La directora de la fábrica 직장장의 하루, 1992
Relato de la autora norcoreana Kang Boknye, publicado en el Sur en la antología de narrativa Donde canta el cuco, selección de cuentos norcoreanos II, editorial Salimto, Seúl, 1994.
Graduada por la Universidad Literaria de Pyongyang, Kang Boknye (Hamkyong Nam-do, 1932-?) es autora de varias novelas de distinta extensión, así como relatos.
Escrita en los años 90, la historia nos acerca a la cotidianidad de una fábrica textil, recreando las dificultades y conflictos internos que supone para la mujer la conciliación de la vida profesional con la familiar en la RPDC de su tiempo y ensalzando valores como la cooperación y la camaradería.
Cada día comenzaba en la fábrica lleno de energía y vitalidad, cargado con la pasión de la juventud y el gozo del trabajo. El cruce del Distrito Industrial, cerca de la fábrica textil, era un bullicio de jóvenes llenxs de vitalidad, que, a toda prisa, se dirigían a sus puestos de trabajo entre saludos, risas y bromas.
Como dando la bienvenida a aquel torrente humano tan rebosante de energía, el Sol, elevándose en el cielo de Levante, teñía el mundo, una atmósfera clara y fresca, con sus tonos dorados y rojizos.
Ligera con un delicado vestido azul marino, Kim Myong-oc, directora de la II Fábrica Textil, dejó atrás la marea humana y aceleró el paso. Casada y madre de dos hijxs, la mañana siempre era para ella el momento más ajetreado del día.
Su hija mayor, Un Hi, estaba en el cuarto curso de la Escuela Popular y se manejaba para ir a la escuela; el pequeño Kyong Su, por el contrario, precisaba la mano de un adulto y alguna que otra diatriba.
Tampoco eran pocos los asuntos en los que Kim se tenía que preocupar por su marido, jefe de departamento en la Universidad Agrícola. Así, era difícil tener un día tranquilo. Además, la II Fábrica Textil, de la cual era responsable, contaba, como las otras plantas, con varios cientos de máquinas y de empleadxs. Aunque había muchos puestos distintos, se puede decir que todas, al final, estaban para el mismo fin: la producción de tejidos. Las telas eran el producto final que la fábrica tenía que presentar ante el país.
Kim Myong-oc se había desempeñado doce años como tejedora en la fábrica, cinco de los cuales había compaginado el trabajo con el estudio en la Universidad de Industrias Ligeras y, desde su graduación, había ocupado el puesto de directora de la fábrica. Se casó durante sus estudios, tuvo y sacó adelante a lxs dos hijxs. Su vida nunca había estado exenta de mucho ajetreo, pero, después de colocarse como directora de la fábrica, la importancia del puesto le hizo estar siempre aún más ocupada y con una mayor carga de responsabilidad sobre sus hombros.
Rostro delgado, tez blanca y algo arrebolada, cabello negro y abundante, Kim tenía algo femenino, pero su mirada intensa reforzaba la impresión fuerte y directa que causaba su carácter. No solo el ingeniero jefe y el contable que compartían oficina con ella, sino también lxs jefxs de fábrica de los otros turnos, a quienes veía a diario, le dispensaban un trato en el cual, más que su condición femenina, pesaba el hecho de ser esa jefa todo el día abstraída en las máquinas y en la producción. Su vida familiar era diferente pero, de cuando en cuando, sentía lástima de no poder pasar más tiempo velando por su marido e hijxs.
Aquella mañana no fue una excepción. Estaba atareada preparando la mesa para el desayuno cuando su marido, desde la habitación de abajo, le preguntó con voz potente:
– Cariño, ¿dónde están las camisas blancas?
– Las he lavado, están tendidas. ¿Por qué?
Él parecía hurgar en el armario sin éxito. Nervioso, gritó:
– ¿Dónde dices que están? Ven y búscamelas.
Secándose las manos con el delantal, Kim, inconscientemente, masculló:
– ¿Por qué quieres una camisa blanca hoy de repente?
– ¿Por qué va a ser? Porque me tengo que poner una. Hoy defienden la tesis los estudiantes del último curso…
La voz del marido ya no sonaba agradable. Kim le encontró una camisa blanca, pero estaba arrugada y necesitaba un planchado. Enojado, el marido indicó a su hija:
– Un Hi, enchufa la plancha.
Y, saliendo al paso de su mujer, que venía de la cocina con agua para la plancha, le comentó:
– Querida, sé que el trabajo te mantiene muy ocupada, pero la ropa que necesito tiene que estar lista. Es algo básico.
En vano intentó Myong-oc aguantar; la respuesta le salió sola:
– Fallo por mi parte, pero ¿no tendrías que habérmelo dicho anoche?
Aquello desató el enojo del marido:
– ¿Te lo tengo que decir todos los días? ¿No lo sabes tú?
Dicho esto, pareció acudir a su mente un pensamiento y, tomando el cable de la plancha que había enchufado Un Hi, tiró del enchufe, se puso la camisa gris claro que llevaba siempre y, sin corbata, salió.
Una vez que el marido hubo salido a la calle con su maletín, Kim exhaló un suspiro y, abstraída, quedó en pie en la cocina.
Se preguntó si no sería conveniente dejar el trabajo de directora de planta y solicitar el traslado a otro puesto más tranquilo. Pensó que ponerse nervioso sería algo inevitable para su marido, pues siempre le tocaba coger la plancha y, a veces, hasta intervenir en la cocina. Y ya no era solo profesor, ahora era jefe de departamento, pero no por ello podía Kim descuidar un trabajo tan importante como el de directora de fábrica.
