La desolación, relato de Oh Jung-hee (1976) 오정희의 단편소설 [적요]

 

Relato publicado en el número de febrero de 1976 de la revista literaria Munhak Sasang, posteriormente incluida en la edición de verano del mismo año de la revista estacional Munhak kwa Jisung.

Como siempre, me despertó el suave ruido de la llave al encajar y girar en la cerradura. Permanecí tumbado, inmóvil como una estatua, contemplando el nada satisfactorio panorama que ofrecía la ventana, por cuyo marco los rayos solares trepaban palmo a palmo, como las matas de campanillas, a la espera de los ruidos que debían producirse a continuación: el de unos pasos sigilosos sobre la tarima, el del grifo del agua. Cada mañana, al dar las ocho, la asistenta accedía a la vivienda con su copia de la llave. Tras hacerme el desayuno, limpiaba, preparaba kimchi, hacía la colada y todas estas cosas. Sin entretenerse, se marchaba a eso de las once, en cuanto terminaba las tareas. Antes de irse aquel día, subió a la azotea con una silla en la mano y, tras recorrer vanamente el lugar en busca de una sombra, exhaló un suspiro.

          – Abuelo- me dijo- aquí va a haber que poner algo para guarecerse del sol y, de paso, para cuando llueva. Si no, va a tener que estar siempre esperando que caiga la tarde… 

No le faltaba razón. Exceptuando la sombra arrugada que había a mis pies, no ofrecía aquella azotea ni un palmo a resguardo del sol. Hasta la pequeña sombra que, a duras penas, encontró junto a la chimenea desapareció antes, incluso, de que pudiera terminar de descender las escaleras, engullida por aquel sol que parecía en ebullición y que inundaba la azotea completa, que, como un espejo, devolvía los rayos. Se quitó la toalla que llevaba en la cabeza y que sacudió repetidamente en el aire. A continuación, se secó el sudor acumulado en la frente. Plomizo, yo me dejé caer en la silla, pegada a la chimenea, que también, como todo lo demás, abrasaba. 

  • Bueno, qué queremos; es verano…  

Se acercó hasta quedar, también, pegada a mi costado. Sentado yo y ella en pie, noté antes los movimientos de su redondeado vientre, disimulado por una delgada tela, que los cambios de su expresión facial. Esta vez no parecía dispuesta a marcharse. Rojo como un tomate, encendido, su rostro se había arrugado. Me quería decir algo y no encontraba el modo apropiado de hacerlo. Junto a mi hombro, su estómago subía y bajaba de un modo sutil y, al mismo tiempo, algo atropellado.

  • Échate un poco de agua fría, anda, para quitarte el sudor- le dije-. Y quédate a comer. Ya casi es hora…

              –     Se lo agradezco, pero no tengo tiempo- replicó, retorciendo la toalla que tenía en las manos y denotando que la situación le causaba cierto pesar. Y disparó: Abuelo, hoy es último de mes. Me dijo que me pagaría sin falta, ¿no se le habrá olvidado?

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Era lo que había intuido. Me había comprometido a pagarle aquel día y llevaba ya una quincena esperando sus honorarios. Sin decir palabra, hundí una mano en mi cabello. Saqué un pegote de caspa, un pegajoso grumo de grasa y mis dedos salieron impregnados en sangre.

  • Para  mí esto siempre es un apuro, no crea que no. Pero, ¿cuántos días han pasado ya? Y en mi situación…

             –  Entre hoy y mañana traerá el dinero mi hija, sin falta- corté su frase en tono deferente y sacudiendo la mano en dirección al sol-. Yo con este cuerpo no puedo ir a ningún sitio, ya me ves.

Alcé mi brazo izquierdo sosteniéndolo con la mano derecha, que descansaba inerte en el brazo de la silla, acción desprovista de todo propósito práctico. La asistenta me miraba con cierta sorpresa, como si en lugar de mi brazo estuviese viendo una prótesis. 

  • Yo también quiero que me paguen y poder pagarte a ti… pero mira en qué situación estoy, vivo de la birria de intereses que voy arañando, siempre estoy sin un duro…
  • Pero es que hace quince días me dijo usted lo mismo, que cuando viniera su hija me podría pagar. ¿No ha venido aún?
  • No.
  • Pues yo necesito el dinero hoy. No lo puedo aplazar más.
  • Si por mí fuera… Pero es que dependo de mi hija…

           –      Eso lo sé. Lo tengo ya grabado en el oído como si fuese un clavo- Y añadió: Ahora supongo que me contará usted otra vez eso de que han bajado los intereses del préstamo de un cuatro a un uno coma dos por ciento…

  • De verdad, esta semana te pago sin falta, hazme caso. 

