Amistad (벗, 1988) de Baek Nam-ryong, capítulo 1.1
Amistad
Novela de Baek Namryong
En el blog, queremos publicar por entregas la traducción de la novela Amistad, del autor Baek Nam-ryong, obra que nos descubre el mundo de las relaciones familiares, del matrimonio, la maternidad, el divorcio, aspectos desconocidos de la sociedad norcoreana.
Publicada en Corea del Norte en 1988, en el Sur en 1992 y 2018. Adaptada a una serie de TV en el Norte y al teatro en el Sur. Traducida al francés e inglés. Obra más vendida de literatura coreana en Francia. Elegida por medios estadounidenses mejor obra literaria extranjera.
Notas previas
Las edades que se indican en la narración siguen el sistema coreano, donde se cuenta un año al nacer. Los pisos de las casas son uno menos en occidente, pues en Corea la planta baja se considera la primera.
Parte 1. Ellxs y su amor
Capítulo 1
El Tribunal Popular de la ciudad se emplaza en una zona montañosa de las afueras. De ventanas amplias y luminosas, el marrón claro de sus muros hace que destaque de los edificios cercanos por su claridad. Este rostro reluciente contrasta con la naturaleza sombría de los asuntos que se tratan en su interior, aquellos que afectan a los fundamentos de la sociedad y tienen que ver con los actos menos honrosos de la gente. Gracias al parque que le da acceso, lleno de abetos de escasa altura, el lugar goza siempre de un aire fresco.
Gran parte de la ciudadanía desconoce la ubicación del Tribunal. Quienes llevan una vida equilibrada y conforme a la ética en lo económico, en lo social y familiar, carecen de motivo alguno para acudir a él.
Angustiado, el juez Chong Jinu miraba a la solicitante de divorcio. Las desgracias familiares de los demás siempre lo llenaban de pensamientos tan caóticos y onerosos como si tuviera el pecho envuelto en una red con pesas de plomo. Sentada al otro lado de la mesa y con la cabeza agachada, la mujer, de treinta y tantos años, desprendía un ligero olor a maquillaje. El juez le había dicho que su demanda de divorcio podría ser atendida si regresaba al cabo de unos días, pues el abogado se encontraba fuera de la ciudad por motivos de trabajo, pero ella había pasado varias horas plantada en los pasillos del Tribunal sin la menor intención de marcharse. Así es como habían acabado sentados frente a frente.
Con un vestido a la moda, lo suficientemente holgado para revelar la blancura de su cuello, ella lloraba. Con fragilidad temblaban sus hombros, cuya curvatura resultaba hermosa.
Con la pluma sobre el libro de consultas jurídicas, Chong Jinu esperaba a que su visitante recobrase la serenidad.
Nombre: Che Sun Hi.
Edad: 33 años.
Dirección: Kangan-dong, 19.
Ocupación:
Hasta aquí había cumplimentado cuando su disgusto, al desbordarse, le impidió continuar. Pero el juez Chong Jinu conocía bien su ocupación. Era cantante, contralto en un conjunto musical de la provincia. Cada pocos meses, él asistía al teatro y le gustaba oírla cantar. Su torrente de voz, caudaloso como un río, su delicado lirismo, transportaban al público a mundos melódicos.
Aquella mujer, que en su trabajo recibía aplausos fervorosos, ramos de flores como bandadas de palomas alzando el vuelo, había acudido al juzgado con problemas de su vida familiar, algo que sus espectadores ni imaginaban. El juez se preguntó qué ocurriría, si sería algún problema de pareja, físico o fisiológico. Pero eso no podía ser, pues tenía un hijo. De camino a su trabajo, Chong Jinu la veía de cuando en cuando con su pequeño de la mano. Kangan-dong era una zona residencial para empleados y no quedaba lejos de su domicilio.