Incapaz de sosegarse por estar inmersa en esta maraña de pensamientos, apretó el paso en dirección a la planta, constantemente preocupada por la indumentaria de su marido en la defensa de tesis de sus alumnos. No la abandonaban la sensación de culpa hacia él ni la idea de que la gente la estaría vilipendiando.
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Tras cambiarse de ropa, Kim salió de la oficina para llevar a cabo la primera tarea de todas las mañanas, dar una vuelta por la zona de trabajo.
La sala era enorme y había en ella cientos de máquinas confeccionando tela. Con el traqueteo uniforme de los telares, el constante trasiego de operarixs y mecánicxs entre las máquinas, aquella mañana la sala de trabajo mantenía el mismo dinamismo de siempre. Nada más entrar, desaparecieron de la mente de Kim el desagradable incidente de casa, su desasosiego interno y el sentimiento de culpa hacia su marido. Nuevamente, sintió todo el cuerpo en tensión. Pasando junto a lxs operarixs y a lxs mecánicxs, dio una vuelta completa a aquel vasto espacio.
Las telas producidas en el turno de noche parecían montañas apiladas en cada carrito y también eran numerosos los montones caídos a los pies de las máquinas. Sin embargo, de las máquinas que aquella mañana entraban en producción de una tela de sarga como producto de prueba, la 396, la 421 y la 522 estaban detenidas, pues no se les había podido sustituir el cuadro transversal. Según le dijeron, no habían llegado todas las piezas que necesitaban para el nuevo producto.
A toda prisa, la directora Myong-oc dirigió sus pasos a la oficina, donde la esperaban el ingeniero jefe y el contable. Tras intercambiar con ellos los correspondientes saludos, se sentó ante su escritorio y preguntó:
– Compañero ingeniero, dicen que no han llegado las piezas para el tejido nuevo. ¿Ha preguntado en el departamento de Suministros?
– Sí, aún no hay ninguna hecha…– respondió Yun Yong Sob con vacilación, en consonancia con la impresión de despiste que daba. El ingeniero Yun llegó a la fábrica el otoño anterior, tras graduarse en la Universidad de Industrias Ligeras, trabajó temporalmente en la sala de preparación tecnológica y, recientemente, había pasado a ocupar la posición de ingeniero jefe en planta.
– Y ¿cuánto tendremos que esperar con las plataformas ahí puestas?-- La mirada intensa y directa de Kim Myong-oc reflejaba su insatisfacción.
– En el turno de tarde dicen que devolverán las máquinas– explicó el ingeniero, turbado como si el asunto fuese culpa suya–. Les he dicho que lo hagan enseguida.
Sin darse cuenta, la voz de Kim se volvió punzante:
– ¿Cree que los de Suministros se sentirán acuciados por decirles eso? ¿Hay algo para lo que no tenga excusas…? Compañero ingeniero, debe saber esto: tanto Suministros como Reparaciones dicen que trabajan para Producción, pero, cuando hay un problema, no les afecta a ellxs. Igual que quien tiene sed es el que hace el pozo, nosotrxs tenemos que acuciar y meter prisa a quien haga falta y trabajar rápido.
Sin respuesta, el joven ingeniero ocupaba su asiento con el rostro arrebolado.
– Compañero- prosiguió Kim, bajando levemente la voz, –las máquinas con las que vamos a hacer el nuevo tejido hay que ponerlas en producción cuanto antes y como sea. Yo también voy a hablar con Suministros.
– Sí, directora– convino Yun en voz baja, antes de levantarse y salir.
Kim Myong-oc suspiró. Le gustaría que el ingeniero jefe fuese un poco más avispado, que tuviera más iniciativa y capacidad de esfuerzo. Pidió al contable las cifras de producción del turno de tarde del día anterior y, tomando el teléfono, llamó al equipo de Suministros, donde atendió el jefe de la sección.
– Buenos días, soy la directora de la Fábrica Textil II. Le llamaba porque aún no han llegado todas las piezas para las máquinas que tienen que entrar en pruebas de producción del nuevo tejido.
– Estamos al tanto, directora– respondió, en un tono brusco y frío, el jefe de Suministros, que ocupaba su posición desde los tiempos en que Kim Myong-oc trabajaba como operaria.
– Comañero jefe de Suministros- replicó Kim, esforzándose por mantener la serenidad–, ¿cuándo nos van a enviar esas piezas?
–Para el turno de tarde.
Los nervios hicieron presa de Kim, cuya voz se elevó nuevamente:
– Compañero, usted sabe todo el tejido que se deja de producir cuando una máquina se queda un turno parada, ¿verdad?
– Asumo la responsabilidad, directora.
Ante la irresponsable respuesta del jefe de Suministros, Kim no pudo reprimir una risa irónica.
– Compañero, el problema no es que usted se responsabilice o no. Se trata de que, si nos dormimos en los laureles, la tela que tenemos que entregarle al pueblo no estará lista.
El jefe de Suministros se mostró súbitamente enojado:
– Yo eso no lo sé, directora. Si nos cambian de una vez las estructuras del tejido, ¿qué podemos hacer nosotrxs? No sean impacientes y esperen un poco, por favor.
– Compañero, nosotrxs somos lxs que tienen que producir la tela. Tenemos que ser impacientes. Les voy a mandar al compañero ingeniero jefe.
– Pues vengan a ver. Nos estamos apresurando con las cinco máquinas, pero vengan– concedió el jefe de Suministros, en tono de lamento y resignación.
Haciéndose el firme propósito de exponer la situación directamente y con dureza en la reunión de directores que tendría lugar a las diez en cada sección de la fábrica, Kim Myong-oc devolvió el auricular a su emplazamiento.
A esa hora, los encargados de sección terminaban su turno y, con los libros de registro de operaciones, se dirigieron a la oficina.
