto. Aquella noche, mojé la estera donde dormía. 

 

Estiré la mano y accioné el interruptor que había junto al cabecero. Mi mujer se cubrió el rostro para protegerse de la luz. El estruendo del cuarto contiguo no conocía la más mínima atenuación. “Junto a mi amor, junto a mi amor…” (
NOTA DEL TRADUCTOR: otro fragmento de la canción Con mi amor, de Nam Jin). La aguja del tocadiscos seguía arañando, aparentemente sin captar la atención de ninguno de los ocupantes de la habitación. 

– Van a estar así toda la noche – comentó mi mujer, irritada, siempre sin mirarme-. Me va a estallar la cabeza…

– Digo yo que en algún momento se cansarán y se echarán a dormir-. Y, al caer en la cuenta, agregué:
Por cierto, hay que ver el horario del barco…

Accioné el interfono para solicitar que nos despertasen a tiempo de tomar el ferry que zarpaba de madrugada. Mi mujer tenía la frente totalmente fruncida y se tocaba un párpado. 

– Si te duele mucho la cabeza, salgo por una pastilla. 

– Se le podrá pedir al mozo…

– Mejor voy yo- tomé mi pantalón del suelo-. No tardo. 

                   Abrí la ventana y contemplé el mar unos instantes. La niebla se había espesado notoriamente y cubría el mar opaca, como un toldo. Sabía que perduraría en mi interior el pesar de no haber podido satisfacer a mi mujer. Me disponía a salir de la habitación cuando ella, los ojos aún tapados con el dorso de una mano y tirando del edredón con la otra, como si quisiera ocultar su cuerpo desnudo, dijo:

– No tardes. 

Entonces, oí el interruptor de la luz. 

En la entrada del hostal, experimenté una momentánea liberación. En una habitación del primer piso se oyó el ruido mecánico de una ventana al cerrarse. En la nuestra reinaba la oscuridad, pero yo sabía que mi mujer estaba con la cabeza apoyada en el cristal, observándome a través de la niebla, que seguía ganando espesor. Crucé la calle, compré un analgésico en una botica y eché a andar. Antes de subir quería tomar, aunque fuese, un poco de soju.

En ningún momento había querido chafar el ánimo de mi esposa y menos aún las expectativas por ella depositadas en el viaje. Al sugerir como destino el mismo lugar de nuestra luna de miel, estaba mostrando su deseo de derribar el muro invisible que se había ido formando entre los dos con el tiempo. 

El mes anterior, habíamos realizado el último ingreso de un depósito de renta alta a cinco años y que, junto con un préstamo del banco, nos permitió adquirir una vivienda en los afueras. Conforme a lo planeado, el bebé llegó a los dos meses. A mí me dieron cinco días de vacaciones -por decir algo, pues en realidad eran días que no había disfrutado durante el verano- y mi mujer, por primera vez en mucho tiempo, volvió a tener en sus manos un bastidor de bordado. Yo hacía horas extra en el trabajo para ahorrar un poco más y, por las noches, me ocupaba en monótonas traducciones que nada me aportaban más allá del dinero y me mantenían sumido en un constante hastío. Que recuerde, nunca tuve aspiraciones de juventud, sueños de niñez, ninguna de esas cosas. No descarto que alguna vez deseara hacerme piloto de avión o marino, marchar lejos, muy lejos, pero sí sé que nunca imaginé consumir tantos años de mi vida en el empeño de adquirir una casa. 

Del mar llegaba un aire pegajoso, impregnado de sal. Cuando accedí a la posada, el joven de la plancha canturreaba pellizcando una guitarra. A pesar de su contorno, suave y algo femenino, en aquelllos brazos robustos el instrumento asemejaba un arma. Los versos de su canto creía haberlos oído en alguna parte: “Tu carne, color nieve, la sacará esta lanza/ tu carne, tu aceite, que alimentarán al perro, al águila hambrienta.” Plácidamente dormida hasta entonces, la guitarra estalló en un súbito y tembloroso bramido. En aquel instante, se desató en mí un fiero y vehemente deseo carnal, pareció encenderse un ascua olvidada en algún rincón de mi cuerpo. Respiré hondo y pasé ante la lavandería lo más rápidamente que pude.  