¿Sería, quizás, que a su marido le gustaba otra? Esperaba que no se tratase de un problema de adulterio. También podría ser un problema de diferencia de caracteres o de mala relación con sus suegros. Y sería una suerte si estuviera allí por un enojo repentino causado por una discusión trivial. Al juzgado acudían parejas jóvenes que, habiendo idealizado la vida matrimonial, se veían incapaces de resolver pequeñas dificultades o diferencias de opinión, que ellos consideraban tremendos infortunios.
Pero Chong Jinu sentía que, en contra de sus esperanzas, aquella mujer no estaba allí por un problema sencillo. Aquellos ojos, humedecidos, llenos de súplica y al mismo tiempo de resolución, con la zona del lagrimal ensombrecida, la desazón plasmada en el rostro desmaquillado, hablaban de profundas angustias acumuladas en su interior.
Transcurrido un buen lapso de tiempo, la mujer sacó un pañuelo y se lo pasó por todo el rostro, retirando las marcas de su desahogo. Colocándose el cabello con movimientos refinados de las manos, se esforzó en recobrar la compostura y, tras un ligero suspiro, levantó el rostro como disculpándose.
- Me dedico a…
- Ya lo sé. Dígame el nombre de su marido.
- Ri Sok Chun…
- ¿Edad?
- Treinta y cinco.
- ¿Lugar de trabajo?
- En la Planta Mecánica de Kangan… Es tornero.
A pesar de un ligero temblor, debido probablemente a los frecuentes sollozos, su voz de cantante mantenía inalterado su timbre diáfano y hermoso.
Tras anotar los datos en la ficha de consultas jurídicas con una letra vehemente, Chong Jinu le preguntó:
- Tiene hijos, ¿no?
- Uno. Un hijo…
Y rompió nuevamente en sollozos. Probablemente, le oprimía el corazón pensar en el destino del pequeño.
Su dilatada experiencia como juez había enseñado a Chong Jinu que, para las mujeres que acudían a los juzgados con problemas de divorcios, el trago más amargo solía ser hablar de sus hijos. En un primer momento algunas de ellas, arrebatadas por la angustia, la rabia y la desesperación, solo pensaban en separarse de sus maridos y parecían no pensar mucho en los hijos o incluso se mostraban dispuestas a renunciar a ellos, pero, una vez ante el tribunal, afloraba su instinto materno y entonces sentían temor por el tema de la custodia, cobraban conciencia de la desgracia que la situación suponía para sus hijos. Sin embargo, a algunas madres la descendencia no les suponía un obstáculo para el divorcio. Para estas, lo urgente era pasar ese trámite y hablan a la ligera del destino de sus hijos.
- ¿Qué edad tiene su hijo?- preguntó Chong Jinu en un tono afable.
- Siete años.
- Ya irá a la escuela…
- Es que cumple años tarde, hasta este otoño no termina preescolar.
La mujer reprimió los sollozos y se recolocó un mechón de pelo que le caía sobre la frente. Parecía sosegada, pues ya no temblaba su voz.
- ¿Cuándo se casaron ustedes?
- ¿Eso también… hay que apuntarlo?- preguntó ella, con una sonrisa que transmitía angustia.
- Hay que registrar la fecha porque el matrimonio es un contrato legal.
- Pues… eso fue… el 10 de mayo del setenta y cuatro…- dijo ella, espaciando las palabras y dirigiendo luego la mirada a una esquina del escritorio. Parecía tener todo su empeño puesto en no revivir los recuerdos de aquel día, sin duda tan opuestos a sus sentimientos actuales.
Sin precipitarse, Chong rellenó la casilla correspondiente y miró el calendario, colgado en la pared por detrás del hombro de la mujer. Era 24 de abril; en menos de un mes, cumpliría diez años de casada.
- Bien, camarada Sun Hi. ¿Cuál es el motivo de su solicitud de divorcio?
- …
El rostro de la mujer adquirió un rostro de perplejidad, como si no hubiera entendido la pregunta.
- El motivo por el cual quiere separarse de su marido. Mire, esta casilla dice “Motivos de la solicitud”- le explicó Chong en un tono suave y señalando el documento con la punta de la pluma.