Kim recibió del encargado del turno de noche, Cho Song Man, los libros de registro de operaciones de la maquinaria, de producción, de entradas y salidas de lxs trabajadorxs. En ellos, captó su atención el hecho de que Han Tan Shil, operaria de varias máquinas, llevara dos días sin acudir a la fábrica.
– Compañero encargado, ¿sabemos por qué Tan Shil no está viniendo a trabajar?
Fiel a su mal temperamento, el encargado Cho respondió con voz de fastidio:
– Tiene al niño enfermo, están en el hospital.
– ¿Cómo? ¿Qué le pasa?- preguntó Kim en tono apremiante. Era la primera noticia que tenía.
– Qué sé yo, los críos se enferman con nada– seguía en Cho el mismo tono de descontento.
“Tan Shil está en el hospital”, apuntó Kim en el libro de proyectos, pensando que debería ir a verla. Apenas levantó la vista del registro, el encargado Cho, como si hubiera estado esperando, le dijo:
– Directora, ¿no cree que a las trabajadoras que tienen niñxs pequeñxs, como Tan Shil, habría que destinarlas provisionalmente a la Sección de Apoyo? Siempre están faltando porque tienen a los críos malos, o los tienen que dejar en la guardería, ¿cómo van a hacer bien su trabajo?
Kim Myong-oc era consciente de que bastaba que en un equipo hubiera dos o tres mujeres con niñxs pequeñxs para que la producción cayera, los jefes de equipo se mostraran descontentos y para los encargados también fuese un quebradero de cabeza. Sin embargo, no podía aceptar la propuesta de Cho.
– Compañero, está usted equivocado. Las mujeres jóvenes lo normal es que se casen; en una fábrica textil, poner a las madres con niñxs pequeñxs en la Sección de Apoyo supone quitar de su sección a trabajadoras de alto rendimiento, que pueden trabajar con varias máquinas, y comprenderá que eso no puede ser. Precisamente, estamos aumentando las máquinas; necesitamos más trabajadorxs cualificadxs.
– Pues es lo que están haciendo en otras secciones- replicó Cho, como dando lástima.
– No sé si lo harán o no en otras secciones, yo no lo voy a hacer. Tendrá usted que cambiar ese planteamiento sobre las madres jóvenes– dijo Kim con dureza.
Kim Myong-oc no quería que los encargados del turno de mañana pensaran de aquella forma. Probablemente por eso, el encargado del turno de mañana, que no llevaba mucho tiempo en su puesto, ya no decía nada al respecto.
– Pues, en este plan– se aventuró a replicar Cho, como no pudiendo reprimir la respuesta–,Tan Shil acabará dejando la fábrica.
– ¿Que va a dejar la fábrica? ¿Quién ha dicho eso? –preguntó Kim, sorprendida.
– Es lo que se rumorea en el equipo de trabajo… –replicó Cho Song Nam.
Una vez terminado el informe del cambio de turno, los encargados se dirigieron a las salas de trabajo y Kim se mantuvo unos instantes sentada, sumida en sus pensamientos. Por más vueltas que le daba, no comprendía aquello de que Tan Shil fuese a dejar la planta. Cobró más fuerza en ella la idea de que tenía que acudir a verla.
Solo el apremiante timbre del teléfono sacó a Kim de su abstracción. Era el aviso sobre la reunión de directores de las diez. Tras colgar el teléfono, miró el reloj. Con el libro de proyectos, salió enseguida.
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Aún al mediodía, el bus urbano que cubría el trayecto entre el Distrito Industrial y Deson-dong iba repleto de pasajerxs. Kim Myong-oc pasó por su casa, donde almorzó rápidamente antes de dirigirse al cruce del Distrito Industrial. Apenas comenzaba el verano, pero el calor era muy intenso durante el día.
Al ver que, huyendo del calor, todos los transeúntes caminaban por la sombra, Kim reparó en que su vestimenta era demasiado oscura para aquel tiempo. Justo entonces llegaba a la parada aquel voluminoso bus, procedente del centro. Cuando, mezclándose con el gentío, Kim subió al vehículo, sus pensamientos regresaron a un punto anterior. Se preguntó qué mal aquejaría al hijo de Tan Shil, si sería cierto que había dicho que dejaría la fábrica por su niño. La idea suscitaba su curiosidad y, al mismo tiempo, le causaba desasosiego. Desde antes de casarse, Han Tan Shil era célebre como operaria a los mandos de varias máquinas, una trabajadora muy apreciada en toda la fábrica. También Kim, como directora, se enorgullecía siempre de contar con una operaria de tan alto rendimiento.
En el pasillo, era fuerte el olor a desinfectante propio del hospital. Con el niño en brazos, Tan Shil regresaba de la cafetería y, reconociendo a Kim, fue a saludarla:
– Ay, madre, directora Kim, ¿cómo es que ha venido? Con lo liada que estará…
– Me dijeron que tu niño estaba ingresado, tenía que venir–, explicó Kim y, tomando la mano del bebé, le preguntó, como si este entendiera: Yong Ho, ¿qué te pasa?
El niño, que no tenía ni un año, estaba un poco pálido, pero su forma de reír no era la de un niño enfermo.
– Que me han dicho que estabas malito, pero no lo pareces…- dijo Kim, también con una espontánea sonrisa.
Kim y Tan Shil, con el niño en brazos, siguieron caminando.
– ¿Qué le pasa? –, preguntó Kim.
– Lleva desde anteayer con una indigestión. Nos vinimos ayer por la tarde porque le subió mucho la fiebre. Han estado toda la noche en observación y se ha puesto mejor hace nada. Enseguida nos darán el alta.
– No te precipites con lo del alta. Que lo tengan en observación hasta que digan que está bien del todo.