Doblé la esquina, me adentré por una callejuela y pronto llegué al dique, donde había numerosos hombres ocupados en trabajos de carga y descarga. A causa de la densa niebla, sus movimientos parecían lentos y daban la sensación de estar llevando a cabo algún oscuro complot. Las voces que daban a veces parecían proceder de algún lugar remoto e inalcanzable para el común. A pesar de los focos, los barcos allí anclados ofrecían un aspecto fantasmagórico. Avancé por el muelle con la mirada puesta en las tablas del suelo, ligeramente mecidas por las olas. La niebla era tan densa que, de no ser por las farolas, emplazadas a intervalos de unos tres metros, no habría podido ver un paso por delante. 

Hacia el final del dique, me hizo detener mis pasos la sensación de que algo había pasado junto a mí como dando un brinco, algo que no llegué a distinguir pero que quedó en mi retina como una reminiscencia. Hasta entonces no había caído en la cuenta de que en todo el dique, desde que dejara atrás el muelle, no me había cruzado con un alma. Con cierto temor, di la media vuelta y comencé a deshacer el camino a buen ritmo. 

De pronto, me vi plantado frente a un hombre de negro. Él iba por delante de mí y no sé si lo alcancé porque yo caminaba demasiado rápido o porque, sobresaltado al oír mis pasos, él se detuvo. Lo cierto es que me agaché de forma prácticamente simultánea a la caída del objeto que aquel hombre llevaba en sus manos, y que resultó más ligero de lo que esperaba. Aun después de que yo hubiese recuperado del suelo aquella funda negra de plástico, de unos 30 centímetros de longitud, él seguía palpando con los pies y con su bastón. 

            – Muchas gracias- me dijo. Hasta entonces no me había mirado ni alzado la cabeza. Su mono de trabajo tenía colores, no así las gafas, gruesas y oscuras, que ocultaban sus ojos. 

  • ¿Va usted lejos?- repliqué, poniendo mis dedos en la manga de su mono aunque, a efectos de prestarle ayuda, tampoco es que importase mucho adónde iba-. ¿Quiere que le acompañe? Le cuesta a usted andar, ¿no?
  • Vengo del trabajo -respondió, en un tono amable y confiado, esbozando una leve sonrisa, y añadió:- Veo que no es usted de por aquí. 

Titubeé al no encontrar ninguna forma de dirigirme a él que correspondiera al registro que él usaba conmigo, bastante formal. Caminamos un tramo a la par, pues sus pasos no habían llegado a detenerse del todo. Nos precedía el ruido de su bastón contra el suelo de cemento, que superaba al de nuestros zapatos en claridad y nitidez. Creo que fue el sonido del oleaje contra el dique lo que me había impedido oír sus pasos anteriormente. Aparté discretamente la mano que sostenía el borde de la manga de aquel hombre, de caminar firme y preciso.

– Usted tampoco es de por aquí- dije, encontrando al fin el grado preciso de deferencia que la situación requería-. No tiene usted acento.

  • Llevo poco más de un año- me explicó, en un tono algo pedante que casi me hizo reír -. Los días de niebla densa, como hoy, o de lluvia, hay más trabajo que de costumbre. Se ve que la gente se siente sola y quiere una mano ajena que les reconforte.       

Fue entonces cuando recordé que había dejado sola a mi mujer.

  • ¿Cómo sabe usted que hay niebla?- le pregunté. 
  • Es bastante espesa- apuntó, en voz más bien baja y con una leve risa-. Aquí, con el mar, hay niebla siempre. Hasta se puede saber la concentración. Nosotros nos apoyamos mucho en los sentidos, ¿sabe usted?- y añadió: Los días como hoy, la gente aprovecha para ver a sus amantes en secreto o se refugia en las tabernas. 
  • Y usted, ¿también iba a esconderse en algún sitio?
  • ¿Sabe usted a qué me dedico?- replicó, tras exhalar un suspiro. 
  • Ayer por la tarde oí pasar a unos masajistas… 
  • La gente no ve un palmo por delante de su nariz- expuso- pero a nosotros sí nos ven, y eso les quita el miedo. Ya ve usted, vivimos de la niebla. 

Llegamos al muelle. La niebla calaba, yo temblaba de frío y me fijé en que su cuerpo, bajo el mono, tiritaba también.

– Vamos a echar un trago.- propuso, mientras irrumpían en mi campo visual las tabernas del puerto-. Uno solo; yo le invito

  • No es mala idea- convine, tomando la delantera. 

Al empujar la puerta de cristal, se clavaron en nosotros las suspicaces miradas de los clientes. Bajo la intensa iluminación de aquella tasca, el paso de mi acompañante acusaba todo el titubeo y la inseguridad que antes no había mostrado ni remotamente y tuve que guiarlo con especial esmero para evitar que se golpeara con la esquina de la mesa. 

