Antes del alba, relato de Oh Jung-hee (1977)

 

Relato publicado en Moonhak-kwa Jisong, primavera de 1977

Todo lo cubría un denso manto de nieve con la única excepción de la autopista, que discurría bordeando montes lejanos y de escasa altitud. Con su trazo simple, la delgada línea dividía en dos mitades un mundo rocoso y vestido de blanco. Nada rompía la quietud de la escena salvo la infrecuente irrupción de alguna silueta humana o las bandadas de pájaros hambrientos que, estallando en ocasionales y multitudinarios aleteos, alzaban el vuelo en los claros. Nada, de no ser por la carretera, haría pensar que aquello no era un dibujo paisajista plasmado en una inmaculada hoja de papel.

Una vez liberada de la persistente ilusión de que aquel confín no era más que una lámina de impecable superficie, la vista tomaba plena conciencia tanto de la carretera, que describía pendientes de cuarenta y cinco grados para desparramarse después en cuatro carriles, como de los arrozales, totalmente pintados de blanco. 

A consecuencia del brusco descenso de la temperatura, la nieve caída durante la noche comenzaba a fundirse. Los trabajos de retirada habían salpicado los arcenes de la carretera de nieve sucia, apelmazada en parches, mezclada con tierra. Ruedas cargadas de cadenas, los vehículos centelleaban, reflejaban níveos destellos. Un centelleo que era, probablemente, el responsable de que el soniquete de de los férreos anillos al impactar con la calzada fuese metálico y opaco, tan distinto del ruido fricativo que cabría esperar. 

Variados en tamaño y modelo, los vehículos conformaban, sin embargo, una compacta entidad en la que resultaba imposible aislar sonidos individuales, debido, quizá, a que la carretera los arrastraba, haciéndolos discurrir como el agua de un río, como un flujo que, por momentos, llegaba a asemejar una enorme cinta transportadora. Al avanzar, cada vehículo no solo aprovechaba las huellas del anterior sobre la nieve, también las acústicas; la comitiva evocaba una gruesa cuerda, tensa y áspera, y el oído, más que estímulos aislados, captaba un único y grave estímulo sonoro.  

Al caer la noche, el ruido descendía una octava, se volvía aún más grave y sordo, se hundía en la oscuridad para resurgir luego. Aquella especie de lamento era, necesariamente, el sonido exacto que se generaría si la carretera entera, si el mundo entero se pusiera a rechinar los dientes en actitud infinitamente hostil. 

La hilera de coches, que avanzaba sin toques de claxon, y un espantapájaros,  abandonado en el desierto arrozal, eran dos elementos inconexos entre sí y, precisamente por ello, más genuina su fusión en una sola entidad paisajística que repelía la línea visual. 

 Allí representado había un mundo que resultaba remoto y dotado de vida propia. El núcleo urbano, encajado entre los brazos del río, aparecía enfrentado a mi vecindario, tan envuelto en sombras que parecía enmarcado aparte. La densidad del agua, por otra parte, no permitía discernir si se trataba de una columna de humo o de los reflejos azulados del anochecer. Era como esos mundos de las viejas historias, de esos que se extendían tras las paredes o a los que se accedía traspasando de un brinco un espejo octogonal. Un mundo que siempre yo siempre recordaré nublado o lluvioso.  

Muy diferente de aquella estampa era el lugar donde yo vivía. Nada de autopistas; solo atravesaba el vecindario una pista de poca entidad y salir a ella desde mi casa había que bajar una cuesta de cuarenta y cinco grados y, después, cubrir un buen trecho bordeando un montículo en el que quedaban algunas briznas de hierbas silvestres, de girasoles púrpura, manzanillas y otras flores perennes. En el punto donde aquella senda, de anchura apenas suficiente para permitir el paso de dos taxis rozándose, se encontraba con el camino principal, estaba la parada de autobuses, marcada apenas por un poste, y donde nunca esperaban más de cuatro personas. Pocos vehículos, a excepción de los colectivos, transitaban aquella calle. El paso de taxis y coches privados era infrecuente y quizá por eso aún quedaba algo de nieve. 

Un camión de los que pasaban por la lejana autopista se había hecho a un lado del camino. Un hombre en cazadora de cuero surgió de la cabina dando un brinco y se puso a orinar de espaldas a la pista, en dirección a unos hierbajos que había en la cuesta. 

Sobresaltado por el graznido de una urraca junto a la ventana, el pájaro de la jaula se puso a trinar de un modo brusco y vehemente. Caída en  un flanco de la cama, la mano de la anciana llevaba a cabo los movimientos leves que uno hace cuando quiere asir algo o golpear una puerta con los nudillos. Yo me incorporé, tomé un trozo de tela negra de la mesita, dispuesta junto al cabecero de la cama, y cubrí la jaula, cuyo morador, creyendo quizá que había caído la noche, no tardó en aplacarse. Al otro lado de la ventana, una mezcolanza de trinos, correspondientes a tres o cuatro especies distintas de pájaros, se unió al graznido de la urraca. La algarabía causó en mi oído un sobresalto comparable al de un calambre, pero ni un aleteo en la jaula, ya aquietada. 

La anciana arrugó el gesto y se acostó de lado. El rayo de sol que, adaptándose a su contorno, le acariciaba la nariz, retrocedió hasta los pies. Pegué la silla a la ventana, tomé asiento y, de nuevo, dirigí la vista a la ventana. Más allá del vidrio, donde el contraste de temperaturas derretía la escarcha y la hacía fluir, la notable transparencia del aire permitía percibir los destellos de las partículas en proceso de fusión y evaporación. 

La atmósfera era un medio vacilante en cuyo seno seguía parado el camión. El conductor, que había terminado de orinar, abrió la tapa del motor como si estuviese apartando un obstáculo. Con movimientos garbosos y visiblemente apremiado, se encaramó a su asiento, de donde no tardó en descender nuevamente. Los movimientos de su gorra amarilla, que se esfumaba y resurgía alternativamente ora entre las ruedas, ora por la puerta abierta de la cabina, indicaban que el vehículo no estaba listo para partir.

 
Días antes, se detuvo un taxi en el mismo punto del camino. Su propietario dejó el capó abierto y subió la cuesta en dirección hacia mi casa. Llevaba uno de esos brazaletes que dan a los conductores ejemplares. 

“Señora, ¿me daría un poco de agua?”, gritó hacia mi ventana desde el pie del montículo-. “Se me ha recalentado el motor…” A pesar de haber supervisado todo su recorrido sin un pestañeo, mis ojos lo examinaban como si lo acabaran de descubrir. “Ande, deme un poco de agua”, vociferó nuevamente el conductor modelo subiendo la voz, “que aquello está al rojo vivo…”

Con un gesto brusco, tiré un paño sucio que llevaba en la cabeza y me aparté de la ventana. El hombre salió de mi campo visual para dirigirse nuevamente a la puerta que daba acceso al patio. Al abrirla, lo encontré con un bidón en brazos y encaminado a una esquina donde había un grifo. 

“Eso está helado, oiga”, lo exhorté, en tono resuelto e interponiéndome en su camino”. No va a salir agua. Espérese”. 

En realidad, no sabía si aquel grifo se habría helado o no, pues no lo había usado nunca. Tomé el bidón de las manos del hombre y, no sin antes hacerle esperar un buen lapso de tiempo, lo llené en el grifo del baño. Él no dejaba de estirar el cuello para mirar en dirección a su vehículo aparcado. 