Situada al sol, la sala de ingresos, que constaba de cuatro camas, era cálida y luminosa. Sentándose en la cama de Tan Shil, que estaba junto a la ventana, Kim tomó al niño en brazos.
– ¡Vaya susto que le has dado a tu mamá! –y añadió: Bueno, estas cosas siempre pasan con el primero. Cualquier cosita que tengan parece mucho más.
Sentándose frente a ella, Tan Shil también sonrió .
– Ay, no sabe lo asustada que estaba ayer. Cuando me dijo el médico de cabecera que había que ingresarlo, eché a correr hacia acá. Lo tuvieron toda la noche con el goteo, por la mañana le había bajado la fiebre y se le había cortado la diarrea.
– Te digo que con el primer crío son cosas normales. Bueno, que sigan con el tratamiento hasta que haga falta–insistió Kim, con una sonrisa y gesto despreocupado–. Oye, Tan Shil, te tengo que preguntar una cosa. Me han dicho que vas a dejar la fábrica, ¿cómo es eso?
Tan Shil, en cuyo rostro se dibujó una sonrisa de turbación, tardó en responder y lo hizo con dificultad:
– Dice el papá de Yong Ho que lo deje…
– ¿Tu marido? – replicó Kim, sorprendida. Hasta hacía unos instantes, albergaba la esperanza de que el rumor no fuese cierto.
Eludiendo la mirada de Kim, Tan Shil bajó la suya.
– ¿Y tú cómo lo ves? ¿Vas a dejar el trabajo tal como te dice tu marido?
Exhalando un suspiro, Tan Shil respondió con vacilación:
– No sé qué será lo mejor…
– Tan Shil, tú manejas varias máquinas. En un día, haces cuatrocientos metros de tela. Si dejas eso, ¿qué vas a hacer en casa? ¿Qué quieres, colgarte de tu marido y vivir plácidamente? Estos días, aquello es un hervidero con lo del aumento de la producción. ¿Cómo piensas así, compañera, tú que eres el orgullo de la fábrica? Voy a tener que hablar con tu marido.
Tan Shil alzó nuevamente la cabeza y, mirando a Kim, le dijo como implorando:
– Compañera directora, por una parte es mi marido, pero yo también, si no lo cuido bien… Se puede romper la armonía en casa y sería muy triste…
De súbito, acudió a la memoria de Kim Myong-oc el incidente acontecido en su casa aquella mañana. “¿No estuve pensando yo esta mañana dejar mi trabajo de directora y cambiarme a otro más tranquilo?”, se dijo, bajando la voz, “y ahora esto de Tan Shil.”
– Compañera Tan Shil–le dijo—, entiendo muy bien cómo te sientes. Yo también me he planteado más de una vez, y más de dos, dejar el trabajo de directora y buscar otro más sencillo. Pero, si nos buscamos un trabajo fácil y vivimos de nuestros maridos, ¿qué clase de vida sería esa? Piénsalo bien… Bueno, yo me voy, que tengo mucho lío.
Kim colocó nuevamente al bebé en brazos de su madre y se puso en pie. Le quedó la sensación de que no le había dicho a Tan Shil todo lo que debería, pero en aquel momento no se le ocurrió nada más. Cuando salieron del hospital, Tan Shil, que, por el momento, no había dado respuesta alguna, dijo al fin en voz baja:
– Compañera directora, hasta ahora no me he imaginado cómo sería mi vida tras dejar el trabajo. No sé qué aliciente podría tener mi vida fuera de la fábrica. Estoy al tanto. Pero…– comenzó a decir, cortando la frase bruscamente.
– ¿Y no será que eso tu marido no lo entiende? –le preguntó Kimm, mirándola con serenidad.
– No es eso– replicó Tan Shil–. Tampoco es que me haya insistido mucho en que deje la fábrica. Solo me dice que lo deje por un tiempo, hasta que el crío crezca…
– ¿Y tú cómo lo ves?
Tan Shil agachó la cabeza y guardó un silencio que resultó muy esclarecedor para Kim.
– Tan Shil, ¿no crees que esto, más que de nuestros maridos, es un problema nuestro como mujeres? Mientras llevemos la casa con tesón y saquemos a nuestros hijxs adelante, ¿qué marido no querría tener a su lado a trabajadoras tan cualificadas e innovadoras como nosotras? Por nuestra parte, rendirnos a la primera dificultad y pensar en dejar la fábrica, ¿no te parece de tener una voluntad muy débil? Tú no eres así…
Tan Shil alzó el rostro, en el que se dibujó una sonrisa de rubor.
– Compañera directora, no se angustie tanto. Lo pensaré.
– Piénsalo bien– dijo Kim, sonriendo también–. Que vaya bien el tratamiento.
De camino a la parada de bus, el paso de Kim Myong-oc no fue ligero. No era nada fácil trabajar en la fábrica, producir aquellos tejidos, teniendo una familia, siendo madres. Hasta las trabajadoras altamente cualificadas, como la compañera Tan Shil, tras casarse y tener hijxs, se planteaban dejar el trabajo… Por ello, junto con una voluntad firme por parte de la mujer, se necesitaba la comprensión y el apoyo activo de los maridos. Solo con la complicidad y la colaboración entre camaradas que trabajan por el bien del país y del pueblo se podían vencer los puntos frágiles de la mujer y salir adelante… Se hizo el firme propósito de sacar tiempo para hacer una visita al marido de Tan Shil, que trabajaba en una fábrica de maquinaria.
A su regreso a la fábrica, Kim entró en la oficina, donde encontró al ingeniero jefe y al contable, trabajando cada uno en su escritorio, frente a frente. Se puso la ropa del trabajo y preguntó al ingeniero jefe:
– ¿Todo en orden?