            –    Puede usted tener la mejor intención, pero los dos sabemos bien que un hueso de melocotón es duro y difícil de sacar. Una tampoco tiene ya edad de ir por ahí con trabajos inestables y sin ganar un cobre-. Su tono era tan firme que casi resultaba amenazante; la frustración distorsionaba tanto su rostro que parecía anunciar un llanto. 

  • Si no tienes mucha prisa, quédate a comer, anda- repliqué, como para consolarla y dando a mis palabras un estudiado tono de culpa. 
  • No puedo, mire. Tengo que ir a un sitio.
  • ¿Por las tardes vas a otra casa?
  • Pues claro. Para salir adelante hay que hacer esfuerzos.

              Súbitamente, mi atención se dirigió a su gruesa cintura. Me recordó a aquellas mujeres que, en grupos, recorrían las regiones del Sur, aquellas vendedoras ambulantes de marisco que, a veces, acudían a lugares remotos y desolados. Aquellas mujeres tenían una forma característica de echarse al sol,  usando como almohada un manojo de algas de las de hacer sopa, un saco de anchoas, se recogían las faldas y sus cuerpos desprendían siempre ese aroma del mar, orgánico y salado. Recordé aquellos bocinazos de los barcos, sordos, melancólicos. La asistenta se apartó ligeramente de mí; habría sentido la mirada puesta en ella. 

             –      Ahora sí me tengo que ir- dijo. Yo no quería que se escapase. Dando golpecitos con los dedos en la barandilla de la azotea, me informó de que al día siguiente no podría acudir, pues tenía trabajo en un salón de banquetes.

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              –        Pero pasado mañana sí, ¿verdad?- grité a su espalda, por no rogarle “No te vayas”-. Para entonces te tengo resuelto lo tuyo. Sin falta.

             Iba a girarse airada, pero se quedó en el ademán y no tardó en reanudar su camino. 

            Una vez solo, me levantó de la silla un irresistible sentimiento de inseguridad y comencé a mover las manos por la barandilla. Vi avanzar a la asistenta por el camino de asfalto, dispuesto en trazado recto, que discurría por el complejo de apartamentos. Con todo el cuerpo expuesto al sol, progresaba por la calle, ardiente bajo el sol. Su paso era lento. Cada vez que levantaba los pies del suelo parecía llevarse pegado un pegote de asfalto de una tonelada. 

La seguí con la mirada. Caminaba inerte, su espíritu parecía apagado. Me asaltó una súbita sensación de culpa por no haberle pagado, un pesar que, sin embargo, quedó borrado enseguida por la certeza de que, una vez tuviera el dinero, ya no volvería. En realidad, su paga llevaba ya quince días durmiendo bajo el televisor. No se me escapaba la necedad de aquel comportamiento por mi parte, pero el temor de que no volviera nunca más me había llevado a postergar cada vez más el pago y la pobre ya sólo cobraba cuando su cabreo rebasaba cierto umbral de intensidad. Probablemente, hasta el día de mi muerte ella no dejaría de ver en mí un ancianito desamparado y en situación de severa pobreza. Sin embargo, mi único temor radicaba en la idea de que, llegado el fatídico día del fatídico mes, mi cuerpo pudiera quedar abandonado en aquel cuchitril con azotea. A mi edad, nunca se sabe lo que puede pasar ni cuándo. Buyong (Nota del traductor: el nombre de Buyong, la hija del protagonista, es el nombre coreano de la planta floral Hibiscus mutabilis). me había dicho que tal día vendría a verme, pero no podía contar con que lo fuese a cumplir.

 El picor de ojos me impidió acompañar hasta el final el recorrido de la asistenta. Vivía en un complejo residencial donde los apartamentos estaban tan apiñados unos contra otros que le daban al conjunto la apariencia de un gigantesco panal de abejas pintado de color marrón rojizo. Parecía que mis ojos, hacía tiempo, sufrían un pertinaz deterioro y enseguida me lloraban, entorpeciendo mi visión. 

Pero no era lo único; días antes, dos muelas, de una tacada, me habían quedado hechas migajas. No manó ni una gota de sangre, pero los sucios fragmentos me causaban la sensación de estar masticando arena. No sentí dolor; ya tendría muertos los nervios. El lugar que ocupaban las muelas quedó desierto y, al meter en ellos la lengua, lo único con que ésta tropezaba, como si encontrara espinas a su paso, eran los restos de raíz. Me pasaba las noches hurgando con la lengua, como si estuviera esculpiendo algo. En mi garganta la saliva se encontraba seca y eso me producía desasosiego. A la mañana siguiente, lo primero que vio la asistenta fue mi boca abierta; la recibí con la petición de que me arrancase los trozos de raíz que quedaban. 

