El progreso 🇵🇭(F. Sionil José, 1985)


Mi primera traducción de literatura de Maharlika/ Katipunan/Luzviminda El progreso relato de F. Sionil José (1924-2022) incluido en la colección Waywaya: Once relatos filipinos. Solidaridad Publishing House, Manila, 1985





  Marina Salcedo, funcionaria de rango alto y segundo grado, acudió presurosa a su mesa para examinar las deducciones de su nómina. Era 15 de julio y al día siguiente se trasladaría a Manila para dar seguimiento a su proceso de ascenso, que llevaba cinco años de retraso. De los veinte que llevaba en el Ministerio, la vida había subido tanto durante los últimos cinco que temía seriamente no poder mandar a la universidad al menor de sus hijos en caso de no conseguir el ascenso.

  Aparte, estaba aquella hipoteca que pesaba sobre su casa y sobre la parcela, adquirida tres años atrás a raíz de la hospitalización de su marido, hipoteca que el banco, según les acababa de decir, había decidido ejecutar. Una casa y una parcela por las llevaban dos décadas trabajando hasta la extenuación y que constituían sus únicas propiedades. 

  Revisó las deducciones. Todo estaba en orden y, sin embargo, le faltaban treinta pesos. Recordó entonces el pagaré de diez pesos que había obtenido unos días antes del pagador, el interés acarreado y, por supuesto, su contribución de quince pesos para la visita del ministro Arcadio Guzman el mes anterior.

  La oficina regional donde trabajaba Marina se había encargado de los preparativos y el día del evento había sentido coraje por no haber tenido más osadía, pues de aquel cochinillo asado no había alcanzado más que un pequeño plato de arroz y algo de tocino. En su mayor parte, la comitiva del ministro había estado integrada por miembros de seguridad que tragaban como chanchos, como si existiera un peligro extremo de magnicidio. 

  Todo estaba listo para su viaje a Manila. Se llevaría doscientos sesenta pesos. Se encaminó al extremo del recibidor, donde se encontraba el único aire acondicionado de todo el edificio y donde las muchachas no estaban charlando, señal inequívoca de que el director se encontraba en su puesto.
  Marina llevaba el uniforme blanco y azul del Ministerio. Se puso en pie, marcando la madera de sus zapatos un ritmo sobre el suelo de cemento. La secretaria no tardó en darle paso.
  El director no se molestó en apartar el ejemplar de Playboy que, marcado con una página doblada, se encontraba leyendo. Plantada ante él, Marina aguardaba una señal de aquel cincuentón de calva incipiente.

-   Bueno, Marina, así que te vas mañana- dijo el director, mostrando sus dientes de conejo.
-   Sí, señor …
-   Pues nada, te dejo la tarde libre para que prepares el viaje. Solo tienes tres días hábiles en Manila, ¿te llegará?
-   Me gustaría contar con tres días de prórroga, señor. Si no me alcanza el tiempo…
-  Sin problema- convino el director, para añadir:- Por cierto, Marina, ya que estás por allí, necesitaría algo de tela de gabardina, de la última. Es para unos pantalones. Te lo pago a la vuelta.
-   Sí, señor. Gracias.

  La tela en cuestión costaría, al menos, sesenta pesos. En su último viaje, le había encargado unos Levis que salieron por ciento veinte y su regreso de Manila siempre era un ritual de insistencias del director en pagarle lo gastado, de declinación por su parte. Después de todo, el director le daba la tarde libre, le pagaba los días que se ausentaba, mostraba una especial deferencia para con Marina y no había llevado a cabo ningún acercamiento físico hacia ella, cosa que no se podía decir de las otras empleadas.

  En su primer servicio, el de las seis de la mañana, aquellos buses de la Pantraco iban siempre  abarrotados, pero aquel día, laborable, había pocos pasajeros y Marina dispuso de un asiento completo en el lado derecho del vehículo. Bajo una inundación de luz solar, el paisaje resultaba verde amarillento con los arrozales recién plantados, rebosaban las zanjas de riego y los nenúfares lucían coronas color púrpura. La ruta era un discurrir de plazas de pueblo, adornadas con carteles de refrescos, un desfile de críos rumbo a la escuela.

  A lo largo de todo el valle, incluso allá donde los montículos estaban cubiertos de hierba para el ganado, la tierra estaba mezclada. El bus describía lazos de hormigón, cruzaba puentes de acero de reciente construcción, elementos que tan fácil hacían el desplazamiento a Manila, señales de aquel progreso del país bajo la Ley Marcial que Marina apreciaba, pues permitían resolver en diez horas el trayecto que antes requería el día entero. 