– La 396 y la 421 han entrado en producción y la 522 está a punto, acaba de llegar la pieza.
– ¿Ah, sí? Buen trabajo.
No comentó nada más, pero el hecho de que el ingeniero jefe, de apariencia bondadosa, hubiera conseguido que le enviaran las piezas sin tardanza, le supuso un alivio. Salió enseguida a la zona de trabajo; tal como había dicho el ingeniero, las máquinas 396 y 421 ya habían entrado en la producción experimental del nuevo producto y se estaban apresurando a montar el marco de la 522.
En la 522, Kim comenzó un paseo de inspección a toda la zona de trabajo. Lxs tejedorxs caminaban rápido y también se desarrollaba a buen ritmo el trabajo de lxs técnicxs de mantenimiento. Por otra parte, los fardos de tela nueva se cargaban en los carros para transportarlos a la sección de acabado. Si todos los turnos trabajaban así de bien, se dijo, hasta se podrían llevar a cabo los planes de aumento de producción.
Con estos pensamientos iba haciendo la ronda cuando sus pasos se detuvieron ante una máquina en particular. El técnico de mantenimiento Kim Jong Nam y la tejedora Ho Son-e, ambxs trabajadorxs muy cualificadxs y sobresalientes, se encontraban discutiendo.
Aunque el ruido de las máquinas impedía oír lo que decían, la expresión enojada de sus rostros dejaba claro que se trataba de una riña.
Kim se les acercó y, en voz alta, les preguntó:
– ¿Qué ocurre?
Lxs dos miraron fugazmente a la directora y permanecieron en silencio. Con el rostro arrebolado, Ho Son-e regresó a su máquina. Pensando que la conversación no podría desarrollarse con normalidad en la zona de trabajo, Kim Myong-oc tomó a Kim Jong Nam de la mano y le dijo:
– Vamos a la oficina y me explica lo que ocurre.
En actitud humilde, Kim Jong Nam siguió a la directora. Una vez en la oficina, y antes de que Kim Myong-oc pudiera tomar asiento, el técnico de mantenimiento ya había planteado el problema:
– Compañera directora, querría cambiar de turno.
– ¿Cambiar de turno? ¿Por qué?
– Cámbieme, por favor. En este turno no puedo trabajar.– insistió el técnico, en actitud resuelta y con una mirada un tanto extraña.
– Los cambios de turno hay que consultarlos. Hay que ver qué opina el compañero encargado. ¿Por qué discutía con Son-e?
– Lxs operarixs no solo tienen que producir tela, también tienen que llevar un mantenimiento de las máquinas, ¿no cree? Por eso discutíamos.
– Está usted en lo cierto, compañero Jong Nam. Lxs tejedorxs tienen que hacer un mantenimiento de las máquinas como si fueran suyas. Pero eso se puede razonar, no hay necesidad de discutir. Se lo diré yo también a Son-e.
Justo entonces, llegaba la oficina el encargado del turno de mañana para ver al ingeniero jefe. Al ver al encargado de su turno, Jong Nam se dio la vuelta enseguida y regresó a la zona de trabajo.
El encargado del turno consultó al ingeniero jefe las normas concretas de la producción experimental del nuevo tejido y se disponía a salir de la oficina cuando Kim Myong-oc lo llamó:
– Compañero encargado, estaba aquí con Jong Nam para hablar de la discusión que tenía con Son-e y, de buenas a primeras, me ha pedido que le cambie de turno. ¿Qué ha ocurrido?
Ubicando enseguida el problema, el encargado asintió.
– Esxs compañerxs tuvieron una relación amorosa y últimamente se dice que los padres de Son-e la quieren casar, creo que en Dong Chon y, desde entonces, se ponen a discutir a la mínima.
– ¿Cómo? ¿Que Son-e se va a casar en Dong Chon? – replicó Kim Myong-oc, sorprendida y repitiendo la pregunta al encargado.
– Por ahora no se sabe muy bien.
– Cuando acabe el turno, dígale a Son-e que venga a verme.
El encargado salió y Kim Myong-oc permaneció sentada en su sitio. Formar a una trabajadora cualificada como Son-e llevaba al menos 5 ó 6 años. Por otra parte, Jong Nam, que estudiaba ingeniería en la universidad, también apuntaba alto y era un joven entusiasta, un buen compañero. ¿Por qué rechazarlo y casarse en Dong Chon…? Tenía que hablar con Son-e.
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Era inminente la hora del cambio del turno de mañana al de tarde. Quedaba una hora para sumar la producción de cada turno y la total del día. Como cada jornada, el contable recibió los datos de producción de manos de lxs trabajadorxs del registro. De regreso a la oficina, y con una mirada que reflejaba cierto desasosiego, le dijo a Kim Myong-oc:
– Compañera directora, para cumplir con los planes del turno de mañana quedan aún trescientos metros; vamos a tener mucha presión…
Kim Myong-oc asintió. Aquello entraba en lo normal; cuando se cambiaba la textura del tejido a producir, lxs operarixs no muy cualificadxs trabajaban más lentamente.
Sin embargo Kim, como directora, no podía pasarlo por alto. Para ella, el desarrollo de los planes era la norma a seguir, un reflejo de su conciencia y lealtad al Partido. Pasara lo que pasara, tenían que sacar de las máquinas esos trescientos metros en una hora.
– Compañero– le dijo, levantándose de su asiento–, de todas las máquinas a las que les quedan diez metros, tomemos solo treinta y concentremos en ellas la producción. De aquí a una hora, hay que enviar trescientos metros a Acabado. Encárguese usted de los equipos 1 a 5, yo me ocuparé del resto.
