bullies de baja intensidad/otoño del 95

  Se apellidaban Fraga, Feijóo y Ayuso. Con estos nombres, parecería comenzar una tragedia histórica en Galicia y Borbonia, pero no eran más que tres depredadores oportunistas de los espacios juveniles de adoración al privilegiado cosificador.

Lo de los apellidos era casual, aunque de uno supe que era pepero y de los otros dos me lo imagino.
Tres espantajos que irrumpieron en mi nuevo y geológico renacer, que llegaron como para darme una propina del infierno del año anterior y que, aunque desinflada, parecía transmitirme, a través de aquellos nadies, que en nuestro mundo no hay salvaciones completas.

Ángel ametrallaba verbalmente. Tenía el gesto del típico canallita que se alimenta de las sonrisas del personal al oír sus supuestas hazañas sexuales y alcohólicas.
Ojos de Rocky, cabeza a lo Bart Simpson.
Bombardeaba con repeticiones de estridentes gracietas rancias y quería mostrarse, a nuestros dieciocho años, de vuelta de todo.

No fue malicia, sino hiperventilación, lo que le llevó a endosarme el mote.
Era por mi aspecto físico y coincidía con el primero que tuve durante la colonización de mi instituto. Más adelante, y por boca de un personaje ambivalente en su posicionamiento dentro de aquellas correlaciones de fuerzas mafiosas, saldría
también el segundo y más hiriente.

En mi recuerdo estará siempre ligado a tan funesta triada quel laboratorio de química tan escarpado, con la vergüenza y el dolor de que me vieran con lástima lxs demás, por llevar la pesada carga del apodo y no poder sacudírmelo de encima.

De Fraga ni recuerdo el nombre. Era grandote, el típico cuerpo sin sesera.
Media Melenita, mirada vacía de toda expresión más allá de la frivolidad.
Un día, a la entrada del laboratorio de química, lanzó lo más alto que pudo una naranja del rancho de alguien para verla estrellarse contra el suelo,
y eso es lo más profundo que recuerdo de él.

Los tres hacían algo que al parecer consideraban chistes y que habrían abochornado a cualquier troglodita.

Iván era menudo, también con melena de Cayetano, jerseicito y porte de niño del club de golf. Nadie, ni él, sabía qué hacía en geológicas, en la universidad pública.
El desierto de su rostro al ver pasar a los profesores, el discurrir de las clases, era como quien hace zapping porque no encuentra nada mejor que hacer.
Se regodeaba en hacer bromas con aquellos que le parecíamos más débiles o nerds, ponía estúpidos y huecos gestos, marcando más sus labios de pijo de Baqueira, su moreno uva. A mí se dirigía siempre por mi mote, exento de una crueldad que le habría exigido, al menos, tener algo de espíritu. Lo hacía como algo simple e inevitable, tenía ese aire de desapego respecto al mundo exterior a su palacio de quien sólo se inquieta en la vida por ver qué va a consumir este finde en la discoteca de pago, por cuidar ante sus amigotes el relato de conquistador de cochazos y tías de anuncio.
Me resultaba repulsiva aquella sonrisilla, reveladora de una mente hueca, el modo en que hablaba, como consumiéndolo, de todo ser ajeno a su burbuja y, por si le faltaba algo para ser el campeón de la Complutense en darme asco, gustaba de la tortura de animales no humanos.
A veces me sigue asaltando aquel gesto como de afirmación de todo privilegio y abuso, aquella cara de contenedor vacío. Es como si, a pesar de los años, me resistiera a creer que se hayan cruzado mis pasos con los de seres cuya existencia fuese tan gris, tan nula su aportación al mundo.

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