Sin mayor vacilación, introdujo en mi boca los dedos índice y pulgar. Sus manos, aún secas, desprendían un aroma como a crema barata. Los dedos, rosados, lozanos, percutieron ligeramente en mis encías y mi cuerpo se retorció, se agitó cual si todo él fuese presa de un súbito hormigueo. Tan fuerte fue la convulsión que llegó a transmitirse a la mitad izquierda de mi cuerpo, paralizada desde hacía mucho y que con aquella sacudida pareció azuzada por el deseo de levantarse, dispuesta a revivir. Morder con todas mis fuerzas aquella incursión de frescura que eran sus dedos y soltar ella un grito, propinándome luego un golpe en la boca, fueron sucesos prácticamente simultáneos. A la altura de la segunda falange, su dedo índice mostraba las hondas marcas de mis dientes y ese tono morado de las cosas muertas. 

Mi excusa sobre el mordisco fue muy pobre; dije que había sido consecuencia del dolor, que sus dedos habrían desatado en mí una reacción involuntaria al activar algún nervio. Ella se envolvió el dedo con el borde de la falda y su pugna contra el dolor era notorio; sus ojos, por otra parte, no transmitían menos pánico que si tuviera delante un perro rabioso. 

El balón se elevó girando en el aire y, con él, el volumen e intensidad de la algarabía de muchachos que corrían tras él. Hacía un sol de justicia y se acercaba la hora en que las madres acudían para llevarse a los críos, lavarlos, darles un vaso de leche y, junto a las ventanas, con los toldos bajados, ponerles a echar la siesta, esa hora en que el mundo, en sus cuatro confines, es invadido por la desolación y nada, más que la soledad, existe. 

Me pregunté si vendría mi hija. El sol, implacable hoja de cuchillo, cortaba mis cervicales. Intenté levantarme, pero acabé nuevamente desplomado en la silla. Meterme en casa, por otra parte, no mejoraría en nada mi situación, pues la luz del sol estaría clavada en pleno corazón de la estancia. “Vengo la semana que viene”, me había dicho hacía ya cuatro o cinco semanas que viene. Quién sabe si aquél era el día, si en aquellos momentos estaría de camino. Puede que, en aquel preciso instante, se encontrase aprovechando un cambio de autobús para hacer un receso y tomarse un helado. Pero también era posible que, harta de un sol tan abrasador, de aquel resplandor tan descarado, no hubiese tenido fuerzas ni para emprender el camino. 

Siempre le había asustado estar a la intemperie cuando el sol apretaba. A mi regreso a casa, al final de la temporada de las algas wakame, de las nori, de los bancos de corvetas, la encontraba trazando líneas con fragmentos de loza rota, rayas que seguían los rayos de sol. Iba en pos de las ondulaciones  producidas por los haces de luz, que, en una esquina, rompían la penumbra de aquella oscura casa, orientada al noroeste, y mostrábase esquiva, incómoda con mi presencia. Yo siempre había querido tener para ella una casa bien soleada, un patio espacioso. Mas no pasé de regalarle algún collar de cuentas de cristal pintado y objetos por el estilo, cosas que le entregaba siempre con un fingido desapego, como el de un novio que le hace su primer regalo a su querida, y también ella, al mirar a la luz del sol las costosas cuentas de cristal para apreciar sus reflejos, adoptaba la actitud de timidez y turbación típica de la mujer que recibe su primer obsequio de un hombre. 

– Ya ha salido usted… 

Giré la cabeza en la dirección de donde provenía la voz. La mujer del ático de enfrente acababa de salir a su azotea para tender la ropa.

– Buenos días- le devolví el saludo con un gesto de la mano. Aun quedando frente a frente, las dos casas estaban separadas por una calle, de ahí que la comunicación exigiera elevar la voz no menos que si estuviésemos cada uno en la cima de una montaña.

– Y la asistenta, ¿ya se ha ido?- me preguntó-. Creo que su casa de usted es la última que limpia por aquí.

– Sí, ya ve usted. 

– Vaya; pues yo quería que viniera mañana a mi casa pero, si se ha ido ya… Es que pasado mañana viene mi nuera, ¿sabe? Cuando la vea usted mañana por la mañana se lo dice, si me hace el favor. No se vaya a olvidar… 

– Mañana dice que no viene. Hasta pasado, nada.