  • Siento que todo el mundo nos está mirando-. comentó nada más tomar asiento.
  •              – Qué me dice-  – repliqué, en un tono deliberadamente guasón que no le hizo reír-. Pues hablemos sin cuidado…

La muchacha trajo el soju y los vasos. Llené el de mi acompañante que, erguido contra el respaldo de la silla, no se inclinó ni lo tomó en su mano hasta después de haber palpado celosamente la mesa con la palma de la mano. Bajo aquella luz, noté que no era muy joven y todo su rostro, a excepción de la zona que, como es común en los invidentes, llevaba cubierta por las gafas, era bastante carnoso. Debido a su grosor, aquellas lentes negras reflejaban la luz de un modo constante y notorio. La mano que sostenía el vaso era rolliza y tenía una delicadeza algo femenina. 

– Si me disculpa la pregunta- intervino- ¿Viene usted por trabajo?

– Estoy de viaje.

  •  Magnífico. ¿Le trae por aquí algún proyecto?   
  • ¿Eso parece?
  • ¿No trabaja usted en ninguna compañía?
  • ¿Qué le hace pensar eso?
  • Bueno, ya sabe que la gente siempre lleva su vida consigo. ¿O cree usted que sólo el caracol lleva la casa a cuestas?- y agregó: además, su aspecto da algunas pistas… 
  •              –      Mejor dejémoslo. Esta conversación no va a ningún lado- zanjé, añadiendo: A primera hora tengo que tomar un ferry. 
  • ¿Viene usted solo?- siguió inquiriendo. 
  • En eso ha fallado- apunté-. En el hostal tengo a mi mujer. Yo había salido sólo a comprar una medicina. 

El diálogo se interrumpió unos instantes. Casi se veía el fondo de la botella, de poco menos de medio litro. La mayoría de los clientes parecían trabajadores de carga y descarga empleados en el puerto y las conversaciones versaban principalmente sobre un buque transoceánico que acababa de llegar, sobre la mercancía que estaban descargando, sobre las ingeniosas argucias que ejecutaban los contrabandistas para ocultarse de la guardia costera en aquellos días de  espesa niebla. 

Con el rostro encarnado por el alcohol, mi acompañante dijo algo que el estrépito del lugar me impidió comprender. Una de las mesas vecimas era rítmicamente golpeada por los palillos con que un grupo de clientes entonaba una canción. 

  • ¿Cómo dice?- le pregunté, haciéndome pantalla con la mano en la oreja. A pesar de estar prácticamente pegado a su cuerpo, no pude comprender aquellos murmullos; para mí, era como si no llegasen a salir de su boca. 

            De pronto, el sordo estruendo de la sirena de un barco se impuso al clamor de voces que envolvía la tasca. El bocinazo, que pareció elevarse en la niebla, tenía algo de hostil y amenazador. 

           Una voz iracunda exigió silencio. “¡¿Qué pasa contigo?!”, se oyó, “¡¿Es que has alquilado la taberna tú solo?!”. El intercambio de improperios no tardó en propagarse y, de un momento a otro, comenzaron a volar los vasos. 

            Reinó el caos en el local. Guarecida en un rincón, la camarera se limitaba a lanzar alguna esporádica maldición de tono encendido contra los clientes que habían desatado la trifulca y no parecía que la situación le resultase novedosa. Resuelto a poner pies en polvorosa y llevarme de allí a mi acompañante, tomé el bastón y se lo coloqué en la mano. Para mi desconcierto, él, a tientas y sin motivo aparente, se dirigió al cogollo de la bronca y,  moviéndose con una determinación a prueba de obstáculos, comenzó a blandir su bastón en el aire. Sobresaltado por la repentina avalancha, permanecí unos instantes sin más que asistir al grotesco espectáculo ofrecido por mi acompañante, que brincaba de un modo absurdo y hacía movimientos propios de un tebeo de espadachines.

             – ¡Llévense ahora mismo a ese majadero!- despotricaba la tabernera. Lo sujeté por detrás pero él, con resuelta obstinación, forcejeaba por zafarse de mi abrazo y me costó arrastrarlo hasta la puerta. El bastón se había partido por la mitad.

             – ¡¿Qué diablos hace? ¿Se ha vuelto loco?!- lo increpé, arrebatado yo también por un tremendo disgusto. 

             Sentí deseos de dejarlo allí tirado y largarme de allí, pero vi que, desplomado en el suelo, lloraba a moco tendido. Tras incorporarlo, tomé su mano y salimos nuevamente al muelle. La niebla era tan espesa que no permitía ver a la persona de al lado. 