Cuando se hubo marchado aquel visitante, eché el pestillo de la puerta, regresé inmediatamente al aseo y mantuve largo rato la mirada inmersa en aquel espejo, de cuya superficie el mercurio se había desprendido en varios puntos. El chorro de agua que, con fuerza, brotaba del grifo, se elevaba sobre el lavabo de porcelana haciendo espuma y hasta rebosar el borde.

Regresé a la estancia, ceñí de nuevo el trapo a mi cabeza y volví a mirar por la ventana. Aquel hombre completó su descenso de la cuesta y, seguidamente, se inclinó hacia la parte delantera del vehículo. No tardó en cerrar el capó y reanudar su viaje. Por el sendero, subía una mujer con una chaqueta larga azul marino. De su mano, un niño o niña cuya silueta, debido a la escasa altura del nevado montículo y a las hierbas secas, quedó oculta a mi vista unos instantes. El grueso sombrero de pelo y las prendas de abrigo que cubrían su diminuto cuerpo me impedía distinguir su sexo. Se trataba, probablemente, de residentes del poblado. 

Marcando el compás con golpecitos de los pies en el suelo, yo canturreaba sin sentido, agregando a la melodía las letras que se me ocurrían al vuelo: “Adónde vas, óyeme, ven/ lo que desprende tu pecho es/ de corazón un pedazo, aún caliente…”. Es entonces cuando me convertía en el lobo del cuento: “Tu abuelita está malita; ven, Caperucita”.

Repetí la canción con intensidad creciente. En la jaula, el pájaro aleteaba. La anciana golpeó el lecho sin fuerza. Su rostro estaba dirigido hacia mí, pero no distinguí si me miraba. En contraste con la severa discapacidad visual que la aquejaba, su oído era muy agudo; no se le escapaba una brizna de aire que pasara rozando la ventana. De cuando en cuando, colocaba ante ella la palma de mi mano, abierta como un abanico, y la movía con laxitud. Sus ojos, entonces, se mostraban apagados, parecían nublados y secos, parecía que tuviera amaurosis. En aquellos ojos que no pestañeaban, había leve movimientos de las pupilas. 

Tomé en mi mano el chal, que había dejado a medio hacer, pero mi línea visual, presa del hábito, saltaba siempre a la ventana. 

El camión seguía donde se detuvo. El conductor acaso estuviera bajo el vehículo o, tal vez, tratando de arrancar el motor con denodado esfuerzo; también es posible que otro vehículo lo hubiera acercado a comprar alguna herramienta o repuesto. 

Junto a la cabecera de la anciana, se desperezaba el gato. Indolente, se estiró, puso las orejas de punta como en señal de alerta y se volvió a tumbar. No se apreciaba una gran diferencia entre su pelaje gris y el cabello de la vieja, caído sobre la almohada como una madeja enredada.

Siempre recordaré el día de mi llegada a aquella casa, el diálogo mantenido con mi antecesora en el puesto, que, cuando me presenté allí, recogía sus bártulos y disponíase a marchar. 

“ ¿Hay muchas ratas?”, le pregunté, con la mirada puesta en el pelaje sucio del gato. 

“¿Si hay muchas?”, replicó, con una sonora risotada. “No hay otra cosa. A éste cualquier día se lo comen, y no se lo digo por decir; con lo viejo que está, no me extrañaría (…). Y se preguntará por qué lo tenemos entonces”, prosiguió. “Pues ya ve, a veces una necesita tener al lado algo vivo y que se mueva. Tampoco es como un amigo humano, pero menos da una piedra.” 

Mientras mi antecesora daba estas razones, el susodicho animal se encontraba tendido a sus pies, taimado, pícaro, como calentándose al sol, en una actitud sosegada en la que, sin embargo, detecté una suerte de innata cautela con el potencial de volverse hostil de un momento a otro. 

“Ahora lo ve usted así”, agregó aquella mujer, “pero no da poca guerra ese truhán. A veces, se pone odioso de lo zorro que es. Pero bueno, usted intente llevarse bien con él. Es normal que se ponga borde con los recién llegados; él estaba aquí antes.” 

“En cuanto a la abuela”, prosiguió, “no se inquiete usted por ahora. Al principio es normal que la situación sea un poco incómoda, pero no hay nada en particular por lo que deba preocuparse. En el fondo es como un bebé, ¿sabe? Y de los que se portan bien. Los cuidados que requiere son prácticamente como regar una flor de un tiesto. Pero tampoco crea que esto es cosa de dos días; como dicen, la vida de los ancianos es como una vela que se va apagando poco a poco.”

Y lo cierto es que yo, desde que trabajo para ella, siempre tengo la sensación de que de pronto le van a brotar verdes hojas, a florecer sus extremidades, a cobrar nueva vida ese amasijo de escamas que es su cuerpo. 

Estaba callada como un estanque. Su respiración resultaba apenas perceptible, no menos silenciosa que los procesos de asimilación del carbono de las hojas de loto que, al mediodía, flotan inertes en el agua inmóvil. Su cuerpo se hallaba en pleno proceso de desguace, de disgregación, aunque la progresión era tan lenta e imperceptible que daba la sensación de haberse interrumpido a la mitad, como si de pronto se ensamblara nuevamente una máquina ya medio descompuesta. Toda mi obligación para con ella consistía en calentar leche o té negro en los momentos indicados, ponérselo en la boca e, intuyendo también los tiempos oportunos, colocar la cuña debajo de su cuerpo. 

Cuando, al fin, di con este lugar, tras medio día deambulando con una nota con la dirección y un croquis que me habían dado en el refugio, deposité la enorme maleta al final de la tarima que cubría el recibidor. A mi llegada, la mujer que se encontraba disciplinando al gato abrió la puerta del patio y, en un tono acelerado y estridente, comenzó a hablarme como si cacarease: “Bueno, ya me puedo ir. Me preocupaba que no viniese nadie. Llevo tres días pendiente de esto, ¿sabe?, sin quitar la vista de la ventana. No sé cuántas habrán pasado por aquí. Con las que yo he visto solamente, se podría hacer un desfile. Ninguna aguanta; todas lo dejan. Y lo entiendo; la abuela… bueno, no es como usted o como yo…”

Dicho esto, me perforó con la mirada, bajó repentinamente la voz y, pasando a un tono familiar, me interpeló: 

“Usted viene de … allí, ¿verdad?”

Asentí, moviendo las manos de forma que pareciese que me estaba colocando la ropa, que se me había abultado a la altura del pecho por el descuido propio de la situación. 

“Lo sabía. Yo también estoy en deuda con ellos”, comentó, guiñando un ojo para, a continuación, adoptando más vehemencia en el tono, añadir: “Estaba claro; parece que lo llevamos escrito en la frente. Pues yo le aseguro que no hay mejor trabajo que éste. Ya me lo dirá con el tiempo.”

“Y, ¿no hay nada especial que haya que tener en cuenta?- pregunté con voz vacilante, abrumada por la fuerza de su rostro.

“¿Especial? Si la abuela no se puede ni mover”, y añadió: “Cuando se agote usted, póngale la radio y ya está…Todo lo demás ya se lo habrán contado antes de venir, ¿no?”

“Sí, por supuesto…”, repliqué.  

“Entonces, ya está”, replicó, sin dejarme terminar la frase: “Con ponerle la radio y darle su leche, todo lo demás va rodado.”