  No le era desconocida la tensión que se daba en las aldeas de aquellas faldas de la Sierra Madre, las oleadas de seres que, en busca de refugio, atestaban las ciudades, cosas que, no obstante, no afectaban al normal desarrollo del comercio en la capital donde ella vivía y donde hasta una vida rutinaria como la suya tenía sus ventajas: su marido y ella habían logrado, al fin, construirse una vivienda.

  Tres hijos, el mayor ya casado y citado migratoriamente con los Estados Unidos, acabando la carrera el segundo, a punto de acabar la secundaria el benjamín. Por muchos malabares que hiciera con la economía familiar, tanto su marido como ella eran trabajadores asalariados y, tal como estaba la vida, los ahorros se les esfumaban sin más. Ya no usaban queroseno en la cocina, la leña de la granja no siempre estaba seca y hacía mucho, mucho tiempo que en los baños de aquella casa no se usaba el papel. Tras cinco años -desde que presentara su solicitud de ascenso- y dos viajes a Manila, había llegado, al fin, el aviso de que se había admitido a trámite.
  Se acercaba el mediodía cuando el bus alcanzó la ciudad de Cabanatuan. Sin bajarse, Marina sacó la tartera de plástico que le había preparado su hija, resultando muy de su agrado la panceta, el arroz frito, los huevos duros. Le causaba apuro sacar su almuerzo en el restaurante del área de servicio sin consumir nada; después de comer, compró agua.
  Al caer la tarde, el autobús hizo su entrada en una de las terminales de Manila. Con dos bultos de equipaje, la tarea de abordar un jeepney en hora punta no fue algo liviano para Marina. Tras apearse en la zona de España, cubrió a pie tres manzanas hasta llegar donde vivía su prima segunda y antigua compañera de estudios. Con toda probabilidad, le volvería a tocar dormir en el sofá de mimbre del cuarto de estar, pero no le suponía ningún problema; era mejor que gastar treinta pesos en cualquier cuchitril lleno de chinches en Quiapo.

  Su prima estaba cenando en familia cuando llegó Marina, que, como en las buenas relaciones, se presentó con una pila de carne en salazón, un par de peces cabeza de serpiente que aún se agitaban y una gánta de arroz gelatinoso para que hicieran pasteles. Los sobrinos y sobrinas de Marina estaban en plena adolescencia y tenían el radiocassette a todo volumen. Parecieron alegrarse de verla su prima segunda y el marido, aunque sintió cierto aire de desagrado cuando le preguntaron cuándo se marcharía.

-  No estaré más de una semana- respondió,- y todo el día fuera. Estaré por el Ministerio pendiente del papeleo; no comeré en casa.

  Al día siguiente, desayunó con la familia. Ya estaba lista a las seis, cuando se preparaban para la escuela los críos, que la habían tenido en vela con cintas de los Bee Gees. Instada a servirse bien para afrontar el ajetreado día que tenía por delante, se despachó, sin embargo, con una simple taza de café y un pedazo de pan de sal.

    No era fácil tomar un jeepney en el ajetreo que era el bulevar de España a primera hora de la mañana; prefirió irse a pie hasta Morayta, donde sí pudo subirse a un vehículo. Nada más llegar al ministerio, a las ocho y media, se dirigió al departamento de personal. Siempre era ventajoso tener conocidos en los despachos. Se preguntaba si seguirían allí sus antiguos compañeros, como Mr. Tobias, el que fuese una vez jefe de su sección. Recorrió con la mirada la extensión de escritorios ante ella desplegada y donde los empleados departían. No tenía ningún conocido; nadie le podría ayudar. Mr. Tobias se había jubilado.

  Se preguntó si podría hablar directamente con el ministro, quien, durante una visita al Valle, la había instado a visitarlo en la capital, pero ella sabía que no solo aquellas cosas se decían como mera formalidad sino que en aquel caso sería, además, una incoherencia, pues el ministro se había emborrachado, como siempre, y no recordaría nada de lo que dijo.

  Ahora que estaba en Manila, cayó en que su asunto era muy trivial como para acudir con él a un ministro.
  Acercándose a las funcionarias que estaban cerca de la puerta, les preguntó quién estaba al cargo de los trámites de ascenso del personal. Le indicaron el otro extremo de la oficina.

  La funcionaria era una mujer grande, corpulenta, treinta y pocos años, los dientes mal, fibroso el cabello, algo áspero, luminoso en exceso el pintalabios. Sus pechos, en forma de péndulo, parecían siempre a punto de escapar del uniforme, una talla pequeño. Sacó del cajón una lista, que repasó obsequiosamente y, tras mucho movimiento de papeles, miró a Marina con una sonrisa impostada sobre los rasgos porcunos de su rostro.