Sin decir nada, el ingeniero jefe se levantó y salieron lxs dos de la oficina. Al cabo de unos instantes, habían elegido treinta máquinas, a cuyos mandos colocaron a operarixs de alta cualificación. Tanto Kim como el ingeniero jefe permanecieron en la zona de trabajo, ayudando a lxs operarixs de producción y de mantenimiento.
Así fue como, antes incluso de la hora, los montones de tela comenzaron a caer de las máquinas.
Tomando directamente un fardo de tela, la directora se encaminó a la sección de Acabado. El tiempo transcurría muy rápido y aumentaron el número de metros de tela. Cuando el ingeniero jefe colocó en la medidora de la sección de Acabado el último fardo salido de las treinta máquinas, el empleado de Registro, que hasta aquel momento se encontraba en vilo, gritó:
– ¡Compañera directora, trescientos cincuenta y seis metros!
– Buen trabajo, compañero- dijo Kim Myong-oc, exhalando un suspiro de alivio y girándose hacia el ingeniero jefe.
A las cinco de la tarde, terminado el cambio de turno, se sumó toda la producción del día. El contable dispuso sobre la mesa de la directora el informe, que reflejaba una producción superior a la prevista. Tras echarle un vistazo, Kim se encontraba apuntando en el libro de proyectos cuestiones a tratar en la reunión de asesorxs para la suma de la producción, tan absorta que no se dio cuenta de que se abrió la puerta de la oficina y entró la operaria Ho Son-e.
– Compañera directora, ¿me buscaba?- dijo Son-e, acercándose al escritorio de Kim, que solo entonces alzó la vista del documento. Son-e, que se había puesto un conjunto azul celeste y se preparaba para salir del trabajo, le pareció a Kim más alta y esbelta que de costumbre. Aquella joven siempre transmitía una imagen fresca y dinámica.
– Compañera–le preguntó Kim, que hasta un instante antes no recordaba haberla llamado–, ¿es cierto que te vas a casar en Dok Chon por voluntad de tus padres?
La pregunta de Kim, directa como un dardo, causó rubor en el rostro de la joven, en cuya mirada, sin embargo, se dibujó la sonrisa de quien acaba de escuchar algo descabellado.
– No, compañera directora–explicó–, le dije a mis padres que no quiero. ¿Por qué tendría que irme a Dok Chon, dejando atrás el lugar donde nací y me crié…?
– Entonces, ¿qué te pasa con el compañero Jong Nam? Si es un muchacho bueno y entusiasta…Y de aquí a dos años será ingeniero…
– ¿Qué cree que le he dicho? – replicó Son-e–. Soy yo quien tiene que estar molesta. Viendo la señal de que mi máquina estaba averiada, siguió caminando como si tal cosa. ¿Cómo no me voy a enfadar?
Como cuando sale el Sol en un cielo que estaba nublado, la preocupación que albergaba Kim Myong-oc se disipó en un momento:
– Entonces, las quejas de Jong Nam no tenían fundamento. Hasta me pidió que lo cambiara de turno…
– ¿Cómo? ¿Que lo cambie de turno? ¡Qué absurdo…! –la sonrisa se borró del rostro de Son-e.
– Pues ya está– cerró Kim, con una expresión de júbilo en el rostro–. Mañana hablaré otra vez con el compañero Jong Nam, todo quedará en orden. Estarás cansada, vete a casa.
– Yo también voy a hablar con él. No sabía que fuese tan cerrado de mente.
Con timidez, Son-e ya se disponía a salir cuando Kim la detuvo:
– Son-e, no es que sea cerrado de mente, son los malentendidos propios de las parejas. No vayas a tener una bronca con él por cosas pequeñas. Es un buen compañero.
– Ya lo sé, compañera directora– convino Son-e, con una sonrisa como si nunca hubiera estado enojada.
Viendo a Son-e salir de la oficina, el rostro de Myong-oc, por primera vez en todo el día, reflejó una sonrisa de sosiego.
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Ya oscurecía cuando concluyó la reunión de asesorxs para la suma de la producción diaria. Kim Myong-oc salió de la oficina de ingenierxs y retornó a la fábrica con presteza. Aquella noche se celebraba la boda de Kim Song Chol, técnico de reparación y militar licenciado, y la directora no podía faltar por muy atareada que estuviera.
Por otra parte, Kim Song Chol era hijo del anciano Dok Be, que trabajaba en el Servicio de Provisiones. Licenciado en el Ejército el año anterior, fue destinado como técnico de mantenimiento, puesto que llevaba desempeñando más de seis meses y era muy apreciado por sus compañerxs por su entusiasmo, constancia y rapidez en la adquisición de destrezas, además de por su carácter honrado.
Kim Myong-oc entró en la oficina y el contable, que al parecer la estaba esperando, le dijo:
– Compañera directora, dicen que no lleguemos tarde a la ceremonia. Han estado esperando con el compañer encargado y al final se han ido.
Entonces Kim Myong-oc recordó que, por la tarde, había encargado al contable el regalo para la boda.
– Compañero contable, ¿qué hay del regalo?
– Lo he comprado en la fábrica de la tienda, directora– indicó el contable, sacando de una caja metálica un reloj de mesa de extraña hechura, de tipo artesanal y una curiosa artesanía para colgar en la pared que representaba a Li Doryong y a Song Chunhyang.
– ¡Qué buenos regalos!– exclamó la directora al verlos–. Los envolvemos y salimos.
El ingeniero jefe tenía tareas que hacer en el turno de tarde y se quedó en la fábrica. A la ceremonia fueron la directora y el contable.
Cuando hubieron envuelto los regalos, salieron de la fábrica con los paquetitos.
En mitad del cielo flotaba una Luna redonda y sin una nube, pero su brillo se veía deslucido por la intensa luz de las farolas y de las ventanas de las altas torres de apartamentos.