“Veo que no trae mucho equipaje”, prosiguió. “Pues aquí no hay de nada, ¿sabe? Esto es un trasiego de gente y todo el mundo se lleva algo, hasta los utensilios de la casa, para que vea usted. No hay un paño decente; son todas unas ladronas de mil demonios.”

Sus palabras eran cuidadosas y discretas como la primera brasa de una hoguera. Enfrentada al brillo afilado de sus ojos, intensos como los de un halcón, infundí a mis manos la fuerza necesaria para tomar mi petate del suelo. Estando aún en mi mano el papel donde tenía apuntada la dirección, aquella mujer me entregó la llave del portón del patio y la del portal de acceso a la casa. Antes de abandonar la vivienda, tomó un trapo y le dio un repaso final a sus zapatos de tacón alto, aunque ya estaban relucientes. 

Plantada en el umbral, mi mirada insegura siguió a aquella mujer, observé cómo descendía la cuesta. Paso  grácil a  pesar de la maleta, que parecía pesada, la vi tomar el sendero que daba salida al pueblo. Su autobús no llegaba ni de casualidad. Era la única que esperaba en la parada y llevaba ya un buen rato pero, a mis ojos, seguía menguando progresivamente y ya no era ya más que un punto confuso y parpadeante cuando llegó el colectivo que, al reanudar la marcha, dejó la parada desierta y envuelta en una blanca nube de polvo. Ladino, el gato maullaba, frotaba ya el cuerpo contra mis pies.

Todo en la casa era decadencia, decrepitud. Estaba claro que nadie la había tocado en mucho tiempo.  En el jardín, de unos cuarenta o cincuenta pyong (130 ó 160 m2) de superficie, se había acumulado ceniza de las briquetas de carbón y estaba sembrado de agujeros de túneles excavados por las ratas; al contacto de aquel suelo, el pie se resignaba a ser engullido hasta el tobillo. En el muro de cemento, tan agrietado que parecía una telaraña, el agua de lluvia caída del canalón había trazado sucias rayas y los rombos de pavimento que conducían al portal estaban cubiertos de tierra. En el muro de granito que afloraba ante el portal había dos pájaros esculpidos, posados a la par en una rama, las pequeñas cabezas inclinadas como si algo captase su atención. Por debajo de ellos, una aldaba de bronce herrumbrosa y decorada con la cara fantasmagórica de un dragón. Aquel objeto, cuya utilidad me resultaba desconocida, trazó en mi mente lo que parecía la entrada a un mundo mágico, me hizo imaginar que alguna suerte de hechizo pesara sobre aquella casa, extraña y ruinosa pero, al mismo tiempo, portadora de un aura insidiosa y taimada, como la de una vieja prostituta, de una energía hostil que escapaba a mi comprensión y que, durante unos instantes, anidó en mi pecho. 

En la parte inferior de la casa, en un rincón que no captaba demasiado la atención, se hallaba grabada una fecha de quince años atrás, probablemente del momento en que se construyó la vivienda. La sombra del monte cercano mantenía el jardín trasero húmedo y oscuro. Un sumidero roto y expuesto se había colmado de sedimento y las ratas, en grupos, rondaban sobre una pila de desechos de comida, vertidos sin garbo antes de congelarse a la intemperie. Di un suspiro y accedí a la vivienda, irritada por la falta de deferencia y sentido de la responsabilidad mostrada por quien me había recibido al no dignarse ni presentarme a la dueña.

El dolor, punzante y originado en algún insondable fondo de mi pecho, me atravesó nuevamente como si de una corriente eléctrica se tratase. Sorprendí al gato en un rincón de la estancia, lamiendo la leche que yo me había extraído la noche anterior, y cuya superficie ya se había coagulado, formando grumos. Me desabroché los botones del suéter, dejando el pecho expuesto a los rayos solares, y comencé a exprimirme el pecho. De los dos bultos, que sobresalían cual pequeños granos de mijo, manó el líquido blanquecino, discurrió por mis dedos, que presionaban. Bruscamente, casi en un acto reflejo, alcé la cabeza. Acababa de sentir esa mirada adherente, pertinaz, similar al tacto de una mano extraña en mitad de la noche, la mirada escuálida de la anciana, clavada ahora en mi busto. Me acerqué a su lecho y situé un seno junto a aquella boca tan exánime en su forma de abrirse, tan vehemente y voraz al comenzar la succión. 

Emitiendo ruidos como los de las flemas, el tendón de su cuello subía y bajaba rítmicamente y parecía doblegado por el esfuerzo. El blanco líquido manaba de la comisura de sus labios. A fin de facilitar la toma, yo mantenía encorvada la parte superior de mi cuerpo. Me dispuse a ceñir su cabeza y alzarla en mis manos cuando, súbitamente, sentí algo viscoso. Era la parte mucosa de sus labios, la membrana interior, cuyo repulsivo tacto me produjo un espasmo y me obligó a retirar el pecho. Como llevada por un afán de no dejarse arrebatar la fuente en modo alguno, la anciana ciñó el pezón con los labios y tanto se empeñaba en no soltarlo que la parte superior de su cuerpo pareció erguirse; el mío, por su parte, se echó hacia atrás y vomité lo suficiente para llenar una palangana. 

Las ratas no mostraban la menor intención de huir. El gato, que había vaciado su plato de un modo esmerado y escrupuloso, voló a lo alto de la cama con una pirueta, se acurrucó a los pies de la anciana y comenzó a lavarse la cara. La puerta estaba abierta y dejaba entrever la tarima del recibidor, cubierto de una espesa capa de polvo sobre la cual, a su vez, destacaba el dibujo formado por las huellas del felino, similar a un estampado de flores, lozano y refulgente bajo los rayos del sol y profuso al extremo de abrumar al ojo.  

La ventana de la casa contigua, separada de la nuestra por un cercado de bloques, estaba abierta y permitía atisbar la parte superior del cuerpo de la vecina, que aún iba en pijama. Sus movimientos eran perezosos al asomar la cabeza por la ventana y sacurise la caspa del pelo. La anciana arrugó el gesto,  gruñó. Con cuidado, levanté el edredón y coloqué la cuña bajo sus nalgas. Al retirar el edredón, era como si allí tumbado no fuese su cuerpo sino una pila de huesos inestable, volátil, me atenazaba la idea de que aquello se pudiese consumir de un golpe, como si se desplomara, no quedando allí más que un garboso e impecable montón de cenizas.

Bien porque la cuña no había encajado correctamente en su trasero, bien por el desagradable tacto metálico sobre la piel desnuda, la anciana, durante unos instantes, forcejeó con el cuerpo como en señal de queja. No orinó mucho. Después, calenté leche para las dos y té negro para acompañar la mía. Sumamente cómoda resultaba aquella tumbona, antaño usada por la anciana. La parte acolchada del mueble estaba muy desprendida y la espuma afloraba con profusión; pegado al cuerpo tenía un brazo esculpido. Propiedad mía indiscutible, pasaba en ella la mayor parte del día; probablemente, la anciana ya no tendría ocasión de volverse a sentar en ella. Es posible que ya fuese una silla vieja cuando la usaba ella, pues nada invitaba a pensar que alguna vez hubiese sido nueva. Apenas dormida la anciana, retiré el paño con que había cubierto la jaula del pájaro, que me observaba como asustado por la repentina claridad. Ahí seguía el camión, aún no había podido reanudar su marcha. Extrañamente, teniendo en cuenta que no se trataba más que de un vehículo sin relación alguna con mi vida, yo no solo estaba pendiente de su partida sino albergaba el anhelo de que permaneciera indefinidamente en el lugar donde se encontraba  parado; deseaba que aquel camión, del que no podía apartar la mirada un segundo, tuviera a bien hacerme el favor de no partir.  