– Y, ¿no hay forma de localizarla?- replicó la vecina, dándose golpes en la cadera en señal de fatiga. 

– No sabría decirle…

Había terminado de tender la ropa. Se giró hacia mí y, plantada en actitud abstraída, siguió dándose golpes en la cadera. Yo también la miraba, pero la distancia no permitía leer la expresión de su rostro. 

Nada conocía de aquella mujer más allá de que vivía en el bloque de enfrente, en un ático, como yo. Eso lo sabía porque las azoteas sólo las podíamos usar los residentes de los áticos. Yo salía todos los días que no llovía, pasaba el rato sentado allí y veía a la vecina, que estaría entrando en la vejez, tender un volumen de ropa que parecía muy copioso, lo cual me hacía pensar que su situación económica no era muy holgada. Nada más podía inferir sobre su vida, como tampoco ella sabría que yo era un viejo paralítico del lado izquierdo, que no podía pestañear sin ayuda del bastón. Qué más iba a saber, teniendo en cuenta que me veía siempre en la silla, que entre su azotea y la suya había una distancia considerable, que mi andar dificultoso siempre quedaba fuera de su campo visual. De mí sólo sabría, probablemente, que me pasaba los días como un girasol, buscando mi cuerpo unos rayos de calidez. Me tendría por un viejo que por no tener no tiene ni aficiones. Aunque también era posible que, cuando salían a tender la ropa, mi asistenta y ella, a grito pelado, amplificando la voz con las manos, hablaran de mí: 


“¡¿Se puede creer que me mordió un dedo, el viejo chalado…?!”

“¡Qué me dice!… ¡Ha perdido el juicio ese hombre…!”

“¡Ya ve usted…! (…) ¡Y sólo de pensar que cualquier día abro la puerta y me encuentro un cadáver…!” 

La vecina llevaba en las manos una bandeja vacía y acabó por ocultarse a mi vista a través de un hueco de los que quedaban entre las prendas tendidas, que caían graves y asemejaban toldos. De pronto, y como azuzada por un súbito recuerdo, gritó:

– ¡Abuelo, métase ya en casa! ¡En esa sauna le va a dar una insolación!

La sombra de la chimenea culminó su progresivo retroceso. Tomé un brazo de la silla y comencé a arrastrarla poco a poco. Mi aspiración no era otra que desplazarla una corta distancia, pero arrastrar una silla no era un empeño liviano para un viejo impedido como yo. Cruzar la azotea me exigió varios tirones del brazo de la silla y tuve que detenerme en varias ocasiones a recobrar la respiración. 

Tras pegar la silla a la barandilla de la azotea, orientada a la carretera, me puse a contemplar un panorama que, como cautivo en mis ojos, cobraba una súbita nitidez. No podía perder la más mínima oportunidad de llevar a cabo los movimientos que me permitieran ponerme en pie junto a la barandilla. 

Sorteando un autobús con un margen muy estrecho, un joven de cabello alborotado manejaba una bicicleta cargada de espejos, de numerosos cuadriláteros de luz que, en la parte trasera, apilados como si de un montículo de arena se tratase, se tornaban ojos parpadeantes. En chándal y manguera en mano, un muchacho regaba la entrada de las tiendas y puestos callejeros, transportaba hojas de ficus, cubiertas de polvo, y a un niño lloroso. 

Al otro lado de la carretera se extendía un barrio habitado por refugiados y que parecía un trapo, roto en diferentes partes que hubieran cosido a toda prisa. Era una zona pobre que, progresivamente, era devorada por una zona residencial en imparable expansión. Se divisaba también un parque infantil y, por detrás, un pinar parecía arder con los tonos rojizos de las orugas. A la pequeña charca le faltaba poco para colmarse. Debido, acaso, al calor, los trabajadores de la construcción se movían con una dilación que evocaba las ceremonias de construcción de tumbas en las colinas (Nota del traductor: tradicionalmente, los monumentos funerarios coreanos se construían en montículos). 

Una columna blanca de polvo se originaba en las obras, donde mezclaban cemento, grava, arena y agua, donde apilaban ladrillos. Los tonos verdes le daban al agua de la charca el aspecto pegajoso de una masa coagulada. Sentado, inmóvil como un objeto inanimado, un hombre con sombrero de paja lanzó una caña con la aparente intención de pescar algo entre las podridas raíces de las plantas acuáticas. Con un gesto rápido, me llevé la mano a un oído y me di a la contemplación de un paisaje que parecía sometido a un desordenado y bullicioso fluir, como si discurriera interrumpiendo la calma de un diáfano espacio donde se hubiera hecho el vacío. Mi atención estaba puesta en el empeño de aislar cada uno de los distintos sonidos que, como ocultos en la quietud de las horas luminosas, transmitían la sensación -no exenta de un componente insidioso y siniestro- de querer desbordar una olla en ebullición. 