Caminando a buen ritmo, lxs dos dejaron atrás la zona de residencias de la fábrica y llegaron al cruce del distrito industrial.
Kim Myong-oc detuvo sus pasos al cruzarse en su mente la idea de pasar brevemente por casa y preparar la cena de lxs niñxs.
– Compañero contable, adelántese con los regalos. Yo voy a preparar aunque sea un kuksu a lxs críxs.
Dicho esto, dio media vuelta y corrió a casa. Subió al segundo piso, abrió la puerta y, desde el recibidor, llamó con voz potente:
– ¡Unhi!
– Sí, mamá– recibió a su madre la niña, de diez años, asomando detrás de la cocina con un cuchillo de cocina en la mano.
– ¿Qué haces, hija? – preguntó Kim, con los ojos muy abiertos de la sorpresa.
– Estoy cortando cebolletas– respondió la niña, orgullosa.
– ¿Qué?
– Me lo ha dicho papá.
– ¿Papá está aquí?
– Sí, está en el baño, lavando a Kyong Su.
Para Kim, resultó extraño que su marido hubiera regresado a casa tan temprano. Acudió nuevamente a ella lo ocurrido por la mañana y se sintió culpable para con él. En el dormitorio, cuya puerta estaba abierta, se encontraban las mochilas y libros ilustrados de lxs niñxs, tirados de cualquier manera. Kim se apresuró a quitarse los zapatos y entró en el cuarto, que ordenó superficialmente.
En el trabajo, Kim era directora de una fábrica textil, con cientos de trabajadorxs y que producía decenas de miles de metros de tela al día, pero, al llegar a casa, era ama de casa, esposa y madre.
Solo después de haber ordenado la habitación, Kim abrió la puerta y accedió al baño, donde, tal como le había dicho su hija, su marido estaba lavando la cara al pequeño Kyong Su. Con la cara llena de jabón, el niño gritó orgulloso:
– ¡Mamá, he ganado a Chol Nam!
– Estate quieto. Aclárate la cara y ahora se lo cuentas– lo reprendió el padre, girándole la cabeza.
– ¿Cómo es que has vuelto tan pronto? – preguntó Kim a su marido.
– A veces vuelto pronto– respondió él–. Acaba de estar aquí el señor Dok Be, estaba apenado porque no habías ido al banquete de boda de su hijo.
– Iba ahora hacia allí– replicó Kim–, en cuanto preparara la cena de lxs críxs.
– Un Hi está preparando el kuksu. Desde ahora, lo de la cena se lo puedes dejar a ella. Se le da bastante bien.
– ¿Ah, sí? Pues ya está.
Contenta, Kim Myong-oc salió del baño y entró en la cocina, donde repartió en distintos cuencos el kuksu que había preparado la niña y preparó el caldo.
Tras terminar de bañar al niño, su marido salió del baño y, como regañando a Kim, la apremió:
– Cariño, vete ya. Eres la directora de la fábrica; ha venido el anciano a buscarte y todo. Las cosas de casa déjanoslas a lxs que estamos aquí.
Con aquellas palabras, su marido le recordó sus compromisos como directora. Llevada por su espíritu honrado, solo quería aligerar un poco la carga de trabajo a su marido e hija.
Aliviada, dejó las tareas y, en el dormitorio, se puso un hanbok verde intenso.
Saliendo de casa, no dejaba de pensar en la actitud comprensiva y generosa de su marido, en su corazón honrado. Se preguntó si los seis años que llevaba trabajando como directora de la fábrica no habían sido posibles, también, gracias a aquella comprensión por parte de su marido y a su ayuda activa. A veces, le causaba nervios e irritación, pero eran excepciones y no la norma. Él se preocupaba porque ella no tuviera la menor insatisfacción con la producción en la fábrica, como directora, ni con el trato con las personas.
Sus sentimientos de aquella mañana ya se habían disipado y, vistos en retrospectiva, le parecían una señal de debilidad. Tal vez por eso, quiso creer que también el marido de Tan Shil comprendería a su mujer y le brindaría su ayuda.
El salón de ceremonias estaba en la primera planta de un edificio alto, ubicado en la zona residencial de las fábricas textiles, no lejos de la vivienda de Kim.
Abrió la puerta y accedió al recibidor. Lxs invitadxs parecían llevar ya un rato bebiendo, pues del interior salían voces como achispadas. La madre de Song Chol, que estaba trabajando en la cocina, reconoció a la directora y, accediendo a la estancia principal, dijo en voz alta:
– Por fin está aquí. Song Chol, ha llegado la directora.
Entonces salió el señor Dok Be, en cuyo rostro arrugado lucía una sonrisa de felicidad.
– Estaba renegando porque no venía usted…
– Señor Dok Be, qué día tan feliz para usted. Le felicito– le dijo Kim, inclinándose. Muy emocionado, Dok Be tomó su mano.
– Muchas gracias por venir. Sé que tiene usted mucho trabajo.
Salió de la estancia principal Song Chol, ataviado con el traje nupcial, alto y delgado, con muy buena estampa.
– Compañera directora, bienvenida. Gracias por venir.
Tras felicitar a Song Chol, y precedida por Dok Be, accedió a la sala principal, una estancia amplia donde había bastante gente sentada frente a la mesa de lxs novixs. Todxs lxs invitadxs eran trabajadorxs de la fábrica.
Entre ellxs, sentados unx frente a otrx, se encontraba el técnico de reparación Kim Jong Nam y la operaria Ho Son-e, lxs que habían mantenido la riña en la fábrica. Reconociéndolxs enseguida, Kim se dijo que ya no sería necesario para ella reunirse con Jong Nam.