                                                                                     
La luz del sol trepaba ya por el papel de la pared, rasgado, deslucido y en cuya superficie destacaba una grieta cuyo trazo describía con bastante precisión una amplia sonrisa. En aquella pared estaba la imagen que arranqué el mismo día de mi llegada a la casa. Mi predecesora ya se había ido, pero su actitud me seguía exasperando. Accedí al dormitorio caminando de puntillas, como un intruso, aun sabiendo que se trataba de una precaución prescindible. La cortina de la ventana estaba echada, 

 la estancia en penumbra. Pegada a una de las paredes y con el cabecero a la altura de la ventana, se hallaba el lecho y allí postrada, cubierta con un edredón púrpura, estaba la anciana. Sus ojos se encontraban abiertos y no les faltaba brillo, lo que transmitía un aura de candidez, pero yo no discernía si me miraban o no. Plantada en el umbral, titubeé:

“¿Cómo está, señora? Soy la nueva que viene a cuidar de usted. La de antes se acaba de marchar.”

Agité sonoramente la llave sin que ello suscitara en la anciana ningún movimiento perceptible. Me acerqué a la cabecera de la cama.

“Cualquier cosa que necesite, cualquier molestia, no dude en decírmelo- me dio tiempo a decir. Cerré la boca inmediatamente al recordar el detalle de que la anciana, aparte de estar inmóvil, no podía hablar. 

Tiré de aquella cortina de tela con gruesos pliegues y que, al desplazarse, con languidez y entre ruidos de hierro oxidado, produjo una invasión lumínica que coincidió con el repentino trino de un pájaro por encima de mí. Al acceder al dormitorio, aquella cuerda, suspendida del techo y de la que colgaba una jaula, me había pasado desapercibida. En cuanto a su inquilino, cualquiera diría, a juzgar por el tumulto de cantos y aleteos que montó, que la luz lo había despertando de un sueño de mil años.

 
Tomé asiento en una silla de rincón y recorrí visualmente la fría estancia. Los rayos de sol describían líneas oblicuas sobre la superficie de la pared, delimitando un enorme triángulo de luz donde captaron mi atención un marco de fotografía y una imagen colgada. En el marco se agolpaban varias fotografías, apiñadas sin dejar un resquicio, y el cristal estaba ennegrecido por la acumulación de excrementos de mosca. Dispuesta a un lado, una imagen probablemente arrancada de alguna revista o calendario y que representaba minuciosamente un gato y un niño. A pesar del aire revenido y rancio que transmitía, debido, probablemente, al hecho de llevar largo tiempo allí colgada, destacaba el brillo de sus colores, vívidos y suaves, los carrillos rosáceos del crío. 

Me puse de puntillas y tiré de la hoja que, al desgajarse, desprendió también una tira de papel pintado. Sabía que aquella imagen no estaba allí por razones meramente decorativas. Afloró allí el cemento desnudo de la pared y, en él, una rendija de anchura suficiente para insertar un dedo. Daba la impresión de que aquella lámina la había pegado alguien que vivía en la casa al no conseguir papel pintado del mismo color que el original. 

Aún no me había cambiado de ropa. Reavivé la lumbre, que en aquel momento se extinguía en la caldera, dispuesta en un espacio comprendido entre el dormitorio y la cocina. En la pila había una sartén donde el aceite había formado grumos de la consistencia del alquitrán de hulla, platos por lavar y una zapatilla desparejada que parecía abandonada a su suerte. Colgadas de la pared del aseo, dos macetas de plástico, una con lirios de valle, ocupada la otra por una esparraguera. Ambas estaban renegridas de mugre; las puse en agua con detergente neutro y las lavé reiteradamente antes de devolverlas a su emplazamiento, tan lozanas ahora que parecían esquejes recién cortados. Sin perder aún el agrio estado anímico que me había dejado la indolencia y falta de higiene de mi predecesora, comencé a barrer  y frotar cada rincón de la casa. No tardé en comprender la futilidad de mi empeño: todo, desde la tarima del recibidor hasta el dormitorio, pasando por la alacena y la pila de los cacharros, por donde con tanto ahínco estaba pasando la balleta, eran auténticas cascadas de polvo y surcaban por doquier los rastros de pelo y barro que dejaba el gato en sus incesantes y minuciosos recorridos. Las ratas se criaban en los techos y sumideros, bajo la raíz del árbol muerto, en las grietas de las paredes. El desaseo de aquella casa rozaba lo nauseabundo. El desplome de mi ánimo proseguía de un modo tan rápido e irrerversible que pronto entró en el ámbito de lo que parecía un autoinfringido martirio, en un estado al que me habituaría al punto de que mi mente llegara a encontrarle el lado cómodo y positivo a aquella infinita acumulación de porquería. El aire que circulaba por la vivienda transmitía una abrumadora sensación de mortecino letargo, una torridez en la que, extrañamente, había algo acogedor. Tomé la mugrienta sartén para freír pescado; en la tetera, que no había lavado, herví leche y té negro. Desde entonces, me paso los días sentada en el alféizar de la ventana, con la misma sucia toalla en torno a la cabeza y dedicada a canturrear y tejer chales. 

Llevaría un mes en el refugio cuando el asesor, revisando una detallada hoja de servicio, me preguntó:

“¿ Ha trabajado cuidando enfermos?”

Parecía haber captado su atención una línea que decía que había sido enfermera. Mi respuesta fue afirmativa y resuelta, aunque, en realidad, el curriculum hacía referencia a un trabajo que tuve en la sala de desinfección de un gran hospital, donde estaba centrada en todo tipo de fastidiosas tareas de limpieza de la sangre procedente del pabellón de obstetricia, desinfección por vapor, limpieza de baños. 

“Hay un puesto apropiado”, prosiguió el asesor, frotándose los dedos y chasqueándolos”, una paciente anciana que está vegetal, como está de moda decir ahora. Buscamos a alguien que la atienda. No tiene a nadie, tenerla ingresada en un hospital saldría muy caro, y ya sabe usted lo que pasa con los hospitales del Gobierno o del Ayuntamiento, que faltan camas para pacientes con más esperanzas que ella. Falta presupuesto, personal, de todo”. Y agregó: “Con esta señora han trabajado ya varias chicas de aquí.”

“Bueno, y ¿mis honorarios?”, pregunté, haciéndome un poco la interesante.  

“Por eso no se preocupe. Saldrían de unos ahorrillos que tiene en un depósito a plazo fijo puesto a nombre de una sociedad hermana, con intereses mensuales; con eso se cubra la manutención y el sueldo de la asistente. Si acepta el trabajo, todos los gastos recaerían sobre usted. Así venimos funcionando varios años y no ha habido mayor inconveniente. Y no tendría que llevarla al médico. Mientras no pase nada inusual, bastaría con pasarse una vez al mes por la Corporación X; en la administración de allí le pagan los intereses del depósito. 