La densidad de la charca hacía que el agua pareciese mercurio; nada parecía anunciar que enseguida, apenas se pusiera el sol, se convertiría en una caótica mezcolanza de croar de ranas, crujir de plantas acuáticas al darles de lleno el viento, que llegaba surcando el pinar, y afilados zumbidos de insectos zancudos. 

Del pinar brotaba un humo azulado, trepaba por las ramas verdes. Era como cuando alguien está haciendo caldo de perro en un caldero. A intervalos regulares, y como si me golpearan con un objeto romo, la cabeza me comenzó a retumbar. Siguieron las arcadas, que sentí como si algo procedente del fondo de mi cuerpo tratara de subir. No parecía ser fruto, exclusivamente, del tiempo que había pasado expuesto a la luz solar y desprovisto de protección para la cabeza; aquellos episodios de vacilación intermitente de la consciencia y posterior desvanecimiento llevaban ya varios días conmigo y su frecuencia había comenzado a aumentar.

Pocas noches atrás, desperté en la azotea. Estaba oscuro y todo lo que recuerdo es que aquella tarde había permanecido allí sentado hasta última hora, que, en un momento impreciso, me asaltó el dolor de cabeza, y haber visto los tonos azulados que adquirió el cielo al ponerse el sol. Al despertar, estaba tumbado en la azotea, de lado. Por encima de mis ojos, una profusión de estrellas que parecían brotar de un surtidor; en la charca, el croar de las ranas. No sentí los dolores de la frente sino después de haber accedido al interior de la casa, de haberme mirado en el espejo y descubierto aquellas marcas, vueltas magulladuras de un morado intenso y que probablemente me había hecho en el momento de desplomarme en la silla, golpeándome de un modo muy severo con la barandilla de la azotea. De cuando en cuando despertaba en lugares distintos, ya en la cocina, ya en el inodoro, ya en las escaleras, camino a la azotea y, a pesar de tener claro que se trataba de algún problema de salud, no tenía motivo alguno para querer someterme a diagnóstico ni ponerme en tratamiento. Para mí, quedaba ya muy atrás la edad a la que se supone que uno ha de morir. Lo único que temía era la posibilidad de que, llegado el día, mi cuerpo entrara en descomposición sin que nadie lo encontrase. Y es que, aun en el caso de que cayera fulminado en la azotea, a plena luz del día, y me viese la vecina al salir a tender la ropa, pensaría, probablemente, que yo estaba disfrutando de un prolongado baño de sol. 

El intervalo de los dolores se estrechaba progresivamente. El paisaje circundante se iba tiñendo de oscuro, como cuando está a punto de llover. Eran los síntomas que, típicamente, precedían a los ataques. Yo no contaba con modo alguno de prevención contra aquello, ni médico ni de ninguna otra índole. Todo lo que tenía era unos cuantos somníferos que llevaba siempre preparados. Además, la asistenta no vendría sino al cabo de dos días. Tambaleándome, descendí la escalera. Una vez en el interior, empapé en agua una toalla, que me coloqué en la frente, y puse la cabeza a reposar evitando la luz del sol. No cerraría bien el grifo, pues oía caer las gotas de agua.

Me pregunté si vendría Buyong. Esta chiquilla… Nunca me decía cuándo iba a venir; no me daba más que referencias vagas, como “a lo largo de la semana”. Me pregunté si se acordaría del collar de cuentas pintadas que le regalé en su día, si recordaría aquel cabello tan largo y fino que, como si tal cosa, cayó un buen día en el marcapáginas cuando leía, de la caspa que tenía pegada en un extremo. Me pregunté si se acordaría de todas aquellas cosas. Me retorcí para zafarme de aquella fuerza oscura, negra, que a veces me controlaba, reprimí el grito que se disponía a estallar en las veinticuatro juntas de mis costillas y empeñé las fuerzas que me quedaban en aferrarme al goteo del agua, único estímulo auditivo que aún percibía con certeza de su veracidad.