  • Bueno, ¿adónde va?- le dije, a modo de despedida, apenas lo vi un poco más calmado. Acercó la mano para que le entregara el bastón. Puse en su mano la mitad que quedaba y, observando su cara de circunstancias, lo interpelé:
  • ¿Qué demonios pretendía? ¿Por qué se mete una pelea que nada tiene que ver con usted?

– ¿No ha sentido usted nunca- clamó, casi en un aullido- el impulso de reventar a alguien o … si dicho así le resulta muy crudo…el impulso de destruir  por destruir, indiscriminadamente? 

La pregunta me hizo pensar y se me antojó que, tal vez, lo que acababa de describir aquel sujeto me pasaba todas las noches, cuando, privado de sueño por el ruido y la intensa luz, ojos inyectados en sangre, salía a la calle, me acercaba a las canchas de tenis y veía a todos aquellos jóvenes. Quizá fuese lo que sentía cuando contemplaba aquella sala de duchas en forma de establo, cuando escuchaba sus silbidos, los ruidos que hacían al ducharse, y que me hacían hervir en un odio cuya raíz no terminaba de identificar, cada vez que veía asomar sus rostros mojados por aquellos ventanucos, practicados a considerable altura, o sus dientes, tan blancos y saludables, cada vez, en definitiva, que veía a aquellos jóvenes y me alejaba rápidamente del lugar. 

  • Usted sabe que yo sin mi bastón no puedo dar un paso- dijo aquel hombre-. Dependo de su ayuda. “Pero qué demonios…”, pensé, pasmado ante su actitud. Se pegó aún más a mí. 

                          De un tipo tan lamentable, me dije, no se podía esperar otro comportamiento. Sentí el cruel impulso de burlarme de él, hasta quise atizarle un golpe; después de todo, él, desde su lógica, debería considerarlo una derivación natural del instinto destructor al que se había referido. Me aparté de él. 

             –           No me tome el pelo, oiga- me dijo enseguida, pegándose a mí como con velcro-. Acompáñeme a casa, no le pido más.

– ¿Dónde diantre estamos?- le pregunté, en un tono áspero. 

– Venimos caminando por el muelle- respondió, inclinando la oreja- desde que salimos de la taberna. 

Oí a mis pies el rítmico ruido del agua al golpear la pared del dique. No sabía qué hora era, pues me había dejado el reloj en el hostal. 

– Despidámonos aquí. Mi mujer me está esperando.

Aparté la mano de aquel hombre, que ceñía mi manga, y cambié de rumbo. Aparte del insoportable sentimiento de repulsión que me dominaba, me sentía traicionado. 

Apreté el paso hasta que, progresivamente, se fue disipando el sollozo que oía a mi espalda.  Mas, cuanto más me acercaba al muelle, más zumbaban en mi oído, como si los llevara pegados, la respiración fatigosa de aquel hombre, sus lastimosos gemidos. 

Me apresuré a deshacer el camino, pero él ya no estaba en el dique. Busqué concienzudamente de extremo a extremo sin hallar rastro de él ni del bastón roto. Afiné el oído para aislar cualquier sonido que viniera mezclado con el del agua al golpear la base del dique, pero nada oí más allá del propio batir de las olas. Me froté una mano, que sentía pegajosa, contra la cintura del pantalón, desabroché un botón y, apuntando al mar, oriné con parsimonia. Vertida la última gota, abandoné el dique rumbo a la pensión. 

Avancé con paso tambaleante, como si estuviera borracho. Al llegar, titubeé; no sabía si encender la luz o no. Del bolsillo de mi pantalón saqué la medicina, que dispuse en la mesilla de noche, y me tumbé junto a mi mujer, que dormía. Al fijarme en la zona occipital de su cabeza, orientada hacia mí, me resultó proporcionalmente pequeña para un adulto. Con la tenue luz que llegaba del exterior, su cabello ofrecía reflejos color ceniza y acaso estuviera experimentando un sueño fatigoso, pues surcaban su frente, como excavados, profundos pliegues que le hacían parecer considerablemente mayor. 

Me levanté, descorrí la cortina y me puse a mirar por la ventana. No se oteaba el mar; sólo la niebla, en él generada, frotaba la ventana de un modo incesante, con una energía que llamaba la atención. Entonces, creí ver a aquel hombre, al que había abandonado a su suerte y que, transformado en un gigantesco cangrejo, avanzaba hacia mí con su paso lento e inseguro. 

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