Al decir “nada inusual”, el tono de aquel hombre cobró un súbito poder de persuasión que me hizo sentir cómplice suyo en algún delito. Como si reparara en ello, agregó:

“Eso sí, sepa que el vencimiento del depósito coincide con la fecha de fallecimiento de la paciente y solo se puede retirar los fondos una vez confirmado el deceso. Es solo para que lo tenga en cuenta, aunque esos temas van sobre todo por vía legal; no es una preocupación que nos toque a nosotros.”

Admito que, en aquel momento, se figuró en mi mente una especie de ecuación cuyos factores principales eran una anciana sola y desamparada y un depósito a plazo fijo con pingües fondos. Vacilé; algo apremiaba una respuesta por mi parte y no era el movimiento nervioso de los dedos de aquel hombre, amarillos de la nicotina y que hurgaban ya en el archivo del siguiente turno, sino el dolor de mis senos. Llevaba una quincena sin dejar de exprimirme el pecho, entre la mañana y la tarde sacaba un cuenco entero, pero aquello no tardaba en volverse a hinchar, causando gran rigidez en mis pechos. Al sacar aquella leche, experimentaba algo intenso y que, más que una sensación física, estaba en el plano de lo anímico. Era una emoción suave, dulce y triste al mismo tiempo que resultaba similar al sentimiento vivido cuando, en mi niñez, me ponía en los labios pétalos de rosa, aquellas noches sin luna cuando, oculta en el pinar, aguardaba a aquel músico ambulante. 

Al manar gota a gota de mi abultado pecho, la leche había comenzado a empaparme el sostén. Fruncí el ceño, tomé un papel que me entregaba el asesor, con la dirección de la anciana y un croquis. Tras dejarle mi carnet de identidad, corrí a encerrarme en el aseo como quien se oculta para tocarse. Empapada en un sudor pegajoso y grasiento, comencé a estrujarme el pecho.


                                                                                              ~~~~~~

El hombre de la gorra amarilla enganchó el camión a la grúa. La avería parecía fatal. El conductor de la grúa se encaramó a su asiento y el camión, con las ruedas delanteras elevadas, como si tratara de erguirse sobre dos patas, fue arrastrado de un modo deshonroso mientras yo retomaba mi canturreo:

“ Déjala correr/agua que no has de beber…  “


La anciana no despertaba; no cantaba el pájaro. Reinaba un silencio que solo rompía el correteo de las ratas, ese estrépito hueco que, procedente del tejado, llegaba a través de la pared.

 Tendré que ir por veneno. Tendrá que haber alguna botica bajando la cuesta…

Fue como una sacudida y me arrancó un grito. Me pilló desprevenida que llamaran a la puerta de la casa  sin que antes sonara la puerta del patio. No era el viento, que al caer la tarde, cuando se nublaba el cielo, se volvía cortante; era un ruido más nítido. De puntillas, salí a la tarima y subí el interruptor del farol que estaba colgado en el recibidor de la casa. 

– ¿Quién es?- pregunté, afilando el oído como la hoja de un cuchillo, con la luz de la tarima apagada a fin de evitar que parte alguna de la casa resultase visible desde el exterior. 

  • Soy yo…- respondió aquel hombre, aún con el oído pegado a la puerta. 
  •            Al retirar el cierre, la luz de aquella bombilla rota se propagó hacia el exterior y, al quedar iluminada la tarima, se reveló al contraluz la silueta del visitante, tan alto que su cabeza casi rozaba el marco de la puerta. -He llamado al timbre pero, como no oía a nadie, al final he abierto- añadió, con una articulación entrecortada en su voz, ligeramente rígida y áspera. De espaldas al foco luminoso, su expresión facial me resultaba indefinida, como le pasaría a él con mi imagen, envuelta en sombras. El timbre llevaba mucho tiempo averiado. 
  • ¿Por quién pregunta?- proseguí, mientras pensaba que quizá me hubiera dejado mal cerrada la puerta del patio cuando regresé de comprar el matarratas.  Con un golpe de vista, examiné la fisonomía del visitante, que ya se encontraba de mi lado de la puerta. Tanto sus hombros como el gorro de pelo estaban cubiertos de blanco y me fijé en los copos, que revoloteaban como destellos, destacándose contra la luz del recibidor. 

 – ¿Quién es usted? Y ¿a quién conoce aquí?

Depositó sobre la tarima una mochila pequeña y ajada que llevaba grabado el logo de una agencia de viajes. Tenía una mano clavada en un bolsillo del abrigo y en su forma de mirarme había una extrañeza que, más bien, habría sido normal en mí.  

– Encienda la luz, ande- su tono era imperativo y remarcaba cada sílaba-. No se ve nada. 

Sacó la mano del bolsillo. Yo di un paso atrás; quién sabe si no iría a sacar un cuchillo, un arma de fuego. Pero nada salió de allí sino un muñón, unos dedos que se interrumpían a la altura de las segundas falanges. 

  • ¿No se encuentra nadie más en la casa? 

– No- mascullé- sólo la señora y yo. 

Con gran estrépito, una fuerte racha de viento me ahorró la molestia de cerrar la puerta. Sólo rompía la oscuridad del recibidor un hilo de luz que entraba por una rendija de la puerta de entrada y se quebraba, haciendo una “L”. Palpé la pared hasta dar con el interruptor. 

  • Dígale que estoy aquí, ande- me instó, agachándose y desvelando no poca pericia al desatar con el muñón los cordones de sus zapatillas de baloncesto, que lucían bastante nuevas bajo la capa de barro y humedad que los cubría.
  • Que le diga que he venido- insistió, elevando la mirada, agachado aún. Yo seguía en pie, brazos cruzados, mirada perdida y moviendo los dedos de los pies, que se me comenzaban a enfriar. Cuando terminó de descalzarse, el visitante subió a la tarima. 

–          ¿Qué hace ahí plantada?- su tono cobraba un registro cada vez más informal-. Déjelo, ya voy yo- agregó finalmente, al no encontrar en mí la menor intención de seguir sus indicaciones. 

No tardó en cruzar el recibidor, abrir la puerta y acceder al dormitorio. Parecía rondar los cuarenta y cinco o cincuenta años; tratando de imaginar qué relación podría tener con la anciana, lo seguí. Todas las tardes, a esas horas, yo encendía la lámpara de noche, pues la luz natural no sólo molestaba a la anciana, sino que también le daba al pájaro ganas de cantar. Bajaba todo lo posible la pantalla de la lámpara y la colocaba en un rincón apartado del cabecero de la cama, quedando el dormitorio en penumbra. 

El visitante se hallaba plantado en el umbral, ojos abiertos como platos, fijos en los brillos del interior. Por un momento creí que, exánime, se iba a dejar caer allí mismo, que sus rodillas se clavarían en el suelo de un momento a otro. Su mirada estaba clavada en el lugar donde se encontraba el lecho, pero parecía no verlo.  Acerqué la lámpara al cabecero para que pudiera distinguir el rostro de la anciana que, con la luz artificial, resultaba más hinchado aún que durante el día. 

– Abuela, tiene visita- dije, acercándome al oído de la anciana, cuyos ojos se encontraban abiertos, quizá desde antes, despejados, cuyo rostro estaba tremendamente arrugado. 

Proyectada en una pared, la sombra del visitante era alargada y oscilaba. La anciana giró su rostro, cuya expresión recordaba la de un niño asustado.

– Se ve que no nos entiende- comentó el visitante.

  • Qué va- opuse-. Se entera de todo.

Subí la pantalla de la lámpara y, con un gesto de la mano, le invité a acercarse.