- Mi marido y yo no estamos bien. Hace ya varios años. He aguantado mucho tiempo… Ya no puedo más- sus labios temblaban como si fuese a derrumbarse de nuevo.
- ¿En qué sentido no están bien?
- …
- Una explicación tan genérica como la que me ha dado yo no puedo ajustarla a la ley...
- ¡No puedo vivir así, de ninguna manera! Estar juntos es un error. Tenemos caracteres totalmente opuestos.
- ¿Cómo es el carácter de su marido?
- Es como una piedra, no habla nada ni tiene sentimientos.
- Lo de ser insensible no es bueno, pero… lo de ser callado, se suele considerar la primera virtud de un hombre…
- Si ser callado fuese parte de su masculinidad, yo no me quejaría de ello… pero es que solo abre la boca para despotricar y lanzar palabras de lo más sucio con cualquier pretexto y para culparme por todo.- El tono de la mujer se volvió más apasionado. Su angustia desbordante ascendía como música de un piano cuyo intérprete pasara alegremente de los tonos medios a los altos, hasta que cayó en una desesperación y una fragilidad que suscitaba compasión. - Camarada juez, tiene que ayudarme. Hace mucho que vivo con ese hombre sin afecto alguno. Me avergüenza que nos vean los compañeros de trabajo y la gente en general… Si no he venido antes es porque me preocupa mi hijo.
Chong Jinu sirvió agua de un termo en un vaso y se lo acercó a la mujer.
- Por favor, camarada Sun Hi, trate de explicármelo un poco más ordenadamente.
- Yo…Mi ritmo de vida no encaja para nada con el suyo.
- ¿Su ritmo?
- No puedo contarle tal cual la desgracia de mi familia. Se lo tengo que explicar en términos musicales.
- …
Chong Jinu se pasó una mano por los cabellos, salpicados de canas como ceniza de tabaco. Ella mantuvo unos instantes una mirada fija en el rostro del juez, que ya pasaría los cincuenta años y, en tono serio y humilde, le dijo:
- Camarada juez, piénselo. ¿Cree que puede haber armonía entre un kwenguari y el sonido tranquilo de un tanso? ¿No es imposible hacer un dúo con esos dos instrumentos?
- Supongo que artísticamente no- concedió Chong Jinu.
- El arte y la vida real son dos cosas inseparables. Si esa disonancia armónica se da en la vida familiar, todo es sufrimiento. Mi marido me desprecia mucho. Como ser humano, me refiero. Critica mi forma de vestir y, cuando vienen a vernos los camaradas del teatro, se encierra en otra habitación o sale de casa directamente. Camarada juez, ¿con alguien así qué se puede…?
Chong Jinu no comprendía y replicó:
- Un marido no hace eso si su esposa se comporta debidamente. Tiene que haber algo que le disguste. Hábleme de eso.
- Yo qué sé- opuso ella, bajando los ojos y tirando hacia abajo del borde de su vestido, como exasperada-. Siempre le he tratado con respeto y comprensión.
- ¿Cómo puede respetarlo y comprenderlo si es siempre tan frío con usted?
Sorprendida por la reacción del juez, que seguía perplejo, ella alzó nuevamente la vista y quedó contemplándolo. Los hermosos ojos de Sun Hi parecían perdidos y transmitían perplejidad. La mirada fría del juez y sus preguntas punzantes parecían causarle desconcierto.
- Yo siempre he cumplido lealmente con mis obligaciones para con mi marido. Siempre ha contado con mi apoyo. Él, que se cree que su trabajo de dar vueltas al torno es lo que hace girar la Tierra. Lo he sacrificado todo por esos proyectos suyos a cinco años. He vivido aguantándolo todo, que no llegue el dinero, que no ayude en la casa… Y a cambio no recibo más que ofensas, dolor y una sensación de inutilidad. Supongo que, si pudiera soportarlo más, no habría tenido que venir al juzgado… ¡No, no! ¡Imposible! Ya no lo aguanto más. Soy cantante. Amo la canción, amo a mi público. No puedo seguir sacrificando mis ideales…mi futuro, por el tormento de vivir con mi marido.