-  Lo siento, Mrs. Salcedo, pero su nombre no está. Será que los impresos se han traspapelado…

-  No puede ser- opuso Marina, alzando la voz,-tengo la carta oficial que me envió usted el mes pasado- Registró apresuradamente su bolso, del que sacó el documento-. Aquí tiene…Y el número de expediente…

  Pero su interlocutora era como una fortaleza inexpugnable. Sin perder su rostro aquella sonrisa de plástico, sacudió la cabeza. “Mrs. Salcedo”, dijo con retraimiento, “tendría que revisar montones y montones de expedientes. Y estoy muy atareada; tendría que pedírselo a uno de los chicos…” Y, abriendo un cajón que quedaba junto a Marina, agregó “¿Por qué no le pone aquí un billete de veinte pesos?”

  Marina Salcedo fue presa de un momentáneo estupor. No podía creer que aquello estuviera ocurriendo en el mismo ministerio donde ella trabajaba. Recordó entonces que Anita Botong, en su jefatura local, había mostrado también aquella  costumbre, demasiado arraigada como para erradicarla. Abrió el bolso y depositó los veinte pesos en la gaveta.

-  Entonces, ¿vuelvo esta tarde por ello?
-  Vaya, Mrs. Salcedo-, dijo con dulzura la mujer.- Entenderá usted que no es tarea fácil. ¿Por qué no viene mañana a primera hora?
-  Es que vengo de provincias…
-  Me hago cargo. Haré todo lo posible por ayudarla.

  Marina ya no tenía nada más que hacer. Eran casi las diez; tomó un jeepney rumbo a Quiapo y se puso a recorrer los puestos de telas, preguntando a los vendedores qué era la gabardina, qué marca era mejor. La mañana era húmeda; la ahogaba el humo de mil jeepneys y autobuses, tensaban su pecho. Terminó en uno de esos grandes almacenes donde no había que regatear. Treinta y cuatro pesos le costó la tela de gabardina para pantalones. De la tienda se dirigió al mercado público. Vaya precios los alimentos, y ella que se quejaba en su pueblo…

  Al mediodía, se dirigió a un sitio de tallarines que había en el bulevar. El lugar era sucio, papeles de periódico por el suelo, los manteles cubiertos de restos de comida. Cinco pesos le costó un humeante cuenco de tallarines con tiras de pollo, con un gusto jabonoso, pero que le sirvió para llenar el estómago.

  De vuelta en el gentío de Quiapo, acudieron a su memoria las advertencias de sus hijos sobre lo común de los tirones de bolso en las zonas céntricas de Manila. Se pasó sobre el brazo la correa del bolso y lo ciñó con celo. No quería regresar a aquel apartamento de Sampaloc, a ser  un estorbo para su prima segunda, a irritarse con el estruendo de sus sobrinxs; mejor saciarse de tiendas en Avenida y Escolta. Llevaba tiempo sin ir a Manila, sin meterse en aquellas caóticas aglomeraciones, sin ver aquellos rostros sudorosos de la gente ni observar aquella vida, tan radicalmente distinta de su valle. Estaba a punto de cruzar hacia Escolta cuando el tráfico hizo detenerse un autobús con aire acondicionado y destino Makati. Era de esos autobuses nuevos sobre los que había leído. Lo abordó sin más y se dejó envolver por el aire fresco.

  Anchas avenidas, torres de cristal por doquier: Makati había  cambiado mucho. Eliminaban los antiguos paseos,  blanqueaban las alcantarillas. Si todo Manila resultaba más limpio que antes, Makati se llevaba la palma. “Es como América”, había llegado a decir durante una charla sobre problemas de urbanismo uno de los subsecretarios del Ministerio. La riqueza era tremenda en la zona y le habría gustado saber cuál de aquellos opulentos edificios era el del ministro Guzman, pues se rumoreaba que poseía uno. Se preguntaba cómo era posible que alguien del gobierno llegara tan rápidamente a tener un edificio en propiedad, y la respuesta había que buscarla en los hábitos frugales de Guzman, que se movía en jeepneys en lugar de tomar taxis. Si aquello fuese Estados Unidos, el hijo mayor de Marina tendría acceso a muchas de aquellas cosas y, una vez nacionalizado como ciudadano americano, podría hacer una solicitud para que ella y su marido pudieran compartir, también, la abundancia de aquella tierra de leche y miel. Pero el futuro estaba allí, en Makati. Si el futuro estaba allí,  ¿sería necesario emigrar?