Ya con los ojos abiertos, permanecí tumbado largo rato a la espera de alguna señal de vida que procediera del porche, de la cocina, del baño. Pero ningún sonido llegaba del exterior del dormitorio. Tumbado aún, recorrí la habitación con una exhaustiva mirada, sin encontrar rastro de que se hubiera producido visita alguna. De la cocina, me llegaba el acompasado ruido de las gotas de agua al caer. Sólo entonces recordé que la asistenta había estado allí por la mañana y no volvería sino al cabo de dos días. Me incorporé y me senté en la cama. Mañana no vendrá. Es posible que pasado mañana tampoco.

Me asomé a la ventana. Por obra del ocaso, captaban la vista los críos en bici, las jóvenes que empujaban carricoches. Por debajo de mí, en otra ventana, un calcetín mío que habría caído por descuido de la asistenta. Saqué de la cómoda un puñado de caramelos y me los eché al bolsillo. Me procuré el bastón y descendí las escaleras del apartamento, empinadas y envueltas en penumbra. Mi hija decía que, por un poco más, nos podríamos hacer con la primera planta o con la baja, pero yo me había opuesto férreamente a abandonar aquel ático, y no solo por el hecho de pasar el rato fuera, sino también porque desde allí siempre la veía llegar, sin que quedase un metro de su recorrido fuera de mi campo visual. Pero hoy no iba a venir. Ay, me dije, esta chiquilla…

Dejé atrás el complejo de apartamentos y, mirando cuidadosamente a los dos lados, crucé la carretera. La mayoría de los críos que andaban por allí a esas horas me conocían. Apenas llegué a la zona de los columpios, sus miradas se clavaron en mi abultado bolsillo. Por riguroso turno, fui abasteciendo de caramelos las manos vacías que se extendían hacia mí, congregadas todas en un punto y que sólo se dispersaron una vez agotada la preciada mercancía, dejando su lugar a otra, desconocida para mí e insegura. 

No me quedaba un solo caramelo. Al levantar la vista, descubrí a un crío de unos nueve años que no me sonaba de nada. Una de sus manos seguía extendida hacia mí, en la otra sujetaba un melocotón y la comisura de sus labios estaba bastante deteriorada. 

           – Lo siento, hijo- le dije-. Se me han acabado-. Pero la mano no se retiraba- .Qué quieres que haga si no tengo?- reiteré, en tono seco-. Y si tienes un melocotón, ¿qué más quieres? 

Me senté en el banco. Vacío mi bolsillo, los críos ya no se acercaban; en ausencia de caramelos, prevalecería el instintivo sentimiento de temor y aversión que, probablemente, les producía la imagen de un impedido como yo. 

Cuando Buyong era niña yo creía que lo sabía todo de ella, la consideraba parte de mí y, en el fondo, su culo rollizo era prácticamente lo único que conocía de ella, nada más allá de las cosas que destacaban a la vista. 

Aquel crío no se integraba con los demás, que andaban en pandilla. Seguía allí, plantado, con la vista fija en mí. Pantalón corto, chaqueta de chándal caída de un hombro, rodillas escuálidas y llenas de marcas, hasta aquí nada lo distinguía de cualquier otro crío, pero era solitario, se mantenía alejado del grupo. 

Sin dejar de mirarme, mordió el durazno a todo lo que daba su boca. La carne de aquella fruta destacaba por su color, vívido como sangre. Yo tampoco podía ignorarlo. 

– Oye, ¿quién es ese?- pregunté a otro crío, que cogía arena para cargarla en un camión volquete.

– No lo sé; será nuevo por aquí…- lanzó una mirada de soslayo hacia el objeto de nuestras dudas. Entonces, todos los críos que andaban jugando con la arena se miraron entre sí y comenzaron a decir lo que cada uno sabía del tema, estableciéndose un multitudinario intercambio de opiniones que les hizo parecer un montón de polluelos piando efusiva y simultáneamente. 

  • Qué va,vive allí, en Kinmal- dijo uno, con el gesto de escalofrío propio de quien toca un repulsivo insecto. Kinmal no era otra cosa que aquella barriada de desplazados devorada por los nuevos desarrollos residenciales. 

– Qué dices- opuso otro, señalando una zona de casas provisionales instaladas para los obreros de la construcción-. Es hijo de una señora que vende tallarines.

  • Ese -terció otro chico- tiene una perra que está loca, pero que dicen que a él nunca le ataca. Y por lo visto tiene cachorros. 

La algarabía amainó de un modo instantáneo. Ninguno de los críos jugaba ya con sus manos metidas en la arena y todos los ojos refulgían de admiración y curiosidad mientras al susurrar historias sobre aquel chico, que seguía plantado lejos del grupo, y sobre aquel chucho loco de su propiedad que, al parecer, le guardaba lealtad absoluta.