– Déjelo, por favor- declinó, ladeando la cabeza-. ¿De qué sirve…?

No se movía de donde estaba plantado. Parecía imbuido de una tremenda fatiga en la que, al mismo tiempo, parecía haber algo de comodidad y lánguido atolondramiento al que se hubiera encomendado por entero y que le sirviera de refugio. 

Repasé mentalmente los rostros de las fotografías enmarcadas en la pared; observé de nuevo al visitante. Ni remotamente asociaba aquella cara a ninguna de aquellas que, con sus descoloridas y amarillentas sonrisas, habitaban aquel marco cubierto de excrementos de mosca y, entre hojas de arce, de gingko, entre las ladeadas letras de aquella dedicatoria garabateada, evocadora de épocas pasadas. parecían espectros de una familia retratada en tiempos remotos.

Moví aquella silla con reposabrazos, disponiéndola al pie de la cama. El visitante aceptó la invitación sin vacilar; se dejó caer a plomo sobre el asiento. Fui al recibidor, tomé otra silla para mí y, tras posicionarme junto a la ventana, dirigí mi atención a la nieve derretida que goteaba por la frente del visitante, por sus cejas, y que daba a su rostro un lustre similar al propio del sudor. 

– ¿Quién es usted?- me preguntó entonces-. ¿Adónde han ido los demás?

– Aquí no vive nadie más que la anciana y yo. Ya lo ha visto usted- Su mirada y la mía convergieron luego en el marco de las fotografías, que no pareció despertar interés alguno en él-. Yo sólo estoy aquí para atender a la señora.    

Aproximándose a la cama, se puso a observar a la anciana, quien, percibiendo acaso la mirada puesta sobre sí, giró la cabeza. El visitante ladeó la suya como en señal de fiasco.


– Disculpe la pregunta- lo exhorté- pero ¿qué relación tiene usted con la señora? ¿Son parientes?

– ¿Cuánto tiempo llevan aquí?- replicó, tomando asiento de nuevo. 

– Yo, alrededor de un mes; la señora, por lo que sé, lleva ya mucho tiempo-. Inquieto por la presencia del extraño, el gato se mantenía pegado a mis rodillas sin mostrar la menor intención de separarse. 

– ¿Es usted familiar?- le pregunté. 

– Pues eso creía, pero se ve que no. 

De su mochila, que había depositado junto a la silla, no cesaba de gotear agua, discurría ya por el suelo. Su desidia me resultaba llamativa. 

– Entonces, ¿le trae alguna otra cosa por aquí?

– No- explicó-. En esta casa viví yo hace quince años, ¿sabe usted? Se ve que ha cambiado de dueños. Me ha costado Dios y ayuda encontrarla; las calles y el barrio están irreconocibles. No me esperaba que el monte estuviese tan pelado ni que hubieran hecho una autopista. 

Yo ya conjeturaba que entre el visitante y la anciana no existía relación alguna, pero, más allá de eso, no terminaba de comprender la situación. Aparté la lámpara en silencio, arrastrándola, y alumbré el rostro del visitante, que, deslumbrado, dio un respingo y parpadeó con rapidez, pero no giró la cabeza ni se protegió del foco con gesto alguno de las manos. La luz perfiló el rostro deslucido y enjuto de un hombre que superaba la cuarentena y en cuya fisonomía había signos inequívocos de declive, cierta morbidez en su complexión. Por otra parte, y debido, probablemente, a su inexpresividad, sólo comparable a la de una máscara, las señales del paso del tiempo brillaban por su ausencia. 

Recorrió mi espalda un escalofrío que ya no era atribuible al aire gélido traído del exterior por el visitante; la estancia se estaba enfriando. Abrí la tapa de la caldera y me dirigí a la cocina, donde sustituí la briqueta, que se encontraba en el punto álgido de su combustión, puse la tetera a calentar. Reparando, quizá, en las gotas que discurrían por su frente, el visitante se despojó del gorro, desvelando una cabeza pelada al cero sobre la cual debió de sentir mi mirada. 

– Salí de la trena esta madrugada- reanudó, secándose la frente-. Quince años justos.

En silencio, me puse en pie y giré el cuello de la lámpara tanto como dio de sí a fin de evitar que la luz incidiera en el rostro de la anciana. Tomé asiento, encendí la radio con el volumen bajo, tomé el ovillo y comencé a enrollar hilo.

  • ¿Le echo una mano?- se ofreció.
  • No, no se preocupe- repliqué, revisando con una mirada fugaz el muñón que culminaba su brazo. Estiré las rodillas e inserté la bobina de hilo.
  • En el trullo estuve de tornero- prosiguió- pero, después de perder la mano, me tuve que dedicar a otras cosas- Sonrió con una voz queda-. Llevo varios años sin saber nada de mi familia, pero pensaba que seguirían aquí, ¿sabe? En esta casa vivía con la parienta, los críos y mi madre, que rondará la edad de esta señora. Ni por asomo pensé que pudieran haberse marchado de aquí. No sabía que había estado tan aislado del mundo- parecía escupir las palabras una a una. Cómodamente despatarrado en la silla, no mostraba la menor intención de marcharse. 

La anciana dio unos leves golpes en la cama. Tras depositar el ovillo con cuidado de que el hilo no se enredase, me levanté para ir por la cuña, que coloqué bajo el cuerpo de la anciana procurando ocultar la acción de la vista del visitante. La anciana gruñó un poco y no llegó a orinar. 

Sonó el reloj del recibidor; como siempre, nunca daba más de dos toques, pues tenía un muelle suelto. Empujé el ovillo, ya completo, y retomé el chal. La tetera silbaba; el agua había empezado a hervir. Era todo agitación y estruendo; parecía que la tapa iba a saltar por los aires. De forma simultánea, el visitante y yo dimos un respingo y nos dejamos caer nuevamente en nuestros asientos. Me incorporé lentamente, retiré la tapa y agregué un poco de agua fría, lo que produjo un paulatino aplacamiento del ruido. 

– Qué sonido más formidable- el visitante adoptó el tono de quien se asombra ante un fenómeno insólito y desconocido.

  •       Y que lo diga- convine-. Parece que está pasando un tren… 

Yo soltaba hilo, enhebraba de nuevo, erraba con reiteración los sencillos motivos hexagonales del chal. Tan pocas señales de estar dispuesto a marcharse daba el visitante que me pregunté si no pensaría pasar allí la noche.

  • Verá usted… -finalmente, y como una línea de diálogo memorizada, comencé a pronunciar la frase que internamente había practicado en varias ocasiones, pero vacilé al tomar conciencia de que todo el carácter, todo el color y los elementos de que quería dotar a mis palabras quedaría neutralizado en mi voz, al llegar a la firme conclusión de que, para mi interlocutor, resultaría imposible captar ningún mensaje concreto en una expresión del tipo “verá usted…”. Pero completé la frase: Nosotros también tendremos que descansar… 

El  visitante no movió un párpado. Parecía dormido. Hablando con rapidez y en voz alta, como hacía cuando estaba sola, proseguí: 

  • Aquí no vive su familia, ya lo ha visto usted. Su situación no es fácil, me hago cargo, pero es que aquí solo viven mujeres, ¿sabe?- pronuncié la última parte remarcando las palabras y haciendo pausas para enfatizar. 

Se diluía progresivamente mi fe en que aquel hombre escuchase mis palabras; si continué hablando fue sólo porque me agradaba la suave combinación que resultaba de aquella voz aguda, que no parecía mía, y la acogedora luz que presionaba las tinieblas del dormitorio. 