- ¿Qué problema tienen con el salario de su marido?
- Es por sus proyectos, se pone a hacer pruebas en su trabajo y, como le salen muchas piezas defectuosas, causa pérdidas a la fábrica. Y, como es honrado, lo devuelve todo.
Su sonrisa amarga contrastaba con una expresión, en general, serena y en la que había algo cercano al desdén. Se adivinaba fácilmente su desacuerdo con el hecho de que el diálogo sobre su demanda de divorcio hubiese derivado a la parte financiera.
Y tampoco Chong Jinu lo quería llevar por ese rumbo. Si le había preguntado por lo monetario, era para hacerse una idea más precisa y objetiva de los hechos.
Ella frotaba con los dedos una esquina del escritorio. Sus ojos estaban humedecidos por los bordes, pero en aquellas pupilas negras se leía una fuerte determinación.
- ¿Por qué no ha venido su marido con usted?
- Para ese hombre, venir a un juzgado es una deshonra. Dice que no tiene tiempo que perder en un sitio como este, donde se registran en documentos las desgracias familiares. Pero está de acuerdo en la separación.
Sucintamente, el magistrado terminó de anotar en la ficha lo declarado por ella, aquellos argumentos que aún le resultaban bastante abstractos. Con la vista puesta en aquel documento oficial, que tan rigurosamente reflejaba sus razones, Sun Hi dio un hondo suspiro. De entre sus labios manaba un sonido similar al de las cuerdas de un instrumento de cuerda al vibrar. Pasaron unos momentos antes de que le preguntara cautelosamente:
- ¿Cuándo… se pondrán en marcha los trámites del… divorcio?
- Verá, un divorcio no es algo tan sencillo como subir y bajar de un escenario. Tenemos que escuchar la versión de su marido, verlo también con el Comité Popular de su distrito y con el de su trabajo. Y después de eso…
- Camarada juez, ¿es que no cree usted lo que le digo?
- Un tribunal no trabaja en base a la creencia o no de una versión unilateral. Hay que ver los argumentos en función de su objetividad y equidad- zanjó Chong Jinu , dando énfasis a las palabras.
Con un aire de frustración, ella acarició el borde de su vestido y se levantó de la silla.
- Camarada juez, le ruego que lo lleve adelante. No se imagina las dificultades que me ha supuesto venir al juzgado.
Aquellas palabras eran habituales entre los demandantes de divorcio. El juez cerró el archivo y se dirigió a ella con un aire profesional y a la vez cordial y magnánimo:
- Bueno, camarada Sun Hi, serénese y aguarde en casa. Cuide de su marido y de su hijo. Independientemente del divorcio, las cosas se han de hacer bien.
Ya sin humedad en aquellos ojos de largas pestañas, ella saludó educadamente y se dirigió a la puerta, que se cerró sin ruido. Solo se oyó el de sus pasos al alejarse por el pasillo antes de que el despacho quedara en silencio.
Se filtraba en el despacho un sol de finales de primavera, pero Chong Jinu no sentía su calidez. Los problemas familiares de aquella mujer se habían instalado en él como una intensa sombra.
Cruzado de brazos, deambuló lentamente por la estancia. Las tablas del entarimado se quejaban como si tuvieran vida. Un sonido que fue absorbido por el timbre del teléfono, que chilló sobre el escritorio.
- Chong Jinu al aparato- respondió el juez, levantando el auricular. En su oído resonó una voz grave y serena.
- Soy Che Rim, del Comité Provincial de Tecnología Industrial. Estaba llamando al camarada director del Tribunal, pero no responde en su despacho.
- Se encuentra en Pyongyang, por trabajo- explicó Chong Jinu.
- ¿Volverá pronto?- preguntó Che Rim, cuyo nombre parecía resultarle conocido al juez.
- Probablemente tardará unos días- le informó Chong.