– ¿Cómo sabes tú eso?- intervino otro. 

– Me lo contó ayer él mismo. Me dijo que, si no lo iba contando por ahí, a lo mejor me enseña los cachorros… 

– Eso es mentira. Te lo habrá dicho para poder jugar con nosotros.

– Pues no. Y dicen que por las noches va por el pinar con la perra loca, que se oyen los ladridos.

  • No le hagáis caso a ese tío. Es un bobo, un meón.

Ajeno a la acalorada disputa verbal que mantenían los otros chavales, a todas aquellas miradas de envidia, el crío en cuestión no apartaba de mí una mirada pertinaz y pesada como el acero. La encendida controversia mantenida por aquellos chicos que, momentos antes, jugaban con la arena, terminó sin conclusión alguna y todos se recogieron a sus casas sin que, ni siquiera entonces, el muchacho solitario se moviera de donde estaba. Ahora comía dos melocotones y el pegajoso jugo le chorreaba, como si de resina se tratase, por encima del forúnculo que tenía en la comisura de los labios. Intenté incorporarme, pero caí nuevamente en el banco y llamé al chiquillo, cuyas mordeduras en la aguada carne de la fruta producían intensos reflejos de color rosado. Sentí un picor irresistible, similar a las cosquillas producidas en mis encías por los dedos de la asistenta. Estuve a punto de soltar un alarido. Pero el crío ni se acercaba ni hacía el menor amago de alejarse. Clavado allí quedó un tiempo indeterminado.

Me saqué una moneda del bolsillo y, una vez más, le indiqué con un gesto que se acercase.

            – Toma, para ti-. No parecía comprender lo que le decía. Moví la moneda en el aire para que la pudiera ver mejor-. Ahora solo tengo esto- proseguí- pero en casa hay más. ¿Te vienes?

Hasta ese momento no había notado la expresión de sus ojos, carente de toda agudeza, un brillo tenue que reflejaba anhelo, intranquilidad, y bajo el cual se hallaba él oculto, vacilante. La mano que sostenía el melocotón ya pendía inerte. Con paso indeciso, se acercó. Yo estiré más el brazo y le puse la moneda ante los ojos antes de dejarla caer sosegadamente en la palma de su mano extendida.

           – ¿Me acompañas?- insistí-. No es que tengas que venir, sólo faltaría. Pero aún no ha oscurecido; te puedes venir un momento sin que se preocupen tus padres. 

Aquel anzuelo era suficiente; ya no había más que enrollar el carrete. Mis pasos de cojo tomaron la delantera; el amasijo de granos que era aquel crío me siguió en silencio y con paso vacilante. Al llegar a la escalera que daba acceso al bloque de apartamentos, miré tras de mí por primera vez en todo el recorrido. Junto a la escuálida pantorrilla del crío, que se había detenido conmigo, ladraba con estrépito un perro sucio y sarnoso que no sé desde cuándo nos seguiría. Con cara de espanto, y como en busca de ayuda, el chico se pegó a mí. 

      – Tranquilo, yo lo espanto- agité el bastón en dirección al can, que, lejos de marcharse, merodeaba en torno al crío y gruñía en tono quedo.

  • ¿Vives por aquí?- le pregunté.
  • No – respondió, con la boca ocupada por el hueso de melocotón.
  • ¿Te vienes a mi casa?
  • ¿Tiene usted televisor?
  • Pues claro. Te gustarán los dibujos animados, ¿no?

Girándose, el crío escupió el hueso como para dárselo al perro, que no dejaba de gruñir. Con el güito en la boca, el chucho, ahora sí, se esfumó. 

Subí lentamente la escalera y afilé el oído para verificar que aquellos pies, pequeños e inseguros, me siguieran. El crío no despegó los labios hasta que estuvimos en el oscuro recibidor.


–     Está oscuro- dijo-. Dé la luz.

  • No, aún no hace falta. 

La casa estaba en penumbra. Tras indicarle su asiento, accioné el botón del televisor.

  • Si tienes hambre ve a la cocina, que hay comida hecha.

Sin responder a mis palabras, se sacó de un bolsillo otro melocotón, del que también comenzó a dar cuenta. 

  • ¿Y eso?- le interpelé. 
  • Es el último que me queda. 