  • Oiga usted, estoy cansada, llevo todo el día cuidando a la señora. La cárcel será el Hotel Nacional, pero esto no es una pensión. 

El visitante se encontraba agotado y eso determinaba su actitud, todas sus acciones. Yo sabía bien que no suponía amenaza alguna para mí. 

– Pues por aquí no hay ninguna pensión- añadí, en un tono que ya resultaba rudo, metida de lleno en un papel de experimentada y desenvuelta ama de casa-, pero encontrará alguna si baja hasta la calle por donde pasa el autobús. Si se ha equivocado de casa, aún está a tiempo de buscar un poco más por la zona… 

  • – Ya me disculpará- dijo, interrumpiendo mi frase tan de súbito que creí no haber escuchado bien sus palabras- pero si me diera usted algo de comida que le haya sobrado… Llevo todo el día con dos trozos de tofu que comí de madrugada. Lo poco que tenía lo he gastado en el abrigo, el gorro y las zapatillas. No quería que me vieran hecho una piltrafa. Pensé que, al llegar a casa, todo estaría resuelto. En quince años no he podido ahorrar más. No tenía pensado causarle molestias a nadie, sabe usted…

– Si no quería molestar, no tenía que haber entrado…- mi actitud hacia él ya era como un muro de hielo donde rebotaban sus palabras.

Me dirigí a la cocina, desde donde el visitante, de espaldas, quedaba tapado por el respaldo de la silla. En una bandeja, serví arroz frío y kimchi que había sobrado. Enseguida captó mi atención un cuchillo romo que había sobre la tabla de cortar, y cuya hoja pasé por la palma de mi mano antes de guardármelo entre la ropa, junto a mi cintura. Aunque, en realidad, aquel hombre nunca había suscitado en mí el menor atisbo de inseguridad; la única actitud hostil era la que yo mostraba hacia él. 

Mientras cenaba el visitante me herví té negro, que tomé a pequeños sorbos, como quien consume un líquido precioso. Descorrí la cortina y me puse a mirar por la ventana. La oscuridad no permitía distinguir nada más que las borrosas luces, encendidas a una distancia difícil de estimar. Por la autopista no dejaban de pasar coches con los faros encendidos. Palpando aquella negrura con la mirada, busqué el lugar donde antes estaba el camión averiado, pero no fui capaz de localizarlo con precisión. Golpeaba la ventana una infinitud de copos de nieve. 

– ¿Sería tan amable de darme un poco de agua?- el visitante había terminado de comer y, cuidadosamente, depositó la bandeja a sus pies.

De la cocina me llevé también un vaso de vidrio, en el que serví el agua a una temperatura que resultó excesiva pues, al ponerlo en la mano tendida del visitante, se abrió una grieta que, con gran estrépito, lo partió en dos mitades. Lo dejó caer al suelo en un acto reflejo, como si quisiera apartarlo de sí. Al romperse, produjo un ruido seco a pesar de estar lleno de agua y los fragmentos se congelaron como si el propio ruido, en lugar de disiparse, se hubiese conservado formando cristales. Volví a la cocina, donde abrí el grifo. El agua manaba con el tono rojizo propio de un grifo oxidado como aquél y salieron a flote partículas del desinfectante, que no se había disuelto por completo. 

Al colarse en la estancia, el viento produjo tal estrépito que llegó a neutralizar el ruido de la tetera en ebullición. El agua ya rebosaba y la aplaqué vertiendo la había quedado en el vaso del visitante, a quien el tumulto de ratas moribundas que llegó entonces por la ventana hizo encoger los hombros del sobresalto. 

  • Es que he puesto matarratas. Esto es una plaga… – mi explicación no era difícil de predecir.

           Los agónicos chillidos excitaron también al gato, que. pegado a la ventana, arañaba el marco ansioso por salir. Cuando la algarabía cesaba unos instantes, llegaban, sordos y remotos, los ruidos de los coches. La anciana gruñó. 

– ¿No cree que intenta decirnos algo?- inquirió el visitante.

  • Déjese de ocurrencias. Son las ratas- la frialdad de mi tono era deliberada pero también, en parte, reflejaba mi irritación por los continuos errores que cometí con los motivos hexagonales del chal, un patrón en principio fácil de reproducir. 
  • Me cayeron veinticinco años- explicó entonces el visitante, visiblemente agitado, muy atento al ruido de las ratas.

    Yo realizaba continuos movimientos con las manos a fin de mantenerlas ocupadas. Traté de imaginar qué delito- tal vez un homicidio- podría haberle acarreado aquella condena. 

– Me conmutaron varias veces- prosiguió- y estuve de tornero…

Examiné visualmente el muñón, aquellos dedos cortados a la altura de la segunda falange

– He estado quince años y siete meses en total. 

  • Cuando usted entró -apunté- yo tenía dieciséis años.

Así que tenía ante mí a un hombre que un día cualquiera, cuando yo tenía dieciséis años, había matado a alguien. De aquello hacía quince años; es posible que el crimen se hubiese cometido el mismo día en que se tomó aquella foto del marco en que aparecía la anciana. 

Había terminado el boletín radiofónico de noticias y el transistor daba el pronóstico meteorológico del día siguiente. Mi mente comenzó a repasar vivencias de hacía quince años y esbozó el fatídico día; primero lo imaginé lluvioso, nevado después, soleado, envuelto en niebla. Aquel día, el visitante perpetraba su crimen, la anciana se encontraba de picnic y yo, bajo los pinos, junto al mar, me hallaría ocupada en cosas como ponerme pétalos de rosa o doblarme la falda. Me había fugado para resguardarme de los rumores que, sin duda, circularían sobre mí. “A esa le van a pelar la cabeza”, diría la gente, “sus padres la repudiarán”; “tiene poco pecho; “esa seguro que ya ha conocido macho…”. La amenaza de raparme al cero ya era un hecho y huir de casa era una solución incomparablemente mejor que pasar por ese trago. 

– Ya ve- el visitante prosiguió-, todo este tiempo he vivido aislado del mundo. 

  • He sido muy descortés- más que para disculparme, hablé para cubrir con mi voz el ruido de las ratas. 

           El gato arañaba la ventana con redoblada fiereza; la radio anunció las once. Salí al recibidor y di cuerda al reloj de pared. 

– Yo di a luz hace dos meses, sabe usted- proseguí-. Fue en un refugio. A la criatura no llegué a verle la cara; no tenía fuerzas para hacerme cargo de ella. En el refugio, estuve vendiendo mi cuerpo para ganarme la vida. Por allí había un montón de mujeres que, como yo, se habían buscado la ruina por andar haciendo el loco (…) Y, aunque eso del instinto materno jamás lo tuve, y nunca había pensado en traer niños al mundo, cuando me quitaron a la criatura así, tan de golpe, me dio una especie de resentimiento. “Supongo que a vosotras os los quitaron igual que a mí, ¿no?”, quise decirles, “Ya me lo han quitado a mí; ahora  yo le quito algo a alguien y en paz…” Es raro, teniendo en cuenta que aquella situación sólo fue fruto de no haber zanjado el embarazo a tiempo. 

  • ¿No le parece que todos vamos buscando excusas, pretextos para detestar a alguien, para darnos al autoabandono, justificaciones para eludir responsabilidades?- planteó el visitante, exhalando un suspiro y tratando, quizá, de apaciguarme.