- De acuerdo…- respondió su interlocutor, prolongando sus palabras. Algo parecía preocuparle, a juzgar también por el leve suspiro que exhaló.
- ¿De qué se trata?- preguntó Chong cortésmente.
- Soy el presidente del Comité.
- Sí, dígame.
- Es solo que… ¿No le ha llegado hoy un caso de divorcio?
- Así es.
- ¿Una tal Che Sun Hi?
- Sí…- Chong aguzó el oído.
- Vaya quebradero de cabeza para usted- comentó Che Rim en un tono empático.
- No hay problema. Así es mi trabajo.
- Bueno, y ¿qué va usted a hacer, camarada juez? ¿Va a procesar el divorcio?-. Su tono, que, más que una pregunta, denotaba una sutil petición, disgustó a Chong:
- Camarada Director, no sé qué relación pueda tener usted con esa familia ni a qué viene un interés tan directo en el asunto. Si su interés deriva en una petición, estaría usted interfiriendo en el Tribunal- Y, ante el silencio de su interlocutor, prosiguió en un tono amable: No podemos extraer conclusiones en base a los argumentos de una sola parte. Probablemente, nos llevará un tiempo analizar bien el asunto y darle una solución justa.
- Camarada juez, ¿podría hacerle una visita mañana o pasado?
- Venga usted en cualquier momento- concluyó el juez antes de colgar.
Tras la conversación telefónica, golpeó a Chong Jinu un vago desasosiego en el que se mezclaban varios elementos, desde el tono jerárquico con que hablaba aquel hombre, y que aportaba tensión al diálogo, hasta su vehemente interés por conocer no la historia en sí, sino su resolución, pasando por el hecho de que quisiera hablar con el director del Tribunal. Por su trabajo, el juez se había topado no pocas veces con majaderos que contaban con resolver provechosamente problemas jurídicos sirviéndose de sus posiciones de poder o de sus contactos. Deseó que aquel presidente del Comité Provincial de Tecnología Industrial no fuese ese tipo de persona que se tomaba a la ligera los principios y la armonía, como quien mezcla bebidas alcohólicas, pues esa actitud le resultaba mucho más problemática que los divorcios en sí.
Con paso lánguido, se dirigió al sofá. Al cerrar los ojos, volvió a su mente aquel nombre familiar, Che Rim. No creía recordarlo por nada bueno. Trató de recordar con qué motivo lo había tratado. Al tratarse de solo dos sílabas, se distinguía mejor de otros nombres… Y cayó en la cuenta: Che Rim era el jefe de ventas de la Fábrica de Productos Eléctricos, un hombre de buena presencia, que presentó una solicitud de divorcio aduciendo una mala conducta por parte de su esposa, demanda que acabó prosperando. El propio Chong Jinu emitió la sentencia de divorcio.
Aquel día, seis años antes, el tribunal no estaba muy concurrido. Chong se sentó en el centro, entre dos miembros del Jurado Popular . Había también un procurador y una secretaria. La zona del público estaba desierta; nadie, aparte de los familiares, tenía interés en un divorcio. En la primera fila, con el rostro claro, redondeado y un aire sobrio, Che Rim observaba a los miembros del tribunal, sentados bajo la bandera y el escudo nacional, que colgaban con aire solemne. Un rostro inexpresivo en el que no se adivinaba señal alguna de desesperación ni de congoja. Sentada a su lado, su mujer, con la cabeza agachada, aguardaba las dolorosas especulaciones sobre su vida cívica. Aquella era, probablemente, la última vez en sus vidas que se sentarían juntos.