  A la mañana siguiente, aquella mujer,  que al final encontraría sus papeles, le dio otro susto. Faltaba un impreso, uno nuevo que tenía que obtener en Administración, el impreso I12, que debía rellenar de inmediato y presentarlo en Personal para que lo aprobaran y pasar de nuevo a Aministración. El departamento estaba en el quinto piso y no funcionaba el ascensor. Emprendió la subida por unas escaleras llenas de saliva y colillas, en las paredes aquellos pósters que proclamaban las metas de la Nueva Sociedad, exhortando a la población a observar la disciplina, a aumentar la productividad, pósters que Marina se había encargado de distribuir en su parte de la provincia y de los que aún quedaban altas pilas en el departamento de Bienes.

  Al cargo del impreso I12 estaba un hombre muy solícito. “Miss, tenga la bondad”, la emplazó, “vuelva usted mañana por la tarde. Se nos han acabado, estamos ahora con el mimeógrafo sacando otro lote.
-  Es que vengo de provincias- comenzó a protestar, pero se contuvo. Reconoció al vuelo la vieja artimaña y le irritaba que también tuvieran que hacérsela a ella. Miró en su bolso. Lo más pequeño, cinco pesos. Nota mental: Hay que llevar billetes de dos. Depositó el dinero en el cajón abierto.
-  Por favor, -le urgió- tengo mucha prisa. Busque bien; tiene que haber alguno por ahí.

  Sonriente, aquel hombre cerró el cajón y se dirigió a uno de los grises y oxidados archivos que tenía tras el escritorio. La pesquisa no le llevó más de un minuto.

  Marina examinó el impreso. Era de esos cuestionarios de identidad; sería que la gente de Inteligencia estaba otra vez escudriñando los vínculos pasados del funcionariado, no bastándoles con tener agentes de inteligencia o informantes en todas las oficinas, como en la suya la nueva persona encargada de la mecanografía.
  Rellenó el impreso de manera precipitada y sin seguir un orden estricto. El epígrafe Viajes al extranjero le obligó a reprimir una risa. Cuántos empleados del gobierno habrían salido del país... Ni a Mindanao, ni a las Visayas había ido ella. Pensó que los formularios acabarían, muy probablemente, en aquel ordenador del cuartel Aguinaldo y Dios sabe qué pasaría después.

  Al pasar por las casillas destinadas a las fechas de escolarización, incorporación al cuerpo y todo eso, le dio por reflexionar sobre el hecho de que nunca había aspirado a nada más alto. Había, después de todo, mujeres en puestos de dirección de oficinas, incluso viceministras, y ella tenía una  licenciatura. Lo había pensado un poco y no debía entregarse a la autocompasión. La verdad del asunto era que ella y su marido conocían tanto sus límites como lo que se requería para llegar a algo más de lo que ellos eran. Para empezar, habían optado por vivir en la provincia y no era poca cosa que, al cabo de tantos años, tuvieran su propio hogar, un terrenito, poder dormir bien por la noche, libres de las pesadillas que les hubieran causado los desmanes que habrían tenido que cometer en caso de haberse unido a los dioses.

  De camino al despacho del director de Administración, no acompañaba a Marina la certeza de haber rellenado correctamente  el impreso. Pero eso poco importaba; toparse con alguna discrepancia les llevaría tiempo y siempre podría explicarlo. Ya llevaba allí dos días y no había conseguido aprobación de nada. Por fortuna, el director de Administración estaba en su puesto. Al cabo de los aproximadamente ocho años transcurridos desde aquel seminario en que lo conoció, Marina recordaba muy bien aquella calva, su nariz aguileña, los labios finos; el director Bermudez, sin embargo, no parecía ubicarla.

  Precedía al director la fama de ser un tipo recto y experto en temas de gestión, una reputación cuya veracidad pronto podría verificar Marina.
  Llegado su turno, se incorporó en la silla que ocupaba, lejos de la puerta, y se aproximó al escritorio de cristal. Tras Bermudez, el habitual retrato del presidente y la primera dama.
-   Y bien, ¿qué problema tiene?
-  Es por la promoción, señor, que ha vencido -indicó Marina, disponiendo los documentos ante Bermudez, que los examinó con ojo avezado.
-  Bueno, señora Salcedo- le indicó,- parece que todo está en orden. Ya conoce usted el procedimiento; cuando yo lo haya aprobado, tendrá que ir a Finanzas para ver si hay fondos disponibles. Esa es la parte difícil, sabe usted. Si hay fondos, se lo firmará el ministro y ahí tendrá usted sus cien pesos al mes, con efecto retroactivo hasta principios de año. Yo me encargo- aseveró, antes de volver a los formularios y garabatear algo en su segunda página.- Sé que lleva usted mucho tiempo de servicio- agregó- y no debería decirle esto, pero la burocracia… hay que ponerle mucha paciencia para que las cosas se muevan mínimamente-. Marina recordó entonces la charla de aquel hombre en el seminario: “hay que insistir, insistir y volver a insistir… y sin resultar insistente”.
-   Suerte con Finanzas- añadió Bermudez, con una amplia sonrisa.
-   ¿Eso es todo, señor?- preguntó Marina. Nadie más había ya en el despacho.
-   ¿Por qué lo dice?- opuso Bermudez, -¿Se me ha pasado algo?