                  Tras producirse un ruido como de tráquea estrangulada, como de algo que forcejea incrustado en una fisura, siguió un cierto sosiego. Loco de la agitación, el gato no paraba de arañar la puerta y comenzó a maullar. 

                   Las doce. Con el cuerpo inclinado hacia delante, el visitante parecía contar los toques del reloj, igual que yo y, apenas sonó el último, se dejó caer a plomo contra el respaldo de la silla. 

                    En el marco de la ventana, se acumulaba la nieve. Encerré un un suspiro y llamé al gato –Nabi, Nabi… (“mariposa”), que no acudió ni hacía nada que no fuese arañar el marco de la ventana y maullar con vano ahínco.

– Vaya; las doce… – comentó el visitante, mostrando la intención de levantarse de la silla. 

– Adónde va a ir usted en plena noche… – intercedí, haciéndole vacilar.

El viento barría la nieve acumulada en el alféizar, sólo para cubrirlo nuevamente al instante. 

– Estaba seguro de que encontraría la casa…- comentó entonces, en un tono de justificación con el que parecía atribuirme la culpa de su frustrada búsqueda-. La calle, el cerro, todo loveía tan claro, aun en sueños, y ahora, encontrarlo tan cambiado me resulta extraño.

Volvió a asaltarme el dolor del pecho. Para facilitar el discurrir de la leche, me froté unos momentos por encima del suéter, que después me subí ligeramente. Retiré el sujetador de la zona y comencé a exprimirme el pecho, que tenía hinchado, recogiendo la leche en un cuenco. Cada vez que me presionaba, sentía tanto ardor como si tuviera el pecho en llamas.

– Si se pone una toalla con agua caliente, se le alivia un poco- explicó el visitante-. Así lo hace siempre mi parienta. Por lo visto, la leche hay que sacarla aunque duela, porque si se deja se le puede inflamar el pecho. 

Culminada la operación, me ajusté la ropa por detrás y le abrí la ventana al gato, que desapareció en las tinieblas como un cohete. Irrumpió una bocanada de aire que zarandeó la cortina y cuyo ruido interumpió el silbido de la tetera. Del exterior llegaban aterrados chillidos de roedores y el luctuoso maullido de un gato viejo.

– Voy a tener que abusar de su amabilidad y pasar aquí la noche.

Estuve a punto de preguntarle si esa no era su intención desde un principio. Cerré la ventana y ajusté concienzudamente la cortina. La casa no era más mía que suya y tampoco la anciana pasaría mucho tiempo allí.

– Puede usted dormir aquí a condición de que se marche temprano. Como le decía, es una casa solo de mujeres. 

La anciana se giraba en su lecho y oí cómo acopiaba saliva. Me acerqué a ella. El visitante le causaba también a ella una incomodidad vaga pero suficiente para impedirle conciliar el sueño. La fuerza de contención que ejercía era tal que parecía manar de una fuente y su nuca caía por detrás de la almohada. Al abrazarla ligeramente, parecía estar doblando una muñeca de papel. Erguí la parte superior de su cuerpo, acomodé la almohada y un cojín bajo ella.

La anciana observaba al hombre con una mirada transparente. Él parecía dormido y en el reloj de pared el avance del segundero se oía nítido. El  discurrir del tiempo era silencioso y suave, parecía un éter en el que la oscuridad reinante se fuese diluyendo tiñéndolo de negro, como tinta china en agua.

El reloj dio la una. Bostecé prolongadamente y tomé en mis manos el chal. En la tetera, el agua hervía ya con fuerza. Rebasado, el recipiente dio un respingo en la estufa, que estaba al rojo. El visitante dormía con la boca abierta, parecía inerte y sus hombros estaban encogidos como en señal de frío. Yo encerré en mi boca un nuevo bostezo y añadí agua fría a la tetera. Ya no se oía a las ratas. Yo había dado una cabezada lo suficientemente larga para experimentar un confuso sueño que no recordaba. Las tres. 

Alarmado, el visitante abrió los ojos y, tapando la luz de la lámpara con la palma de una mano, escrutó la estancia con la mirada.

– ¿Qué hora es?- preguntó.

– Sólo las tres.

– Es la costumbre…- comentó a propósito de su sobresalto. 

Saqué una manta y le arropé las rodillas. Sin mostrar la menor intención de rechazar mi ayuda, se envolvió desde los hombros y volvió a dormir. Tumbada de lado sobre la almohada y el cojín, la anciana también dormía. Giré la lámpara para evitar que le diera la luz y yo también cerré los ojos. El viento golpeaba las ramas de los árboles y cortaba como un afilado cuchillo.

– ¿Qué piensa hacer cuando marche?- le pregunté al visitante-. ¿Seguirá buscando a su familia?

– No sabría decirle…- balbuceó, medio dormido. 

En algún lugar, maullaba el gato. Pensé que tendría que abrir la ventana y hacerle entrar. “Nabi, Nabi…” (´mariposa´), lo llamé entre dientes y precipitándome ya en el irresistible abismo de un letargo que dio paso a la calima del sueño. Cuando abrí los ojos, nada en la estancia parecía haber mutado un ápice a excepción del frío, que se había vuelto insoportable. No sabía si me había despertado eso o la extraña sensación de que algo se había esfumado sin dejar rastro. Enseguida reparé en que la silla del visitante estaba vacía y la manta con que lo había tapado envolvía ahora mi cuerpo. También tenía la vaga sensación de haber oído la puerta. 

La luz del alba se colaba poco a poco en el cuarto y la de la lámpara se extinguía, adquiriendo tonos verdosos. En medio de aquella luz, la respiración rítmica de la anciana, estirada en su lecho. Corrí la cortina de un golpe y miré por la ventana; bajo el cielo, que iba surgiendo con su neblina azul, por la cuesta cubierta de nieve, descendía con paso inseguro un hombre con gorro de pelo. Parecía un espíritu. 

El agua de la tetera ya no hervía. Hacía frío; el fuego de la caldera se habría terminado de extinguir. En la distancia, el hombre menguaba poco a poco, quedaba oculto tras el cerro, reaparecía, más pequeño aún, y así hasta perderse definitivamente en la luz azulada del alba. 

El reloj dio las cinco. Sobresaltado, el pájaro comenzó a trinar. Saqué de mi cintura el cuchillo de cocina que me había guardado y, con su punta roma, retiré la tapa de la estufa para sustituir la briqueta de carbón. También había que cambiar el agua de la tetera, cuyo bullir era ya muy tímido. 

Nada había cambiado. Con la luz del día, no quedaría vestigio alguno de lo sucedido; todo quedaría reducido a una sombra que se desvanece. Nada quedaba sino una respiración sumamente leve, casi imperceptible, como un vaho que se disipaba en el aire, que se iba enfriando progresivamente, algo susceptible de extinguirse en cualquier momento, de tornarse cada vez más vago y tenue por efecto de la tenaz e invisible acción destructiva del tiempo y del discurrir del agua y que algún día, suscitado por alguna sensación similar, irrumpiría en mi rutina bruscamente, como un instante correspondiente a una vida anterior, como una vivencia imprevista y extraña. 

A pesar del monumental cansancio, no creía que me fuese a resultar fácil conciliar nuevamente el sueño. Moví los entumecidos dedos de mis pies y me acerqué a la cocina, hacia la tetera vacía, que llené de agua.

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