Me senté junto a la ventana y mi mirada, indiferente y desapegada, pasó sobre la cabeza del crío para dirigirse a la pantalla, sujeta a constantes y frenéticos cambios. De la animación solo llegué a intuir que se trataba de una contienda entre un indio, con su tocado de plumas, y un joven blanco; nada más me permitieron captar los vertiginosos giros de la cámara. Olvidando su melocotón, el niño intercalaba suspiros con imprecaciones incomprensibles para mí, con algún grito de agitación. 

El salón de casa terminó de oscurecerse; nada se distinguía ya sino los contornos marcados por la luz azulada del televisor. En la cocina, se seguía oyendo el goteo del grifo.

  • Chaval, ve y cierra el agua, haz el favor.
  • Ahora, cuando acabe esto- con la vista clavada en la pantalla, el chiquillo no movía un músculo.

Finalizado el programa, el crío, sin interferencia alguna, se puso a explorar los canales. Ya habría terminado el horario infantil, pues no encontró más caricaturas. 

Con el televisor apagado, la estancia quedó sumida en la más absoluta negrura. Sobresaltado, el chico se acercó a mí. El goteo de la cocina se había intensificado.

  • Oye, que vayas- lo apremié- y cierres el grifo.
  • Deme la luz.
  • Pero si todavía se ve… 
  • Yo no veo nada. Me da miedo no verle la cara.
  • Qué cosas hay que oír- protesté, chasqueando la lengua.
  • Ya me voy- dijo el chico, levantándose.
  • Ya casi va a empezar el Show Pro. Quédate a verlo.
  • Si está muy oscura la calle, me voy a perder. 
  • ¿Quieres zumo?- le dije, poniendo una mano en su hombro. Apagado, como decaído, el chico dobló las rodillas y se dejó caer en su asiento.  

             Llené dos vasos de agua y añadí el zumo en polvo. Me senté de espaldas al crío y del extremo de una manta que estaba tirada en un rincón saqué el sobre donde guardaba los somníferos. Debido al tremendo temblor de mis manos, tuve que poner gran empeño en abrir las cápsulas sin derramar el polvo que contenían. Agregué una cápsula y me giré a mirar al crío, que no se había percatado. En su vaso coloqué dos o tres cápsulas. Con avidez, ingirió el poso blanco que rebosaba el vaso y observé los movimientos de su garganta, aún inmadura, al tragarse el potingue. 

  • Ahora sí me tengo que ir- dijo, con la somnolencia adueñándose de sus ojos-. No sé por qué tengo tanto sueño.
  • Vete si quieres- respondí, en tono frío y desapegado-. No sé adónde vas a ir a estas horas. 

              – Hoy han matado a mi perra- explicó-. En la estación de las lluvias tuvo cachorros, allí en el pinar. Yo robaba comida para ella. Eran cinco cachorros, pero dos murieron. Los otros tres aún no han abierto los ojos. Me dieron unos melocotones y se llevaron a la perra. Me dijeron que, al estar abandonada por ahí, podía volverse loca y morder a la gente. 

La historia me hizo recordar la columna de humo azulado que había visto desde la azotea, producida en el pinar por alguien que quemaba leña verde.

           –    Ah, sí. Lo he visto- comenté. El crío guardó silencio

              –     Y, ¿qué han hecho con ella?- añadí. 

             – Pues le han puesto una cuerda en el pescuezo y la han colgado de un árbol. Se le han puesto los ojos azules y ha forcejeado un poco, pero enseguida ha caído desplomada. Al ver que no abría los ojos, la han echado al agua hirviendo. A mí me han dado tres melocotones y me han dicho que me vaya. Por eso estaba comien… – El joven no pudo completar la frase. El melocotón cayó de su mano. 

           – Tengo sueño- dijo-. Me tengo que echar donde sea. 

            Parpadeó con fatiga, como si le pesaran las pestañas, me dirigió una mirada fugaz y se tumbó de costado. Apagué el televisor y encendí el fluorescente.

         Con la boca medio abierta y respiración fluida, sin ronquidos, sin percatarse de que una mosca le andaba por la comisura de los labios, que tenía pegajosa por el zumo, el crío dormía. De vez en cuando, y como si algo le molestara, hacía movimientos de forcejeo y murmuraba palabras incomprensibles. La zona de color rosado intenso del melocotón se había amustiado y la parte mordida se secaba, adquiriendo tonos negruzcos que atrajeron a un obstinado tropel de moscas. 

              Captó mi atención la oscuridad de la ventana. Por detrás del pinar, sobre un montículo de escasa altura, se había apagado la hoguera de tonos rojizos que antes ardía en el cielo y ahora todo eran azules. En la charca, el croar de las ranas era un fervoroso borbotón. 

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