Sobre la mesa donde estaba la gente de la fábrica, había gran variedad de comida, refrescos y vasos de plástico. Cuando entró Kim, todxs la miraron llenxs de alegría y ella correspondió a sus saludos. Guiada por el señor Dok Be, se sentó junto a varios hombres de edad.
Una vez sentada, Kim observó con detalle la mesa de lxs novixs. La novia, con un elegante hanbok de color rojizo, estaba muy guapa y también Song Chol, aquel día, ofrecía muy buen aspecto. Feliz, y mirando a su alrededor, Kim Myong-oc se dirigió a lxs presentes:
– Camaradas, propongo un brindis en honor a lxs novixs.
Todo el mundo pareció brillar al brindar por la felicidad de lxs desposadxs. A continuación, Kim llenó el vaso del señor Dok Be y volvió a felicitarlo por aquel día tan alegre.
Dok Be tomó el contenido del vaso que le ofrecía Kim Myong-oc y, sirviéndola a ella, le dijo:
– Directora, tómese un vaso conmigo. Usted a lo mejor lo ha olvidado; yo recuerdo cuando, siendo usted niña, salía de la escuela con la mochila al hombro y venía a la fábrica a buscar a su madre y yo siempre protestaba diciéndole “Myong-oc, ¿por qué vienes a la fábrica? Vete a casa”. Y aquella niña es hoy el pilar de la fábrica. Acepte este vaso que le ofrece aquel protestón.
Levantándose, Kim recibió el vaso que le había llenado Dok Be, en cuyo rostro brillaba la emoción de quien acaricia recuerdos imborrables.
– Gracias, señor Dok Be.
Con el vaso en la mano, y en un tono emotivo, le dijo:
– Yo también lo recuerdo muy bien. En aquella época, era usted el director de la fábrica donde trabajaba mi madre. Es verdad que protestaba usted, pero también veía mi cuaderno de la escuela, me acariciaba el pelo y me decía que era muy buena estudiante. Nunca olvidaré aquellos días.
Girándose hacia lxs recién casadxs, Kim, en voz alta y, mirando a lxs jóvenes, entusiasmadxs por su historia, agregó:
– Camaradas, tengo algo que decir a lxs jóvenes que han venido a acompañar a lxs novixs. Debéis conocer, y no olvidar, los días pasados del señor Dok Be y de las demás personas mayores que están aquí. Durante la guerra, construyeron un refugio antiaéreo en los montes y allí producían tela para uniformes militares. En medio de los escombros, se enfrentaron a todo tipo de adversidades y levantaron la fábrica. Desde entonces y aún hoy, vienen desarrollando la industria textil del país. Debemos recordar y respetar a todxs estxs directorxs, encargadxs, innovadorxs y trabajadorxs cualificadxs que, en su día, fueron el corazón y el pilar de la fábrica. Y, siguiendo su ejemplo, tenemos que seguir llevando la fábrica con fuerza y tesón y desarrollando más nuestra industria. Tenemos el honor y la responsabilidad de ser trabajadorxs de la industria textil, la que hace lucir más bello a todo el país; abracémoslo pues y saquemos una gran producción.
Embargada por una emoción desbordante, Kim hablaba como dando un potente discurso y sus palabras conectaban con la concurrencia. Lxs jóvenes dejaron los temas de conversación que lxs ocupaban y escucharon atentamente las palabras de la directora; lxs mayores, asintiendo, rememoraban aquellos días de su pasado, tan duros y, a la vez, tan llenos de sentido.
Terminado su discurso, Kim se sentó nuevamente. Justo entonces, llegaba el acordeonista del centro cívico de la fábrica. La concurrencia era todo gozo y algarabía. Todo el mundo cantaba y bailaba al ritmo del acordeón. Se entonaron numerosas canciones de felicidad, de recuerdos, de lucha y resistencia, cantos que celebraban un futuro lleno de esperanza. Todxs cantaban, lxs mayores y lxs jóvenes.
Alegre y animado todo el mundo en aquel banquete nupcial, que congregaba a toda la fábrica, el tiempo pasó sin darse cuenta. Todxs lxs participantes salieron de casa del señor Dok Be llenos de júbilo.
Kim Myong-oc fue caminando junto a lxs técnicos de mantenimiento y a lxs operarixs, que se dirigían a la zona residencial de la fábrica. Todxs la felicitaron por su alocución y les había parecido muy interesante oírla cantar por primera vez. Junto a todxs ellxs, Kim bromeaba y reía.
Tras despedirse de lxs trabajadorxs frente al bloque de casas donde vivía, Kim caminó lentamente y en solitario por las calles, ya muy aquietadas. Físicamente cansada, se mantenía intacta en ella la alegría compartida en el salón de bodas y en aquel paseo tan jubiloso que había compartido lxs trabajadorxs.
Repasó mentalmente aquel día tan lleno de actividad. Pero no solo aquel día había sido ajetreado; con su trabajo, todos los días eran intensos. Y cómo no iban a serlo, siendo la directora, al frente de cientos de personas, en aquella planta que cada día producía decenas de kilómetros de tela.
Tan intenso como aquel día había sido el anterior, y lo sería el siguiente. Pero, en medio de aquel ajetreo, sentía aquello que hacía de su vida algo valioso. Si trabajara en un puesto tranquilo, dedicándose simplemente a seguir a lxs demás, nunca podría gozar de aquella sensación de tener una vida plena.
Llena de aquel sentimiento de dicha que brotaba de su interior, contempló su bloque de viviendas desde la calle. Todas las ventanas estaban oscuras excepto las de su casa, en aquel segundo piso, donde brillaba una intensa luz.
Pensando en su marido, que estaría esperándola preparando sus clases o leyendo algún libro, sintió una alegría que le hizo apresurar el paso.

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