  La confusión del momento hizo que Marina olvidara darle las gracias. Ya en la puerta, resolvió que el director Bermudez era un buen hombre y se preguntó cómo se sentiría si le regalara, también a él, un poco de tejido de gabardina. Después de todo, había hecho retroactivo su aumento de sueldo.

  Frugal fue su almuerzo en el comedor del Ministerio, un pincho de plátano frito y una botella de Coca-cola. A la una estaba en Finanzas, donde buena parte de las jóvenes funcionarias, agrupadas en torno a algunos escritorios, mataban el tiempo charlando mientras otras leían el periódico o simplemente se daban a una exánime contemplación del cosmos. Aquella escena tan familiar transportó a Marina a su provincia. En el despacho del director, le habían dicho que este no regresaría; se encontraba en Batasang, asistiendo con el ministro a una reunión presupuestaria.

  Para qué quedarse allí. Resolvió ir a ver una película; llevaba cinco años sin pisar un cine con aire acondicionado.

  Antes de las ocho de la mañana, Marina estaba en Finanzas, donde reparó en que el departamento contaba con varias jóvenes atractivas que parecían no hacer nada. A las ocho y media llegó él, Julio Lobo, uno de los hombres más poderosos del Ministerio. Marina reconoció el tejido de gabardina marrón apenas pasó ante ella. Tras comprobar, a través del panel de cristal, que Lobo se había instalado al escritorio, accedió.

  El director Lobo escudriñaba una pila de documentos, verificando cifras con una pequeña calculadora. Ante la presencia de Marina, elevó unos ojos que antes no parecían tan saltones y sus gruesos labios se fruncieron en una sonrisa. “¿Sí?”
  Sin derrochar palabras, Mrs. Salcedo no dejó de mencionar que venía de provincias.
-   Déjeme aquí los papeles-, indicó él, con la sonrisa aún en el rostro y precisó: Tengo prisa. Hay una reunión en Batasang y no pasaré por aquí en todo el día, hasta las cinco nada, puede pasarse a esa hora–. Y, asintiendo doblemente, apuntilló la conversación.

   Tenía todo el día libre. La película del día anterior no había sido muy buena y  quería hacer algo que liberara su mente de la tensión y la frustración que le tenían el estómago agarrotado y le habían causado aquel dolor cervical. Con todo, se sentía afortunada; había colegas suyos que, al cabo de una semana en la capital, aún no habían conseguido ni sacar en limpio sus documentos en Administración. Además, en otros ministerios la cosa podía ser peor. Conocía a alguien que trabajaba en la docencia y había tenido que pagar mil pesos solo para obtener un traslado.

  Se encontraba en el vestíbulo cuando comenzó a lloviznar y decidió quedarse en el edificio, donde visitaría a amistades que tenía en Planificación y Formación.
  A las tres, se personó en la antesala del despacho del director Lobo. En aquel departamento, todo el personal de mecanografía era nuevo, algo que contrastaba con el vetusto plantel de su ciudad de origen, y las jóvenes, aun con el uniforme de trabajo, tenían un aire acicalado y coqueto. Zapatos de cuero y altos tacones, maquillajes más propios de una fiesta. Marina se esforzaba por avanzar en las primeras páginas del libro de bolsillo que había comprado el otro día para su hija, aficionada a la lectura de novelas, pero no pudo mantener su atención ni Irwin Shaw, con toda su lucidez, ni los fragmentos de conversación que atrapó de las chicas, que departían sobre la discoteca de Makati a la que acudirían aquella tarde. 
         