Para Chong, resultaba indignante la actitud de Che Rim, que argüía como pretexto para el divorcio la “actitud” de su esposa, que era inocente. Se preguntaba qué problema había en que ella hubiera regresado unas cuantas veces del trabajo en compañía de un supervisor de producción. Sus casas estaban en la misma dirección; por el camino podrían compartir una agradable conversación como camaradas y hablar del trabajo… Pero Che la despreciaba, la criticaba, sacaba punta a cualquier detalle y, al parecer, hasta había llegado a golpearla. A lo largo del proceso, el juez había intuido que la verdadera razón de la demanda de divorcio por parte de Che Rim no radicaba en aquello del supervisor, sino que había que buscarla en el hecho de que alguien como él, con una carrera prometedora en la fábrica, no podía convivir más con aquella a quien consideraba “una pueblerina incapaz de quitarse lo rústico hasta el punto de calentar la cerveza cuando vienen invitados”, “baja de estatura y carente de todo atractivo”, “insociable e ignorante”. Así de arraigados estaban en aquel solicitante de divorcio los remanentes de la mentalidad y las convenciones burguesas. Su demanda no solo había que rechazarla, sino también luchar firmemente contra ella. Quiso pedirle explicaciones y hasta responsabilidad penal por lo de las agresiones, aunque no pudo llevarlas adelante debido a la intervención de la fábrica.
La esposa de Che Rim, aquella que ni siquiera se atrevía a alzar la cabeza y mirar al jurado, había trabajado en la oficina de gestión forestal de la provincia mientras su joven marido cursaba estudios universitarios en la ciudad. Siempre a merced del sol y el viento, de la lluvia y la nieve, recorría los montes plantando árboles. De lo que ganaba, guardaba todos los meses una pequeña cantidad para sí y el resto se lo enviaba a su esposo. A diferencia de otras mujeres, no renovaba su ropa con las estaciones ni se maquillaba. Con su trabajo, que se desarrollaba en los montes, en los bosques y valles, lo consideraba innecesario; era suficiente con unas cuantas prendas de exterior. Todo su anhelo era que su marido terminara la carrera y se convirtiese en un gran ingeniero. Cumplido aquello, obtendrían una vivienda en una zona industrial y podrían llevar una buena vida familiar. A la espera de ese día, ella, mientras cuidaba los árboles, se encargó también de los hijos que tuvieron, un niño y una niña. Pero, transcurridos pocos años de realizado, aquel sueño humilde reventó como una pompa de jabón. Su marido, al que ella amaba y a quien llevaba en su corazón, no era la persona que ella había imaginado. Era muy difícil escucharle palabras dulces y cariñosas que tocaran su fibra. A ella, que venía del campo, nunca le compró ropa nueva y más acorde con la vida en la ciudad. Aquella mujer nunca había conectado afectivamente con su marido. Las pocas veces que le abrió la puerta de su corazón, este era como un almacén vacío donde circulaba una corriente de aire frío. Le parecía que la trataba no como a una esposa sino como a una criada o a una niñera. Pero se consolaba pensando que su marido estaba siempre muy atareado con el trabajo, donde además desempeñaba un cargo muy respetado. Y así vivió ella, dándole todo el amor a sus hijos.
Para Chong, aquella mujer era digna de lástima y ello le impidió rechazar la demanda en favor de sus derechos. Para denegar el divorcio, habría bastado con que ella expresara el menor argumento en contra. Pero, durante la vista, sus apelaciones fueron inesperadamente intensas. Ya no deseaba el “amor” de su marido; hacía mucho que ya no contaba con ello. Solo esperaba un tratamiento humano, pero ni siquiera eso tenía, pues en su marido solo encontraba insultos, desprecio y ataduras. En tono quedo, agregó que ya no podía seguir viviendo con él. Por sus mejillas, cubiertas de pecas, discurrían lágrimas incontenibles. Aparte de la tristeza, había también en ella un pesar como el de quien hace balance de su vida y se arrepiente de ella. A pesar de su voz quebradiza y temblorosa, de las lágrimas, que denotaban debilidad y dependencia, se sentía en ella una firme determinación en relación con el futuro y su nueva vida. Aquella mujer, que siempre había trabajado tan duro en las montañas y tenía las manos curtidas, sería capaz de rebrotar como un crisantemo salvaje en un campo marchito y cubierto de escarcha.