  A las cinco menos cuarto, y tan lleno de papeles que parecía a punto de reventar, hizo su entrada el lujoso maletín de cuero del director Lobo. Tres chicas llevaron más papeles a su despacho; una cuarta le acercó una botella de cola y unas galletas. Cuando se hubieron marchado, entró Marina, a quien el director recordaba. “Ah, Mrs. Salcedo”, le saludó, “sí, su documento sigue aquí. Pero me pondré con él mañana sábado. ¿Sabía usted que me toca trabajar los sábados?“
-   No, señor.
-  Pues así es- Lobo mostró el amarillo nicotina de sus dientes,- Así que lo tendré listo, quizás, mañana a primera hora de la tarde-. Su mirada saltó intermitentemente entre los papeles y el calendario de su escritorio.- A ver, nivel 53…cien pesos mensuales- mascullaba. - Vaya, serían mil doscientos al año. No puede importar que me invite a una cena de cuarenta pesos…
-   Por supuesto, señor.
-   Muy bien- prosiguió Lobo, -mi japonés favorito está en Ermita, en Padre Faura, no tiene pérdida. Estaré allí el domingo por la tarde, a las siete. ¿Hay cita? Allí tendré sus papeles, todo listo. No veo ningún problema.
-   Gracias, señor, respondió Mrs. Salcedo.

  Nada menos que cuarenta pesos…Se lo podría permitir si ella no cenara. Probablemente, se gastaría ochenta. Seguiría quedándole para el autobús. En el peor de los casos, podría cobrar su sueldo en Manila, aunque eso supondría bastante ajetreo.

  Marina Salcedo no salió del apartamento de su prima segunda ni el sábado ni toda la mañana del domingo. Le preocupaba incurrir en gastos innecesarios con solo poner un pie fuera de la casa. Se dedicó a hacer pasteles de arroz, limpiar la parte trasera de la cocina, donde tendían la ropa, a cuidar unas cuantas macetas con begonias y sanfranciscos, y solo dejó de limpiar cuando las losetas de la sala de estar quedaron exentas del barro que se había acumulado y endurecido en las juntas. Después, enceró el suelo hasta que quedó brillante y lavó con jabón las deslustradas paredes. Al regreso de sus anfitriones, por la tarde, el lugar estaba fragante. El arduo trabajo de Marina causó en su prima una mezcla de embarazo y alegría. El domingo por la mañana, ayudó con la limpieza, con la plancha y, a eso de las dos, puso rumbo a Ermita para ubicar el restaurante japonés.

  Sobre las dos y media, el restaurante, cuya localización no resultó difícil, comenzaba a vaciarse, quedando unos cuantos extranjeros, japoneses en su mayoría, algún occidental. El lugar tenía algo de intimidatorio; automáticamente, Marina cayó en que los restaurantes con aire acondicionado eran costosos y se preguntó cuánto, aparte de la cena en sí, tendría que dejar como propina. Debía ser franca con el director Lobo, decirle que no contaba con todo ese dinero, que ya le invitaría de verdad después de su aumento salarial.
  Desde el restaurante, se encaminó a la Luneta, como ella llamaba aún al lugar, y desde allí al Hotel Manila, marco de su recepción de licenciatura en el año 55, fuente de gratos recuerdos: su futuro marido, por entonces solo una cita, y aquel motel donde, finalizado el baile, pasaron la noche.
  Le resultó abrumadora la vastedad del lobby, la finura de las maderas nobles que cubrían los suelos, lo reluciente de los mármoles. Era un delito pisar aquellas alfombras, usar aquellos sofás. Nunca había estado en un lugar tan ostentoso ni visto aquellos uniformes blancos de los botones. El hotel era como un elegante testimonio que probaba que la New Society sí traía progreso. Reparó en la cafetería, en el  terno que lucía la camarera. Pero una simple taza de café quedaba fuera de su alcance en aquel lugar. Regresó al lobby y se sentó a disfrutar del aire fresco, del desfile de gente distinguida. Más tarde, asistió al concierto de las cinco en el parque; nunca antes había escuchado en vivo a una orquesta sinfónica, cuya variedad sonora le maravilló.

  A las seis y media, puso rumbo nuevamente al restaurante nipón. Allí estaba el director Lobo, en camiseta y vaqueros azules, panza prominente, resplandecientes los escasos cabellos por el aceite capilar. El olor a colonia cara que desprendía en un primer momento fue engullido, apenas alzó un brazo, a una pestilencia sudorosa y delatora de un cuerpo sin lavar que noqueó a Marina. La guió a un mostrador; ante ella, una elongada exposición de pescados, berenjenas, langostinos. Por detrás, filipinos ataviados a la japonesa asaban las berenjenas, tiras de carne, alas de pollo. Tiraba hacia atrás el olor de la salsa de soja, del aceite de cocina. La luz de los faroles rojos de papel que había dispuestos sobre la comida daba al rostro de Lobo un aire vagamente siniestro.
-   Señor, usted sabe- no le fue fácil decirlo- que no soy más que una pobre oficinista de provincias. No tengo más que cien pesos. 
           
  Una mano de Lobo oprimió entonces la rodilla de Marina Salcedo. “Querida mujer”, dijo, “no nos vamos a gastar todo eso. Yo no voy a tomar más que té y sashimi, pescado crudo. Me sienta mal comer mucho. Lo que no me sienta mal es hacer el amor; después nos vamos a un motel. No nos costará más de cuarenta.

  Marina no quería creer lo que había oído. Acudió entonces a su recuerdo aquel rumor de que el director de Finanzas era un mujeriego y a menudo hacía lo que ahora estaba haciendo con ella. “No puede ser”, con el pecho atenazado por la ansiedad, “es imposible, tengo que quitarle esa idea”. Pidió brotes de soja, lo más asequible del menú. No había cucharas ni tenedores; el director trató de enseñarle a usar los palillos.
-  Señor, tengo tres hijos, se lamentó Marina, -el mayor casado, y un nieto.
- Magnífico”, replicó Lobo- pero no tienes pinta de abuela, ¿sabes? De todas formas, nunca le he hecho el amor a una abuela. No los tienes flácidos, tienes buena pechuga- con avidez contemplaba sus senos y ella sintió que la sangre le corría hacia el rostro-. Bueno, a ver si siguen firmes después de los tres hijos.
-   Señor, habiendo tantas jóvenes guapas en su despacho, seguro que…
-   Así que lo has notado- comentó Lobo riendo- pero a ellas les falta madurez, no tienen práctica. Tienen que aprender, y yo no quiero ser siempre el maestro. Como siempre digo, nada mejor que una madura atractiva. Como tú….

  Ella sintió una presión mayor y que ahora le subía por el muslo.
- Tengo cuarenta y cinco años.
- No los aparentas. 

  Sumisa, le siguió hasta el coche, estacionado a cierta distancia y en la misma calle. Tenía aire acondicionado. “Con una hora tenemos”, iba diciendo él cuando tomaron el bulevar, “pero, si te gusta, podemos estar dos horas.”
  Marina tenía la garganta seca. Tenía que tratar bien a Lobo, en cuyas manos estaba su futuro. “No puedo hacerlo, señor”, manifestó a la desesperada, “ni aunque quisiera, sabe, tengo el periodo…”
  Pero nada iba a disuadir a Lobo. “Marina, no soy quisquilloso”, rebatió, volviéndose sonriente hacia ella.
  Al fin solos en la habitación del motel, Marina hizo un último intento. “Por favor… Cuando tenga el dinero, le doy la mitad. Se lo prometo”.
  “Esta chica es tonta”, gruñó él, extrañado por sus palabras, “yo no necesito dinero”. Y procedió a soltarle el cinturón. “O te desnudas”, le ladró al verla inmóvil, “o te arranco yo la ropa”.
  “Mi pobre marido”, se lamentaba Marina al caer sobre ella aquellas zarpas, “mis pobres hijos”.

  Llegó al piso a las nueve. Fue a pie desde la esquina de España, donde la dejó el director Lobo. La ducha fue prolongada; se sentía sucia, objeto de abuso, invadida por una aversión que no podía liberar. Le enfermaba el tacto de aquellas manos, el infame aliento, el roce de aquel rostro grasiento contra el suyo. Se preguntó cómo sería reunirse con él por la mañana, pues ni siquiera había cumplido su promesa de traerle los papeles.
           
  Al cabo de una noche lánguida, Marina se sintió a punto de vomitar. Pero el deber apremiaba y, una vez superado el trauma del día anterior, no habría obstáculo que no pudiera superar.
  Lobo la recibió con un guiño. La mirada de Marina repelía el rostro carnoso del director, la sonrisa lasciva. “Vamos al segundo piso, a ver al ministro”, le dijo, tomando en su mano aquella carpeta que Marina reconocía como propia.
  El despacho ministerial era inmenso y todo enmoquetado. Cubría las paredes un papel azul, algunos cuadros. Tras el escritorio, el retrato en color del presidente y la primera dama. Sofás tapizados en el extremo opuesto, plantas ornamentales más cerca y, decorando la mesita del café, un jarrón de cristal con margaritas.
  El ministro Arcadio Guzman se encontraba firmando los papeles que dos secretarias habían desplegado ante él. También llevaba un traje de tejido de gabardina, color claro en el que, al fijarse con mayor detenimiento, Marina descubrió una calidad más exclusiva.
  Cuando hubo terminado, el director Lobo se dirigió a él con los papeles de Marina. El ministro se giró hacia ella con los ojos soñolientos de un borracho y la reconoció al punto. “Ah, Mrs. Salcedo”, dijo, consultando el nombre en los documentos, “Recuerdo que usted dirigió los cantos del Himno Nacional en el programa. A ver, que le firme esto, ¿no? Con mucho gusto”, y preguntó a Lobo “¿Hay fondos?”
-   Sí, señor.
-  Bueno, Mrs. Salcedo, ¿cómo están las cosas por allí?, preguntó el ministro, dirigiéndose nuevamente a ella una vez firmados los papeles, “¿Qué problemas tienen? Ya se imagina que no todos los días viene a verme alguien de sus lares. Y hablamos de una provincia fundamental para el programa de la New Society. ¿Cómo marchan las cosas?