Chong Jinu se dijo que tenía que poner en juego toda la fuerza de la ley para respetar la personalidad y las ideas de aquella señora. La misión de la justicia era proteger a la mujer de las viejas ideas, prejuicios y convenciones, que coartan a la persona en sus principios morales y en su idiosincrasia.
Tras dictar la sentencia de divorcio, el juez fue presa de la desazón, de un pesado sentimiento de culpa que parecía proceder de algún lugar donde se hubiera destruido una célula de ese organismo vivo llamado sociedad y a la que acompañaba un desasosiego más difícil aún de olvidar, el que le causaba pensar en los hijos. Unos días antes de la vista, había hecho llevar a los niños a su despacho. Los dos se sentaron tan pegados uno al otro que, de las dos sillas que les sacó, una quedó vacía. La niña tenía diez años, él siete, y estudiaban en la misma escuela. Chong Jinu no quería causarles molestias, por lo que la conversación fue breve. Les transmitió que, a partir de entonces, sus padres ya no vivirían en la misma casa, que se separaban de forma permanente, preguntándoles con quién vivirían ellos. Aunque la custodia de los hijos, en principio, se concede a aquel familiar que mejor pueda garantizar su futuro, también había que respetar su voluntad y tenerla en cuenta.
Asustados por lo directo y trascendental del planteamiento, los niños no sabían qué responder. No se habían imaginado que las dificultades de sus padres pudieran desembocar en algo así. Transcurrió un buen lapso de tiempo antes de que la niña, vuelta un torrente de lágrimas, hablara:
- Yo…yo… Con mi madre.
- Yo también con mi madre- dijo entonces el niño, temeroso-. No me quiero separar de mi hermana.
- …
Con las voces de aquellos niños resonando en su oído, Chong Jinu se levantó del sofá. Se había propuesto no volver a recrearlo en su mente, pero la imagen de los pequeños no desaparecía de sus ojos. La sentencia pronunciada aquel día en la sala establecía que solo la custodia de la niña fuese para la madre, correspondiendo al padre la crianza del niño. Habría sido bueno que se fuera también con la madre, pero no podía encomendarle a ella toda la responsabilidad, y también había que considerar el futuro del pequeño en el plano material. Así, los hermanos fueron separados.
Hacía seis años de aquello. Más de un lustro había pasado y Chong Jinu apenas había sabido algo de sus vidas, solo que Che Rim no tardó en rehacer su vida con una mujer joven y que su ex esposa, al cuidado de la niña, no se volvió a casar. “Ahora”, se dijo, “la chica tendrá dieciséis años y el crío trece”. A pesar de vivir en la misma ciudad, les era muy difícil verse. Unos años atrás se cruzaron una vez por la calle, pero la madre, turbada, los evitó y no llegaron a saludarse. Lógicamente, nada de eso era competencia del juez ni del tribunal mientras los afectados no presentaran ninguna apelación. Abrumado por el constante volumen de trabajo, Chong Jinu no había podido estar pendiente. Pero el juez no olvidaba ninguno de los casos de que se había ocupado a lo largo de los años ni a las personas involucradas. Cada caso era, para sus protagonistas, un problema que afectaba a su destino y que requería la lógica justa y firme de un juez, de sentimientos de odio y de amor. No era raro, pues, que todos dejaran una huella en su recuerdo.
Este Che Rim, el presidente del Comité Provincial de Tecnología Industrial… ¿Sería aquel mismo Che Rim? ¿Acudiría nuevamente al juzgado, a pesar de aquel pasado suyo tan poco agradable? Pensó que, a menos que aquel Che Rim hubiese cambiado, bien podría meter las narices, sin vergüenza alguna, en un divorcio ajeno. Aquel hombre, capaz de traicionar aquel cándido amor y la lealtad de su esposa, perfectamente podría haber enterrado sus heridas del pasado. Entonces, ¿aquel hombre sería pariente de Che Sun Hi?, se preguntó. No, podía ser otra persona con el mismo apellido.
Intentando liberarse de aquellos pensamientos desagradables, Chong Jinu se puso a deambular por su despacho. Las tablas del suelo chirriaban.

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