  Mrs. Salcedo tenía un aire reflexivo. Le extrañó que el ministro hablara en serio y se preguntó cómo podía estar bebido tan a primera hora de la mañana. “Hasta donde yo conozco, señor”, afirmó sacudiendo la cabeza, “no tenemos ningún problema”.
-  Venga, por favor-, porfió el ministro, instándola a que se abriera.- Sea sincera; solo la verdad nos permitirá alcanzar resultados. No queremos hacer castillos en el aire, no queremos retórica hueca. Quiero hechos.
-   Todo está en orden en mi provincia, señor- repitió, sacudiendo nuevamente la cabeza.
-   Bueno, pues muy bien- recitó el ministro, -pero tienen que trabajar duro, eh, todos. Han de recordar que estamos aquí para servir a la gente, que estamos construyendo una sociedad nueva. No es habitual que una administración goce de oportunidades como esta para probar su valor, para construir una nación de progreso.
  El sermón no era solo para ella; iba dirigida a todos los empleados, a los arribistas, parásitos y vividores en general, a todos los presentes en aquel despacho.
-   Sí, señor.
-  Tenemos que trabajar todos juntos. La palabra es cooperación. E innovación, también. Es estupendo lo de los ascensos, pero deben ser merecidos. Y solo los mereceremos si servimos al pueblo…

  Dos pesos le quedaron tras pagar el autobús. Los tres bocadillos de  ternera enlatada que se había hecho con pan de sal tendrían que durarle hasta llegar a la casa. Brillaba el sol de julio –habían pasado las lluvias- y siguió brillando hasta última hora de la tarde, cuando el bus dejaba atrás la Llanura.
  Ya estaba oscuro cuando llegó a su parada, pasadas las seis. Optó por hacer el camino a pie y ahorrarse el trayecto en triciclo taxi. No tenía mucho equipaje, apenas el bolso de mano y otro de lona donde llevaba su ropa y la tela de gabardina, aquella novela de saldo de Irwin Shaw y un par de manzanas.

  Apenas dejó atrás la parada del bus, comenzó a menguar la densidad de casas. Marina y su familia vivían a las afueras de la ciudad, donde tenían la oportunidad de cultivar vegetales, de criar pollos. La carretera, sin pavimentar, estaba llena de baches. No llegaba la electricidad y las viviendas estaban ya muy espaciadas. Acababa de doblar en una intersección de la pista cuando aquel hombre surgió bruscamente de las sombras y se apoderó de su bolso.  A pesar del sobresalto, del miedo, Marina se aferró a él, no pensaba dejárselo arrebatar. Pero, derribada por la fuerza bruta de su asaltante, dio con su cara en el suelo. Él tiró del bolso. “No llevo nada de dinero”, le gritó ella, “solo mis papeles. ¡Mis papeles!”. Pero dudó que la oyera, pues había huido como alma que lleva el diablo.

  Aturtida, lesionada, se puso en pie lentamente. Aún faltaba un trecho para su casa y apenas le quedaban fuerzas para caminar. Tomó del suelo el bolso de lona que contenía los regalos. Comenzó a chispear; su paraguas plegable estaba en el bolso robado. Poco le importaba mojarse; era la pérdida de los documentos lo que la paralizaba. Todo lo que tenía que hacer con ellos era mostrárselos al pagador;  el aumento, por fin, era suyo. Los años le habían enseñado que ninguna carta ni telegrama a Manila le serviría para obtener duplicados. Tendría que repetir el viaje, y la desoladora idea de tener que volver a pasar por todo aquel calvario le sumió en una mezcla de furia y temor.           

  Entró en el campo visual su vivienda, la techumbre de estaño, aquella lánguida luz crepuscular sobre el velo de aguacates y marunggay. Cuando abrió la puerta, sus familiares, que se encontraban en plena merienda-cena, corrieron a recibirla. La blusa rasgada, el barro en su rostro cenizo, el cabello húmedo y desaliñado desataron un caudal de preguntas que no recibieron respuestas pues, como un embalse roto, Marina Salcedo cayó a plomo sobre sus rodillas, rompió en amargos sollozos de rabia, de amargura, y no hubo cuidados ni palabras de aliento capaces de contener aquel río desbordado.


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